Grave error, pensar que Tlaxcala y los tlaxcaltecas estamos al margen del enfrentamiento con Trump
Difícil de entender, el desinterés que se percibe en la entidad frente a la delicada situación internacional
Se extraña a los grandes mexicanos que con acierto y dignidad supieron conducir la diplomacia del país
Los asuntos internacionales nunca han sido del interés del pequeñísimo universo de lectores que hay en Tlaxcala; incluso son contados los temas nacionales que se lo despiertan. Vivimos encerrados en nosotros mismos y sólo atendemos a la problemática local. Nos importa exclusivamente el acontecer interno, pese a que -por citar un caso- no menos de cien mil paisanos viven y trabajan ilegalmente en Estados Unidos, y a que, por ende, la economía de muchas familias tlaxcaltecas tiene un alto grado de dependencia con la de aquel país. Tenemos una tendencia diríase que histórica hacia el aislacionismo y no aceptamos que, allá afuera, el mundo está intercomunicado e ineludiblemente entrelazado. No nos reconocernos parte de la aldea global ni admitimos que, en la actualidad, no hay rincón del planeta cuya existencia transcurra ajena a lo que pasa en el resto del orbe. Es necesario pues ampliar horizontes para enterarnos de lo que sucede algo más allá de la Malinche. Para ponernos al día, vale más entender el alcance que tendrán las medidas proteccionista que contra México planteó en su agresivo discurso de toma de posesión el presidente norteamericano Donald Trump.
Inicio de la era Trump
Lo que parecía imaginaria pesadilla ya es, a partir del pasado viernes 20 de enero, una temible y muy concreta realidad. En ese entendido, la diplomacia del gobierno de México, encabezada por su canciller Luis Videgaray, tendrá que enfrentar -con la mayor serenidad, inteligencia y tacto de que sea capaz, y junto con los especialistas que le acompañen- las exigencias que a buen seguro le plantearán sus homólogos estadounidenses. El objetivo es concretar alternativas que atenúen los efectos negativos que inevitablemente habremos de resentir en cuanto se pongan en marcha los anunciados planes del presidente Trump. Para ese propósito, será indispensable separar la palabrería vociferante del candidato en campaña, de las disposiciones ejecutivas específicas que ordene en su flamante condición de gobernante en funciones.
No es tiempo de bravatas
Si persistimos en la idea de que el presidente norteamericano ha de disculparse por habernos llamado violadores y criminales, quizá demos satisfacción al ego nacionalista de quienes dicen estar dispuestos a envolverse en el lábaro tricolor, pero estemos conscientes de que, a cambio de ello, no avanzaremos ni un milímetro en las pláticas de naturaleza migratoria, comercial y de seguridad en que deben concentrarse los negociadores mexicanos. No tiene sentido declamar soflamas patrióticas antes de sentarse a una mesa en las que sólo se discutirán asuntos relacionados con inversiones, seguridad en las fronteras, narcóticos y trabajadores ilegales, máxime cuando Trump ha repetido una y otra vez que los mexicanos y su presidente… ¡somos estupendos¡ Los que esperan que el magnate se arrodille en la pirámide del Sol para pedirnos perdón por sus reiteradas ofensas, están alejadísimos del mundo real.
Los dilemas de México
Ante la diversidad de puntos de vista, por supuesto que es válido preguntarse -y opinar, porqué no- cuál es la actitud mejor que podría adoptar el gobierno mexicano. Las interrogantes se vienen en tropel a la cabeza; lea usted, estimado lector, las siguientes: ¿será procedente plantarnos en una postura inamovible, defensora de una soberanía nacional que se yergue orgullosa ante la insolencia del coloso, aún a riesgo de que descarrilen las conversaciones con los gringos? ¿o será más rentable adaptarse a sus exigencias, buscando atenuar las desmesuras imperialistas del todopoderoso vecino?. Qué nos convendrá más: ¿el ojo por ojo bíblico, o la búsqueda del menor daño, aun a costa de flexibilizar principios? ¿vale la pena seguir la ruta de la altivez patriótica a ultranza al estilo de la Cuba de Fidel, o mejor transitamos por el camino de la subordinación pactada, siguiendo el modelo puertorriqueño? ¿estaríamos dispuestos a medio siglo de aislamiento, con las miles de penurias implícitas en el gesto, o nos convendría más aceptar la cuestionable pero pragmática condición de estado libre asociado? La solución, por supuesto, no está en ninguna de esas posturas radicales, sino en alguna intermedia que sea demostrablemente útil para los dos países. Hay, sin embargo, una muy amplia gama de puntos de vista, la mayor parte de ellos encontrados y hasta opuestos. Vea usted por ejemplo éste, del habitualmente lúcido Jorge Castañeda que ha propuesto -en un exceso retórico de evidente inspiración electorera- que, si los agentes fronterizos estadounidenses no demuestran que los deportados que devuelven son realmente mexicanos… ¡nos neguemos a recibirlos! Mal inicio sería ese -creo yo- para llevar a buen puerto la bastante maltrecha nave del estado mexicano.
