OPINIÓN

Día del niño: una celebración que oculta lógicas adultocentricas

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María José Morales Vargas

Politóloga, Analista Regional y Socióloga. Académica de Tiempo Completo adscrita a la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Criminología y al Posgrado Interinstitucional en Derechos Humanos del Centro de Investigaciones Jurídico-Políticas de la Universidad Autónoma de Tlaxcala.

Lunes, Mayo 4, 2026

 

Cada 30 de abril, en México, celebramos el Día del Niño. La fecha fue institucionalizada en 1924, en el marco de los compromisos internacionales derivados de la Declaración de Ginebra sobre los Derechos del Niño. Su origen no fue festivo, sino político: reconocer a la infancia como sujeto de derechos y colocar el cuidado en el centro de la vida política.

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Un siglo después, la conmemoración parece haber priorizado formas más festivas que políticas y transformadoras. Si bien, a las infancias se les sigue celebrando, pocas veces se les coloca realmente en el centro y rara vez se les escucha. Se le dedican discursos, pero no se transforman las estructuras que las moldean. Se les reconoce simbólicamente, pero se les sigue subordinado en la práctica. El Día del Niño tiende a operar como un dispositivo de reconocimiento simbólico que no necesariamente cuestiona las prácticas cotidianas hacia las infancias.

A continuación, una escena que parece mínima, pero que permite enmarcar prácticas adultocéntricas: En el Principito de Antoine de Saint-Exupéry, un niño dibuja una boa que ha tragado un elefante, con cierta expectativa, se la muestra a los adultos, preguntándoles qué ven. La respuesta del adulto es contundente: veo un sombrero. No hay espacio para otras preguntas, otras posibilidades. Lo que aquí está en juego no es el dibujo en sí, sino la forma de mirar: una que corrige antes de escuchar. Esta mirada adulta opera bajo un régimen de verdad que impide ver más allá de lo evidente. Se nombra rápidamente para no tener que interpretar: se clasifica para no tener que imaginar. Justamente en este gesto se reproducen lógicas adultocéntricas.

El adultocentrismo no es solo una relación de poder basada en la edad; es una forma de organizar el mundo en la que la mirada adulta se impone sobre la mirada de las infancias. El adultocentrismo es un dispositivo de poder en el que las niñas y los niños no son reconocidos como sujetos de conocimiento, sino como seres en proceso de convertirse en adulto. En consecuencia, los discursos y formas de ver las infancias que no encajan en la cosmovisión adulta son descartados o invalidados.

En la escena del Principito, el niño abandona el dibujo, no porque haya dejado de imaginar, sino por que comprende que su imaginación no tiene valor en el mundo adulto. Incluso, el saber adulto lo orienta hacia saberes que considera más “útiles”: geografía, cálculo o gramática. Esta escena permite cuestionar, incluso, las limitaciones de los sistemas educativos modernos. Sistemas que han privilegiado lo medible sobre lo creativo; la repetición y memorización sobre la interpretación. De lo que se trata, en gran medida, es formar sujetos funcionales que sean capaces de integrarse a un sistema que demanda eficiencia y productividad.

Volver a esta escena en el contexto del Día del Niño no es u ejercicio literario, sino una intervención crítica. Nos obliga a preguntarnos qué significa realmente colocar a las infancias en el centro. No basta con celebrarlas o protegerlas; es necesario transformar la manera en la que las escuchamos, las interpretamos y nos relacionamos con ellas. Vale la pena, incluso, invertir esa relación de saber: las infancias no solo deben aprender de los adultos, también pueden revelar a los adultos algo que han olvidado de sí mismos.

Aquí se inscribe una crítica radical al adultocentrismo. Las infancias no deben ser concebidas como incompletas o en proceso de convertirse en adultas, sino como portadoras de conocimiento. En ese sentido, las infancias dejan de considerarse una etapa inferior para convertirse en una posición legítima desde la cual se produce sentido.

En el Día del Niño hace falta cuestionar cómo el adultocentrismo ha organizado las instituciones. Después de todo, a las infancias se les otorga un día de protagonismo -el 30 de abril-, pero mantenemos intactas las jerarquías que limitan su voz. Les pedimos que participen, pero bajo condiciones definidas por los adultos. El resultado es una paradoja: celebramos a las infancias mientras las normalizamos.

Desde aquí puede esbozarse una pedagogía inspirada en El Principito, dirigida al mundo adulto:

  • Suspender la prisa por nombrar y aprender a mirar sin cerrar el sentido de lo inmediato.
  • Reconocer la imaginación y el juego como formas de conocimiento, no como simples fantasías, sino como prácticas formas que amplían la comprensión del mundo.
  • Descentrar al adulto como única autoridad epistemológica, reconociendo las voces, experiencias y formas de sentido de niñas y niños como válidas.
  • Resistir la lógica de la utilidad, entendiendo que existen otros saberes que transforman profundamente las maneras de habitar el mundo.
  • Entonces, el Día del Niño debería dejar de ser una celebración superficial para convertirse en una interrupción crítica. Una oportunidad para reconocer que las infancias no solo son sujetos que debemos proteger, sino sujetos que nos enseñan a mirar y aprender de otra manera. No se trata de celebrar un solo día, sino de permitir que su forma de mirar incomode nuestras “certezas” adultas todos los días. Porque la tarea más urgente no es enseñar a niñas y niños a adaptarse al mundo, sino permitir que este mundo aprenda de ellos/as.

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