Signos de una tempestad económica inminente lo persuadieron de la conveniencia de su dimisión . Dejó al nuevo secretario José Antonio Meade ante un barril cargado de dinamita a punto de estallar...
Las marchas vs. el matrimonio igualitario, pulso de la Iglesia contra las instituciones civiles del Estado
Inicié la escritura de este artículo la mañana del jueves anterior al día de hoy, lunes, en que ha sido publicado. El motivo de la antelación es que estaba en víspera de mis vacaciones bianuales. Hago de ello mención porque, con toda certeza, en las horas siguientes se tuvieron que conocer más incidencias del affaire Trump, la subsecuente renuncia de Luis Videgaray, y el ajuste que el presidente Peña Nieto realizó en su gabinete. Pese a lo dicho, decidí abordar ese asunto -distinto al originalmente previsto- porque creo firmemente que la dimisión del Secretario de Hacienda no sólo debe atribuirse a su papel como impulsor y operador de la desastrosa idea de recibir en Los Pinos al candidato republicano. No, amigo lector, soy del parecer que hay otra causa tanto o mas delicada que las derivadas del conocido y ya analizado incidente diplomático de referencia. Sígame, por favor.
Videgaray, Primer Ministro
Para nadie era un secreto que Videgaray fue por años el alter ego del mandatario. Lo fue cuando gobernador Peña Nieto del estado de México, lo siguió siendo en su campaña, y se consolidó si cabe con mayor firmeza durante su gestión como Presidente de la Nación, periodo durante el cual Videgaray se desempeñó cual si fuera un primer ministro sin cartera… hasta hace una semana en que le renunció con carácter irrevocable al cargo de responsable de las finanzas nacionales y, de paso, al de factótum de todas sus decisiones trascendentes. Reticente de siempre a hacer cambios en su derredor, el trance para Peña Nieto debió ser difícil de procesar, pues no sólo significaba marcar distancias con el amigo sino, sobre todo, por que ya no tendría a su lado a un colaborador insustituible el resto del sexenio. Y es que ha de reconocerse que la inteligencia y brillantez de Videgaray destacaba entre sus demás consejeros. Él era, dicho sin subterfugios, la materia gris del régimen.
El pisa y corre…
La decisión de Videgaray estaba tomada y era firme. La tormenta que hubo de soportar el presidente había sido por culpa de su asesor, y era este el que debía asumir las consecuencias. La circunstancia abrió a Videgaray una oportuna puerta de salida de la escena política antes de que, como no pocos expertos pronostican, se le pudiera venir abajo la tambaleante economía del país. Calculó, con frialdad propia de su refinado talento, que si tal cosa llegara a ocurrir, el desastre político y diplomático derivado de la visita de Trump sería un incidente menor al lado de los terribles efectos que tendría una crisis similar a la que se vivió en la transición Salinas-Zedillo del 94-95. Videgaray escurrió con habilidad el bulto: logró irse entre aplausos, colmado de elogios por el presidente, y poniendo educadamente en manos de José Antonio Meade un bomba de tiempo de complicada desactivación. La primera escabrosa tarea que delegó en el nuevo secretario fue la de presentar en la Cámara de Diputados un paquete presupuestal que contiene recortes de magnitud, extraordinaria para los usos y costumbres del priísmo, pero insuficiente para afrontar la emergencia. De ese negro panorama escapó Videgaray, antes de ir a refugiarse a su apacible “casita” de Malinalco.
Factores adversos
Mas pase lo que pase en el futuro próximo, ha de admitirse que el naufragio de las previsiones económicas iniciales de Videgaray se debió fundamentalmente a causas externas que él no podía controlar. El crecimiento acelerado de la deuda externa registrado en los primeros tres años del sexenio estaba calculado bajo la presunción de que la reforma energética aportaría, del cuarto año en adelante, los recursos suficientes para: 1) revertir la tendencia del adeudo contratado y, 2) mantener la dinámica de la inversión pública observada al arranque del gobierno. Dichos supuestos vinieron por tierra a causa de que la locomotora estadounidense no tiró de nuestra economía con la fuerza que se pensaba, de que China disminuyó su crecimiento, y de que Europa siguió en shock. Además, la caída de los precios internacionales del petróleo, la constante baja en la producción del crudo en Pemex, y la depresión generalizada del mercado internacional de los energéticos se tradujo en desinterés de la inversión nacional y extranjera para aprovechar las claras ventajas que ofrece la reforma mexicana.
