No es desmesura afirmar que la proyección futura de México se definirá en los próximos 120 días
- Sólo el constituyente de Querétaro tuvo ante sí tantas y tan delicadas responsabilidades como hoy las tiene la actual legislatura
- Pese a las dificultades que ha tenido que sortear, el Pacto por México sigue siendo una instancia negociadora de notable eficacia
- Alienta y genera confianza que, no obstante la diversidad ideológica, se sigan buscando los mayores consensos posibles
Si los mexicanos no logramos romper el círculo pernicioso de la desconfianza, seguiremos hasta el fin de los tiempos paralizados por el recelo y los resentimientos. Mientras sean los agravios del pasado los que gobiernen el presente, jamás viviremos un futuro de cooperación y progreso. No, no es fácil escapar de esa trampa envenenada que construyó un sistema político carente de incentivos para el entendimiento político; no es fácil, repito, pero urge darle fin a esa espiral de vetos, odios y revanchas que traba cualquier posibilidad de avance.
Corrección de una percepción equivocada
Voy a romper una lanza a favor del presidente Peña Nieto. No se extrañe, amigo lector; creo tener razones sólidas para hacerlo. Va de repaso: este opinador -al igual que muchos otros ciudadanos- se había hecho una idea muy pobre del mexiquense, cuando parecía ser sólo un político pequeño sin personalidad propia y manejado por titireteros que ninguna credibilidad inspiraban. La imagen cinematográfica que le crearon para conducirlo a Los Pinos acentuó esa impresión de oquedad intelectual que mostraba cuando candidato.
El Pacto por México, instrumento político excepcional
Más hete aquí que, al día siguiente de su toma de posesión, Peña Nieto firmó, con los líderes de los tres partidos mayores, el Pacto por México, un acuerdo inédito en la historia del país que, de inmediato, empezó a dar resultados. El hecho dejó estupefactos a los observadores. Y es que ¿cuándo se había visto que la izquierda, el centro y la derecha suscribieran un listado con los mayores problemas del país y, además, se comprometieran a resolverlos? Pero la fotografía era real: ahí, junto al presidente, estaban Zambrano, Camacho y Madero.
Perestroika y glásnost a la mexicana
El Pacto marcó el inicio de una serie de reformas orientadas a poner al día la estructura de poder construida por el partido hegemónico a lo largo del siglo pasado. Ese sistema -objeto de estudio por politólogos internacionales sin que ninguno diera con la razón de su extraordinaria longevidad- se halla en vías de ser transformado por un priísta, en un proceso en cierto modo similar a aquel con que Mijail Gorbachov intentó reformar el régimen comunista de la Unión Soviética. Quien no advierta su trascendencia, o está ciego… o no quiere ver.
Sin imposiciones ni autoritarismos
Los inconformes, en su afán de restar méritos a Peña Nieto, argumentan que obedece a una estrategia para legitimarse, que aprovechó la coyuntura, que la idea no fue suya, y que sin las oposiciones el intento habría fracasado. Todo eso es cierto. Empero, vale preguntar: ¿qué presidente de México se había mostrado tan dispuesto a la negociación, y tan flexible en sus posturas como el actual? No ha ignorado la voz de nadie, ni impuesto unilateralmente su criterio, ni ha regateado reconocimiento a los líderes partidistas y a los legisladores.
Iniciativas inesperadas
Pero hay más. Peña Nieto dio luz verde a la bancada priísta para destrabar la Reforma Laboral de Calderón, que estaba atorada en el trámite legislativo. En seguida, una sorpresa mayúscula: la Reforma a la Ley de Telecomunicaciones, que nadie esperaba..., y menos los concesionarios de los medios que contribuyeron a su triunfo electoral. Y por fin, la Reforma Educativa y sus leyes secundarias, cuyos frutos no se verán este sexenio, pero con cuyo costo político y social tendrá seguramente que cargar a lo largo de todo su mandato.
Fin a la sumisión ante los poderes fácticos
En fin, según mi criterio hay elementos bastantes para que en la mente de los escépticos se desvanezca el fantasma de la regresión política que rondó a la llegada de Peña Nieto a la Presidencia de la República. Basta constatar que, en cuanto el nuevo mandatario puso sobre la mesa el tema de nuevas cadenas nacionales, cesó como por encanto el torrente de elogios que vertían las televisoras en torno a su figura durante la campaña. Verdad es que están pendientes las leyes reglamentarias…, pero el primer paso en firme ya se ha dado.
¡Son políticos, no idiotas!
Nadie duda que cada uno de los firmantes del Pacto jaló agua a su molino. Pero eso no los descalifica; políticos torpes serían si, además del beneficio del país, no buscaran el suyo propio. Veamos: Zambrano adquirió una prestancia que no tenía, con el rédito añadido de que, al incluir reivindicaciones de la izquierda en el acuerdo, le quitó argumentos a López Obrador. Por su parte, Madero, que estaba en la mira del calderonismo, se dio a conocer como habilísimo y decidido negociador, y consolidó su liderazgo en un panismo dividido.