México, dependiente y vulnerable
Enrique Krauze, por su parte, sostiene que México no es el país indefenso que era en 1846, “…pues ahora tiene medios para responder a los ataques...”. No sé, la verdad, qué tan oportuno y acertado es que en esta crucial coyuntura se traiga a la memoria hechos históricos acontecidos hace 170 años. Pero lo que sí sabemos es que el México de nuestros días no es autosuficiente ni energética ni alimentariamente, ya que importamos más de la mitad de la gasolina que consumimos y del maíz que comemos. ¿A qué medios entonces se refiere el historiador? Añádase el inquietante hecho de que estamos terriblemente endeudados y que la enorme cantidad de 568 mil millones de pesos que paga el país a sus acreedores por concepto de intereses al año es, por sí sola, una cifra mayor a los 556 mil que invertimos en educación, salud, desarrollo social e instituciones federales de educación superior. Así las cosas, podrá convenirse que la situación de México -y de sus medios para responder ataques- no es precisamente la mejor. No, don Enrique, no nos engañemos; nunca hemos sido tan dependientes y vulnerables como lo somos en el presente, lo que por otra parte no significa -y lo subrayo- que haya que entregar la plaza sin defenderla, y que no tengamos alternativas, aunque todas ellas sean de largo plazo y de difícil construcción. En lo que si parece haber coincidencia unánime es que México debe poner la mira en disminuir nuestra dependencia comercial con la potencia del norte, en expandir y diversificar nuestra presencia en otros países -ahí está China como principal alternativa- e, internamente, en aumentar salarios para dar vigor al hoy día raquítico consumo nacional.
Consecuencias inmediatas
Ya estamos sufriendo varias. Una muy evidente es la devaluación del peso y sus consecuentes efectos inflacionarios, y otra, la paralización de las inversiones extranjeras y la repatriación de algunas norteamericanas. Peña Nieto ayudó eficazmente a complicar el panorama, eligiendo justo este crítico momento para aplicar el gasolinazo, con todo lo que el tal decretazo conlleva. Luego vendrán las deportaciones -no se sabe todavía si masivas o selectivas-, y la erección del malhadado muro. Meses después, enfrentaremos la revisión y eventual modificación de la parte del articulado del TLC que beneficia a México, o dicho de otra manera, del que no conviene a Estados Unidos. Y si se llega a desatar una guerra de represalias arancelarias mutuas, entonces todo lo que lleve el marbete de importado de aquella nación subirá aún más de precio. Y ahora la pregunta clave: ¿cuantas de esas amenazas que están por cumplirse perjudicarán a tlaxcaltecas? Todas, absolutamente todas, amigo lector; de ahí la conveniencia de conocerlas, y asumirnos parte de un colectivo que resentirá, a querer o no, las consecuencias de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.
Para la Primera Plana
Si persistimos en la idea de que el presidente norteamericano ha de disculparse por habernos llamado violadores y criminales, quizá demos satisfacción al ego nacionalista de quienes dicen estar dispuestos a envolverse en el lábaro tricolor, pero estemos conscientes de que, a cambio de ello, no avanzaremos ni un milímetro en las pláticas de naturaleza migratoria, comercial y de seguridad en que deben concentrarse los negociadores mexicanos.