El desequilibrio de las finanzas públicas del gobierno federal, causa del gasolinazo decretado por Hacienda
Impactantes, las consecuencias sociales y económicas de la medida en las clases media y baja del país
Pareciera que el régimen se encamina hacia la que podría ser la crisis terminal de un sistema decadente
Complejísimo, por no llamarlo lisa y llanamente adverso, es el escenario en que el gobernador Marco Mena está iniciando su gestión. Tiene ante sí -tenemos, por mejor decir- una verdadera avalancha de malos augurios que, a querer o no, dificultarán los primeros días de su administración. No obstante que por fortuna en la entidad no se han producido desórdenes sociales, en el ánimo colectivo se percibe un entendible temor a que las penurias económicas que se nos vienen encima excedan la capacidad de resistencia de las familias tlaxcaltecas cuya situación es de por sí muy precaria. Aún antes de que tomara posesión de su cargo, el mandatario ya nos había advertido que la problemática nacional e internacional obligaría a adecuar las acciones de su gobierno a esas nuevas e inocultablemente críticas circunstancias.
Imprudente provocación
Al atizar el gobierno federal el fuego que tiene al rojo vivo la inconformidad de la población, la olla de presión que hasta ahora la había mantenido confinada está dando claras señales de estar a punto de estallar. El gasolinazo de enero -primero de una serie que padeceremos a partir de febrero cuando se consume la liberalización a la mexicana del precio de los combustibles- reavivó tensiones sociales que se hallaban soterradas y bajo un relativo control. Y si a eso añadimos la manera artera en que la medida se instrumentó se entenderá mejor porqué se prendió la mecha de la ira popular, produciendo múltiples disturbios en diferentes lugares de la geografía nacional.
Le jalaron los bigotes al tigre…
Creadas las condiciones para que se desataran sin freno los resentimientos sociales que generan las grandísimas diferencias económicas que privan en México -una de las naciones más desiguales del mundo-, las protestas pacíficas se transformaron pronto en acciones colectivas de naturaleza vandálica que desbordaron los limitados mecanismos de sujeción del gobierno en sus tres niveles. Vista la cuestión desde esa perspectiva, es hasta cierto punto comprensible que, en la anarquía, las muchedumbres se apropien de enseres y satisfactores cuya adquisición no está al alcance de sus cada vez mas empequeñecidas posibilidades. Es terrible, pero es así.
“y ustedes…, ¿qué hubieran hecho?”- EPN
El efecto de la disposición de Peña Nieto sobre la economía en su conjunto -particularmente sobre la de la gente pobre- constituyó una brutal agresión que pudo haberse mitigado si hubiera estado precedida de una explicación convincente, acompañada además de medidas complementarias de alivio y de acciones solidarias de los privilegiados que -desde la prosperidad que proporciona el erario- con indiferencia observan el padecer del pueblo. Pudo hacerse, pero no se hizo, y los que esperaban que en alguna de sus dos precipitadas y contraproducentes alocuciones televisadas de la pasada semana el presidente anunciara paliativos significativos al ajuste de precios decretado, constataron perplejos que, en lugar de eso, el mandatario pidió a la sociedad comprensión y apoyo razonado, arguyendo que la prioridad de su gobierno es proteger la estabilidad de las finanzas públicas.
…no entienden que no entienden…
Hoy cobra renovada actualidad aquella frase acuñada por la ironía inglesa para referirse al distanciamiento de Peña Nieto con la realidad en que se encuentra la nación que gobierna. Un aumento como el anunciado quizá sea insignificante para el tecnócrata hacendario que lo decreta, pero es extremadamente difícil de afrontar para el exiguo bolsillo de las mayorías. La más obvia e inmediata consecuencia de ese incremento va a ser un alza del costo del pasaje que pagan trabajadores y estudiantes para ir a la fábrica y a la escuela, produciendo un desequilibrio potencialmente inmanejable a la economía familiar. El valor de la canasta básica se verá también afectado y, por pequeña que sea su variación, correrá el riesgo de quedar fuera del alcance de los millones de mexicanos que perciben entre uno y dos salarios mínimos. A ellos, la empinada cuesta de enero se les convertirá en inexpugnable muralla por obra y gracia de la desaprensión de un gobierno incompetente y desprevenido.