Responsabilidad ineludible
Lo anterior, siendo cierto, no exime de responsabilidad, ni a Videgaray ni a Peña Nieto. Apenas conocidas los primeras alarmas debieron a adoptarse medidas de austeridad que se ajustaran a tantas condiciones adversas. No lo hicieron; no se decidieron a dejar atrás las perspectivas optimistas del arranque del gobierno para sustituirlas por otras, más realistas, aunque restrictivas y poco lucidoras. Anunciaron, eso sí, un presupuesto cero, que en buen castellano significa prescindir de todo gasto superfluo, eliminar duplicidades inútiles y cancelar erogaciones suntuosas. Lamentablemente, todo quedó en el discurso; al operar el presupuesto las intenciones se diluyeron hasta quedar en nada, y hoy se están pagando las consecuencias, al punto de que las calificadoras internacionales degradaron las expectativas de la deuda mexicana, ubicándola sin tapujos en zona de riesgo, lo que supondrá un aumento significativo del costo del dinero en la renovación de empréstitos y en la formalización de los nuevos. Y dato preocupante: las calificadoras sumaron a las causas financieras también las de índole política vinculadas a la corrupción y a la inseguridad.
Presagio de tormenta
Por más que se intenten ocultar, la suma de tantos factores negativos ya produjo daños. Repaso algunos: 1) tanto la depreciación del peso como el alza de la gasolina -un impuesto disfrazado- inciden en la inflación, que ya acusa indicios tangibles en diversos satisfactores; 2) Agustín Carstens hace semanas avisó que la deuda rebasaba “…los límites de lo razonable…” y, a pesar de eso, mantuvo su crecimiento y hoy vive bajo la amenaza de una inminente alza de los intereses aplicables; 3) la tributación no se incrementará, debido a que el PIB nacional disminuye trimestre a trimestre sus expectativas de crecimiento, al punto de que este año quizá sea inferior al 2% y, 4) aunque continúe negándolo, el gobierno -agobiado por la falta de dinero- va a seguir endeudándose y tendrá, además, que recortar el gasto en rubros tan socialmente sensibles como la salud y la educación.
Ni para dónde hacerse…
No es catastrofismo. La verdad es que México puede estarse aproximando a vivir un conflicto de gran magnitud. Lo vio venir Videgaray, y ese pudo ser el otro motivo que determinó su voluntaria dimisión. El hoy ex funcionario transfirió al nuevo secretario de Hacienda -y por ende al presidente- un problema que anticipa, en el mejor de los casos, una época de aguda penuria económica, y en el peor, otra más de las crisis a que nos tenían habituados los gobiernos priístas del pasado. Peña Nieto se queda, además, con un gabinete partido… y ante un dilema existencial: cerrar la llave del dinero para sacar al país del atolladero al precio de perder su sucesión, o abrirla sin control y añadir a su polémico historial la vergüenza de habernos heredado una situación caótica de la que, otra vez, nos llevaría años salir. La medida de la confusión y los miedos de Peña Nieto nos la dio la no desmentida invitación que hizo a Manlio Fabio Beltrones para que se hiciera cargo de ese bombón que es la Secretaría de Desarrollo Social, máxime teniendo tan próximo el 2018. El insólito hecho de que la propuesta presidencial fuera rechazada por el astuto sonorense sugiere que la brecha entre ambos -y consecuentemente entre los priístas- es más profunda de lo que se creyó.
ANTENA NACIONAL
Provocación de la Iglesia
“Soy intelectualmente agnóstico, constitucionalmente laico… y espiritualmente guadalupano”.
Si mal no recuerdo, creo que fue en un artículo de Juan Villoro donde leí esta máxima. De inmediato la adopté como propia, pues sintetiza con exactitud mi pensamiento y mis devociones. La incluí desde entonces en mi repertorio argumentativo, y la empleo en conversaciones cuya temática obliga a fijar posiciones. He acudido a ella para sirviera de preludio a mi opinión radicalmente contraria a las provocativas marchas originalmente convocadas por la Iglesia Católica como protesta por la iniciativa que envió al Congreso el presidente de la República para legalizar los matrimonios igualitarios. Aunque hoy escondan la mano, fueron los obispos de México los que, en inusual comunión, conjuntaron sus voces para hacer sentir a un gobierno fisurado y débil que su influencia entre la ciudadanía sigue siendo vigorosa y, de paso, tácitamente dejar claro que deben ser tenidos en cuenta en todas las decisiones del estado, aunque estas competan al orden civil y no al orden religioso. En posterior entrega abordaré el punto con mayor extensión.
P.D. Volveré a este espacio al concluir las cinco semanas de vacaciones que tengo acumuladas. Hasta entonces.
Para La Primera Plana:
Con la frialdad propia de su refinado talento, Luis Videgaray calculó que si se le venía abajo la tambaleante economía del país, el desastre político y diplomático derivado de la visita de Trump sería un incidente menor al lado de los efectos que tendría una crisis similar a la que se vivió en la transición Salinas-Zedillo del 94-95. Por eso dimitió a su cargo, dejando en manos de José Antonio Meade -su relevo en Hacienda- una bomba casi imposible de desactivar.