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Todo parece indicar que la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros ha decidido recorrer el camino de la soberbia.
Durante su reciente informe anual de actividades, boicoteado por la decisión gubernamental de programar a última hora una marcha en defensa de la soberanía nacional, la senadora Ana Lilia Rivera hizo exactamente lo contrario de lo que muchos esperaban: tendió la mano. Lo hizo sin condiciones y con un mensaje inequívoco de unidad para enfrentar el proceso político que ya comenzó en Tlaxcala.
La respuesta ha sido el silencio. Peor aún, la hostilidad.
Rivera Rivera ha enviado señales por distintos conductos de que está dispuesta a reunirse con la mandataria. Ha dejado claro que las diferencias políticas existen, pero que no deben impedir una relación institucional entre quienes pertenecen al mismo movimiento. Del otro lado no ha habido voluntad, sino una negativa que cada día resulta más difícil de explicar.
No se trata de un asunto personal. Se trata de gobernabilidad.
Las encuestas más recientes muestran una tendencia cada vez más consolidada a favor de Ana Lilia Rivera en la competencia por la Coordinación de la Defensa de la Cuarta Transformación. El escenario comienza a perfilarse con suficiente claridad como para entender que, tarde o temprano, Lorena Cuéllar tendrá que sentarse a dialogar con quien tiene amplias posibilidades de encabezar el próximo proyecto político de Morena en Tlaxcala.
Mientras más retrase ese momento, mayor será el costo político para su propio gobierno.
Por lo pronto, esa resistencia de la gobernadora ha abierto la puerta a toda clase de interpretaciones. En los corrillos políticos la pregunta es por qué la gobernadora se niega.
Y la respuesta apunta hacia las condiciones en que concluirá su administración. Los señalamientos sobre presuntos actos de corrupción y nepotismo forman parte de la conversación pública, mientras otros aseguran que el mayor temor del grupo gobernante es enfrentar responsabilidades una vez terminado el sexenio. Son versiones que circulan con insistencia en el ambiente político y cuya fuerza proviene, precisamente, del vacío que deja la falta de explicaciones por parte de la mandataria estatal.
Frente a ello, Ana Lilia Rivera ha sido categórica: no habrá persecución, pero tampoco impunidad. Es decir, no anuncia cacería de brujas ni ajuste de cuentas; anuncia que la ley deberá aplicarse sin distingos. Quien actuó correctamente no tendría nada que temer. Quien no lo hizo, tampoco debería esperar protección política.
Por eso la mano que Ana Lilia Rivera extendió durante su informe representa mucho más que un gesto de cortesía. Es la oportunidad para construir una transición ordenada y sin sobresaltos, independientemente del resultado final del proceso interno en Morena para definir quién estará en la Coordinación en Defensa de la Cuarta Transformación institucional.
La decisión ya no está en manos de la senadora con licencia. Ella ya dio el paso.
Ahora la gobernadora debe decidir si quiere ser recordada como una mujer de Estado que privilegió la unidad en el momento más importante de su sexenio.
La mandataria no puede retrasar más su encuentro con el futuro.