La difícil conciliación de las diversidades
Para acallar a los agoreros que parecen desear el fracaso del Pacto, se precisa que todos sus actores -no nada más el presidente- valoren el momento culminante de la historia que les está tocando vivir. Que la diversidad de sus ideologías no sea traba para que -más pronto que tarde- veamos edificado un México moderno y pujante. El esfuerzo exige que, como en todo acuerdo, los protagonistas depongan intransigencias y egoísmos, y actúen con grandeza patriótica. No abundan los casos parecidos; sin embargo, puedo citar uno que conozco.
La Constitución Española de 1977
En 1977, comunistas, socialistas, socialdemócratas, liberales, democristianos, falangistas y franquistas componían las Cortes Constituyentes españolas. Pretendían conciliar criterios para lograr la transformación política de un país que había vivido cuarenta años bajo el yugo de la dictadura. Cada sesión parecía que iba a ser “…un salto al vacío…”. De un artículo de Manuel Vicent -una de las plumas que mejor ha descrito la transición- extraigo conceptos que se ajustan a la actual circunstancia mexicana. Júzguelos usted, amigo lector.
Periodo de incertidumbre
Dice Vicent que “…en aquel verano de 1977, el Congreso de los Diputados tenía la emoción de una nave zarandeada por una marea que nadie sabía el derrotero que iba a tomar...”. Yo pregunto: ¿no tenemos exactamente la misma sensación hoy en México? Pienso en los 120 días de que habló Peña Nieto el 2 de septiembre pasado, y estoy seguro que nadie, ni él mismo, puede adelantar -con un margen razonable de certeza- qué pasará con su ambicioso programa reformador que, de aprobarse, dará nuevo cauce al desarrollo del país.
A la altura de la historia
Vuelvo al escritor castellonense en su explicación de aquel crucial pasaje que marcó para bien a la sociedad española: “…todo tenía un aire de improvisación, entre miedo y coraje, y entre ruidos de sables y apaños por debajo de la mesa. Aquellos políticos -tal vez mediocres, audaces, talentosos y timoratos- tenían fe ciega en un futuro mejor y se pusieron de acuerdo tácitamente para dar lo más positivo de sí mismos con tal de estar a la altura de la historia…”. ¿No hay un notable paralelismo con lo que está aconteciendo en México?
Los factores del retroceso
Verdad es que aquí no hay ruido de sables, pero si una tensa atmósfera que por suerte no va más allá de inconformidades sectoriales que se resuelven con el diálogo. Sin embargo, la agitación que se vive en calles de la ciudad de México, muy probablemente se acentuará en los días por venir con la aparición en escena de otros actores, proclives al alboroto y al cuestionamiento de las reformas, cualesquiera que estas sean. Es la izquierda dogmática, abrazada a mitos, cerrada a la realidad, y siempre casada con un obstruccionismo estéril.
Apremiante perentoriedad
Peña Nieto aseveró que los próximos cuatro meses serán determinantes. Tiene razón. La experiencia señala que rumbo y destino de un sexenio se fijan en el primer año. Y es que, al haber mucha distancia por andar hasta la siguiente elección presidencial, las fuerzas políticas aún no piensan en términos sucesorios; sólo se concentran en afianzar posiciones en sus partidos y en mostrarse ante la gente como capaces de actuar con sensibilidad social. Por eso es ahora… o sólo Dios sabe hasta cuando se vuelvan a alinear los astros de la política.
Lo malo y lo bueno del mensaje del 2 de septiembre
Sí, en efecto reaparecieron rituales que creímos enterrados, como las salvas de aplausos y, al otro día, los desplegados de felicitación. También es cierto que faltó abordar el frenón de la economía, y las medidas paliativas que deben ponerse en marcha. Inquietó que no se hablara de corrupción, lo que dio lugar a que los suspicaces supusieran que tendremos que seguir conviviendo con ella. Peña Nieto prefirió dar énfasis a las audaces expectativas reformistas de su régimen, y alertar del alto precio que pagará el país si no llegaran a concretarse.
Conclusión
Una transformación tan profunda y amplia como la propuesta en el Pacto por México, es natural que enfrente resistencias y muchas complicaciones. Debemos entender que cumplir con los compromisos contenidos en el trascendental documento significa modelar un país distinto, con normas renovadas en materias tan diversas como la de telecomunicaciones, la de educación, la fiscal, la hacendaria, la de energía, la política, la electoral, la penal, la de transparencia y la anticorrupción. Se trata, amigo lector, de dar un gran salto hacia la modernidad.