- Accidentada y mal entendida ha sido la inacabada y larga lucha por la democratización cabal de nuestro régimen político
- Ninguno de los partidos ha sido capaz de honrar los valores de la joven e incomprendida democracia nacional
- Las estrategias de la izquierda, claramente atentatorias de los principios que rigen todo sistema democrático
Antes de que para fines periodísticos termine este año 2013, permítame, amigo lector, algunas disquisiciones sobre lo visto en el tramo final del proceso reformador impulsado por Peña Nieto. Concluida la primera parte de las tareas legislativas y en trance de incorporarse al texto constitucional las reformas acordadas, conviene analizar los acontecimientos recientes. Y es que, pese a tantas alharacas, quizá lo más destacable sea que, lo logrado -que fue mucho-, se consiguió en el marco de una democracia injustamente valorada por la opinión pública.
Democracia sin demócratas
En tiempos no muy lejanos, habría sido imposible consensar reformas que incluyeran puntos de vista coincidentes de todos los partidos. Aunque de ello debiéramos ser conscientes, hay todavía obcecados empeñados en denostar esta democracia que se conquistó con tanto coraje a lo largo de muchos años. Y no olvidemos que, en ese azaroso camino, hubo quienes lo perdieron todo, incluso la propia existencia. No, amigo lector, la democracia no daña a México; lo que precisa con urgencia es tener políticos y ciudadanos verdaderamente demócratas.
Pasado de intolerancia y represión
Paso a paso se fueron encadenando los cambios hasta llegar al actual y aún perfectible estado de la democracia en México. Es innegable que, a ese proceso contribuyó la capacidad de transformación del régimen; me tocaron, en razón de mi edad, tres de sus últimas metamorfosis. La reforma de 1977 fue la primera y dio fin a una era ominosa en que toda disidencia se consideraba un ataque al oficialismo, y se la reprimía con toda la fuerza del estado. Basta evocar la matanza de Tlaltelolco de octubre de 1968 y el artero halconazo del Corpus en 1971.
Mis recuerdos personales
En 1970, este escribidor impartía clases en la Facultad de Ingeniería. En México, pero sobre todo en la UNAM, pesaba la dura resaca del movimiento estudiantil. Había sido testigo -como lo fueron todos los de mi generación- de la respuesta brutal que el régimen diazordacista dio a la petición de diálogo de los jóvenes universitarios. Entre el trágico 2 de octubre y el arranque de los Juegos Olímpicos, sufrimos en la capital diez días de violento acoso; bastaba ser o parecer estudiante o maestro para ser detenido e interrogado por los soldados.
La primera metamorfosis
Pero México evolucionaba. Reyes Heroles había impulsado en 1977 una reforma política que abrió cauces legales a las distintas expresiones políticas que vivían en el clandestinaje, cedió parte de los tiempos oficiales de radio y televisión a los partidos con registro, legalizó las coaliciones y dio paso a la representación proporcional en la Cámara de Diputados. Un año después, se despresurizó la tensión social que generó la guerra sucia de los años setenta con la promulgación de una amnistía que exoneró a militantes de los grupos subversivos.
Los carros completos del priísmo
A partir de esa reforma las oposiciones tuvieron voz y voto, pero ello no obstaba para que invariablemente les pasará por encima la aplanadora parlamentaria tricolor. El PRI ganaba en las urnas todos los distritos electorales en disputa por la vía de la mayoría relativa. La disparidad de recursos, aunada a las malas artes en que siempre fueron diestros los priístas, hacía imposible arrebatarles ningún escaño. La desproporción en las cámaras legisladoras los hacía invencibles, lo que les permitía hacer escarnio de la impotencia de sus oponentes.
La caída del sistema
El mayoriteo es un término que se acuñó en ese tiempo. Se discutían todos los temas, pero las votaciones eran ociosas; siempre las ganaba el PRI. Mas llegó 1988 y, a pese a tantas ventajas -legales e ilegales- la gente se volcó en las urnas y derrotó al candidato oficialista. Un fraude novedoso -la caída del sistema- hurtó el triunfo al abanderado de las oposiciones unidas. El timo llevó a México al borde de la ingobernabilidad y, sólo entonces el oficialismo hubo de admitir que, la elección siguiente, tendría que conducirse con otras reglas. Y así fue.
