El voto informado del ciudadano, eficaz arma de la sociedad para repudiar a los malos gobernantes
Proeza electoral del priismo y su candidato, superar la desventaja del alto voto de castigo contra MGZ
El voto de las nuevas generaciones lo ganará quien les ofrezca buenas razones, no dádivas y regalitos
Visto en su conjunto el mosaico político nacional, lo más destacado de lo acontecido en los pasados comicios es el categórico rechazo ciudadano hacia los mandatarios estatales en funciones. No se precisa de mayor agudeza para detectar que el factor que determinó tan inequívoco pronunciamiento fue la desbocada e impune corrupción de los políticos a los que, ingenuamente y sin condiciones, con nuestro voto les abrimos la puerta de par en par para que hicieran trapacerías con los dineros del pueblo. Esa nefasta tendencia parece por fin haber hallado un dique de contención en la indignación ciudadana, expresada en una avalancha de votos de castigo contra el bandidaje y las raterías. Así, en ocho entidades federativas de las doce que estuvieron en juego, se expulsó del poder sin miramientos a los partidos que lo detentaban, mientras que en las cuatro restantes quedaron advertidos de que sus manejos están, ahora sí, bajo el escrutinio social. Las cifras del 5 de junio lo prueban: en todos los estados, el partido en el gobierno -cualquiera que fuera su signo- sufrió un cuantioso decremento en su votación respecto de la que, un sexenio atrás, le había bastado para triunfar. Es el caso de Tlaxcala en el que, aunque al PRI le alcanzó para obtener una muy ajustada victoria en este 2016, tendrá que reflexionar con detenimiento sobre las causas por las que sus sufragios cayeron -en términos porcentuales- un alarmante 13% respecto de los obtenidos en el 2010.
Viento fresco generacional
Una de las consecuencias de ese despertar ciudadano es que habrá alternancia en ocho gubernaturas, hecho sin precedente por su inesperada magnitud que revela el importante avance del voto de castigo. Se trata de una manifestación que propende a empoderar la singularidad del individuo por encima del espíritu gregario que priva en las organizaciones partidarias. Una de las vertientes interesantes del fenómeno es la atribuible al arribo de las nuevas generaciones a la mayoría de edad, con su característica, rebelde y libérrima propensión a ejercer el derecho a elegir según su saber y entender. Al aumentar su formación educativa promedio, los jóvenes de hoy buscan estar más y mejor informadas que sus predecesoras; son electores que, a fin de cuentas, valoran su sufragio y lo emiten sin atender a dádivas, presiones ni ataduras ideológicas. Mientras esa tendencia renovadora avance y vaya tomando las posiciones que le corresponden en la pirámide social tlaxcalteca, el voto duro partidista se verá obligado a irse batiendo en retirada.
Doble efecto del voto de castigo
Pero así como ese voto llega a las urnas para castigar a un partido -y eventualmente a un candidato que representa más de aquello que repudia-, en la misma directa proporción beneficia, inevitablemente y sin proponérselo, a otra equis formación política y a otro equis abanderado. La intención de ese sufragio no es, que quede claro, sumarse a una opción con la que el votante no se identifica; de lo que se trata es de manifestarse contra aquella a la que quiere fuera del poder. Así pues, incurre en grave equivocación quien interpreta el rechazo al PRI y a su gobernador como una adhesión espontánea e incondicional a la causa del PRD y a su candidata. Nunca hubo tal; la causa del sol azteca ciertamente creció porque sus operadores supieron captar a su favor el voto de castigo contra un gobernador tremendamente impopular. Mas al fin, y después de superar los muchos elementos adversos con que hubo de cargar a partir de su designación como abanderado del tricolor, ayer domingo el órgano electoral local entregó su constancia de mayoría a Marco Mena, e implícitamente lo declaró gobernador electo de Tlaxcala. Imagino que con ello Lorena Cuéllar dará por concluidas sus diarias e incoherentes ruedas de prensa en las que no fue capaz de exhibir pruebas de que ella, y no Marco Mena, era la ganadora de la contienda. A Lorena le quedan las instancias judiciales que la ley prevé, si aún piensa que tiene caso recurrir a ellas.