Ofensa indeleble
En la primera de esas intervenciones en la televisión, Peña Nieto hizo saber también que había nombrado Secretario de Relaciones Exteriores a Luis Videgaray, autor intelectual del mayor despropósito cometido por un gobierno mexicano en materia de política internacional. El monumental disparate le valió al susodicho ex secretario de Hacienda el repudio unánime de los ciudadanos, sin distingo de su condición social. No fue para menos, pues promover que se le rindieran honores de Jefe de Estado en la residencia presidencial de Los Pinos a un tipo como Trump ofendió la dignidad nacional y nos infligió un oprobio que siempre habremos de recordar con enojo.
Videgaray… ¿domador de la fiera?
Cuesta trabajo aceptar el simplismo de Peña Nieto. ¿Sabe usted, amigo lector, porqué designó canciller a Videgaray? No, no sólo fue por ser gestor de esa malhadada visita a México de Donald Trump -una genialidad diplomática en la pueril óptica del mexiquense- sino en el hecho de conocer a Jared Kushner, cuyo mérito reside en ser yerno del que será mandatario estadounidense a partir del 20 de enero próximo. Cuál es la naturaleza y profundidad de esa relación nadie lo sabe, pero cualquiera que fuera no es razón valedera para designar a tan alto cargo a quien de entrada confiesa paladinamente que a la titularidad de la cartera de Relaciones Exteriores llega… ¡para aprender! En fin, aviado está nuestro presidente si cree que Videgaray domará a esa fiera desatada que padeceremos los siguientes cuatro años.
No veo, no oigo…
Todo lo que dice y hace Peña Nieto parece estar concebido para agraviar, ofender y joder a los mexicanos. Los argumentos que aduce para mantenerse en sus trece no sólo desdeñan el impacto de corto y mediano plazo que tendrá el gasolinazo en la clase media y baja, sino que también puso oídos sordos a las recomendaciones de organizaciones empresariales, con independencia de su tamaño e importancia. Así mismo, ignoró las voces de los políticos de oposición -y hasta las de algunos de su propio partido- urgiéndolo a buscar una combinación de salidas alternativas que permitan apuntalar, sin necesidad de ese impío sacrificio impuesto a sus gobernados, el techo de una frágil economía que amenaza convenirse abajo. En fin, ahí la lleva el desgobierno de Peña Nieto, empecinado en acercarnos a una crisis que bien podría poner un anticipado punto final a su desastroso mandato.
Riesgo de bancarrota
Pobre Meade. Sobre él recayó la imposible tarea de convencernos de la inevitabilidad de la draconiana medida, sin confesar, claro, cuáles son las verdaderas razones por las que las finanzas públicas se hallan al borde de la quiebra. Y es que ni él ni nadie sería capaz de explicar -sin revelarnos el real fondo de la cuestión- el porqué de la urgencia en equiparar, así, de golpe, el precio de la gasolina que se consume en México con el que rige internacionalmente, cuando sabemos que los salarios aquí son muy inferiores a los de los países miembros de la OCDE. La correlación entre el nuevo precio impuesto a la gasolina y la percepción salarial media en México muestra que la parte de su ingreso que aquí precisa un trabajador para comprar un litro de combustible es infinitamente superior a la que, para el mismo fin, destina cualquier otro trabajador en su país. La contundencia del argumento anula todo intento por justificar lo injustificable. Por eso se va Carstens. Por eso… y por mucho más.
Para la Primera Plana:
No obstante que por fortuna en la entidad no se han producido desórdenes sociales, en el ánimo colectivo se percibe un entendible temor a que las penurias económicas que se nos vienen encima excedan la capacidad de resistencia de las familias tlaxcaltecas cuya situación es de por sí muy precaria.