La segunda metamorfosis
El primer paso fue crear un órgano electoral verdaderamente independiente del gobierno. El IFE se integró con ciudadanos apartidistas de reconocida solvencia moral y así se celebraron los primeros comicios presidenciales en que se contaron los votos en forma honesta y transparente. Empero, la diferencia en materia de financiamiento de las campañas subsistía, y se hacía necesario equilibrar las condiciones de la contienda. La inequidad fue tan obvia y desequilibrante en 1994 que incluso el mismo vencedor de la elección acabó reconociéndola.
La tercera metamorfosis
La reforma de 1996 resolvió el problema. Los recursos se distribuyeron conforme a una fórmula que combinó, una parte en proporción a la votación de cada partido, y otra conforme a un reparto igualitario. Así, la equidad en el financiamiento y la honorabilidad del órgano electoral hicieron por fin posible que hubiera elecciones justas. La pluralidad en las cámaras dejó de ser aspiración: desde 1997, ningún partido por sí solo ha alcanzado la mayoría y, en el año 2000, se registró la primera alternancia en el Ejecutivo Federal con ejemplar normalidad.
Virtudes de la democracia representativa
La democracia representativa por la que México luchó es ya realidad; el sufragio bien contado y libremente emitido es el que define la representación en las cámaras. Así las cosas, el mayoriteo es figura retórica inaplicable; hoy día, las leyes se debaten y aprueban en función de mayorías constituidas por alianzas legítimas entre partidos. La toma de tribunas, y otros desatinos similares, sólo evidencian infantilismo político; sí, en efecto, esos recursos se justificaron en otro tiempo, pero no en éste en que los espacios políticos se ganan con votos.
Progresistas en entredicho
Apena el papel que están jugando algunos personajes de la izquierda de los que se tenía un mejor concepto. El uso de la violencia física y la reiteración de epítetos ofensivos no hace mas que acrecentar el descrédito en que siguen hundiéndose los grupos que -sin serlo- se hacen llamar progresistas. Pero más allá del daño que con esas conductas se ocasionan a sí mismos, lo grave es que, con ellas, contribuyen también a manchar la cara de esta democracia que tanto costó alcanzar, y que tan mal la justiprecia y estima la sociedad mexicana.
Las razones de la “izquierda”
Y se entiende que así sea. Porque… ¿qué opinión merece a usted un líder que ordena cercar las cámaras para evitar que se vote una reforma con cuyo contenido está en desacuerdo? ¿o los exaltados que ponen candados a las puertas del salón de plenos de San Lázaro para impedir su aprobación? ¿o un diputado que se desnuda para manifestar su inconformidad? Y diga, amigo lector, ¿hay acaso proporción y buen juicio en quien compara a Enrique Peña Nieto con Victoriano Huerta? Vergonzoso…, pero esos son los argumentos de la izquierda.
Inoportuna deserción
La réplica del PRD a su revés parlamentario fue abandonar las negociaciones. Un error craso cuando -por citar un solo ejemplo- a la reforma política del Distrito Federal sólo faltaba el impulso final y que -por su renuncia- podría quedarse en el limbo indefinidamente. Y en la inminencia de litigar las leyes secundarias de la reforma energética recién aprobada, y justo cuando hay que diseñar salvaguardas legales que cierren el paso a la corrupción sin quitarle operatividad a las empresas, justo ahora, repito, el PRD decide autoexcluirse del debate.
LA FRASE
Cito otra vez a don José Mújica, presidente de Uruguay, y lo hago de nueva cuenta por lo que ahora dijo en relación con la legalización de la producción, distribución y venta de mariguana aprobada en su país y que tanta atención ha merecido en medios internacionales.
“…existe mucha duda y la duda es legítima, pero la duda no nos puede paralizar para ensayar nuevos caminos ante un problema que nos tiene agarrados…”
Abruma el sentido común de este gran político, atípico por muchas razones, entre otras por su vida austera y por la prudencia, la sensatez y el respeto con la que se comunica con la gente, con independencia de su rango e importancia.
Nota: Tiempos de Democracia reanudará su publicación el lunes 6 de enero del 2014. Entre tanto pase usted, amigo lector, felices fiestas navideñas. Hasta entonces.