Apreciación aproximada
No dudo que habrá quien crea -sobre todo en el círculo cercano a Mariano González- que la apretadísima victoria del candidato priista es prueba de que no hubo voto de castigo en su contra. Se equivocan; el voto de castigo si existió, y fue incluso mayor al que se registró en un número insospechadamente alto de entidades federativas en las que habrá cambio de partido en el gobierno. Sígame por favor, amigo lector, en el siguiente razonamiento. En las primeras etapas del proceso que está por concluir, las expectativas del hiperfragnentado PRD no podían ser más modestas, dividido como estaba en decenas de tribus diferentes, divorciado definitivamente de Morena y sin el apoyo de Movimiento Ciudadano. Con una candidata -Lorena Cuéllar- limitada en muchos sentidos, el sol azteca partía a la batalla electoral estando de entrada por debajo de los números que tenía el PAN con su abanderada Adriana Dávila. Atravesaba además por la peor época de su por si trastabillante trayectoria, y no se vislumbraba motivo ninguno para pensar que, en este 2016, su votación superaría sus promedios históricos; si bien le iba, estaría alrededor de un 18%. Ese porcentaje, y no otro, es el que a mi juicio aportó el PRD a la causa de Lorena. El resto, hasta el 30% que alcanzó la ex senadora, es el voto de castigo versus la persona del gobernador González Zarur, ese voto que tan hábilmente captaron los estrategas sumados a su causa que sabemos atienden a intereses bien distintos a los que, por lo menos teóricamente, defiende el partido amarillo.
Antecedentes
Hay una explicación adicional convincente que refuerza la anterior hipótesis. Deriva de comparar los antecedentes y números de la elección del pasado sexenio con lo ocurrido en la que apenas ayer concluyó. En aquellos comicios, el contador González Zarur abanderó al priísmo tras vencer en controversial competencia interna a Lorena Cuéllar. Inmediatamente después afrontó el reto de la constitucional, teniendo en contra factores de considerable peso político-electoral. Menciono dos: la nunca disimulada antipatía personal que le profesa Beatriz Paredes, y la rivalidad que de tiempo atrás mantiene con Héctor Ortiz. Una y otro, Beatriz y Héctor, tenían motivos de sobra para estar resentidos con el impulsivo apizaquense: la presidenta nacional del PRI, porque la tildó públicamente de traidora luego de perder la elección en el 2004 y, por su parte Héctor Ortiz, porque seis años atrás González Zarur le había birlado la candidatura tricolor merced a una maniobra por la que, a espaldas de los orticistas, trasladó a Zacatelco la convención de delegados del PRI que habría de elegir a su candidato.
Conclusión
A pesar de un presidente de la República -Felipe Calderón- dispuesto a hacer lo que fuera necesario para favorecer a su candidata; de un mandatario estatal -Héctor Ortiz- dispuesto a cobrarse viejas cuentas pendientes; y teniendo frente a sí una oposición que se unificó con la declinación de la perredista Minerva Hernández a favor de la panista-calderonista Adriana Dávila, a pesar de todas esas dificultades, repito, González Zarur venció por más de ocho puntos porcentuales. Seis años después, Marco Mena, contendiendo con una oposición radicalmente dividida y hasta enfrentada, disponiendo del respaldo del ejecutivo federal -Enrique Peña Nieto- y del gobernador -Mariano González Zarur- que sabía lo que se jugaba, y siendo él mismo el más brillante y mejor preparado de los candidatos, con todo esas facilidades a favor, Mena tenía todo para superar holgadamente aquel 8% del 2010. Sabemos ya, sin embargo que, concluido el último y definitivo recuento de votos por el órgano electoral, esa ventaja que se suponía debería haber sido de dos dígitos, se redujo a un raquítico 2.36%. Por mi parte, estimado lector, estoy convencido de que el castigo que los votantes infligieron a González Zarur quitó a Marco Mena no menos de un 10% de la votación total, mismo porciento que le adicionó a Lorena Cuéllar, transformando lo que debió ser un triunfo amplio del PRI en una victoria angustiosa y discutida. Ese finalmente fue el precio que pagó el PRI por tener en sus filas a un político que gobernó desde la arrogancia y la prepotencia.
Para la Primera Plana
El castigo que los votantes infligieron a Mariano González Zarur quitó a Marco Mena no menos de un 10% de la votación total, mismo porciento que le adicionó a Lorena Cuéllar, transformando lo que debió ser un triunfo amplio del PRI en una victoria angustiosa y discutida. Ese finalmente fue el precio que hubo de pagar por tener en sus filas a un mandatario que gobernó desde la arrogancia y la prepotencia.