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Hay momentos en los que una sociedad demuestra la calidad de sus valores y la muerte de una persona debería ser uno de ellos. Sin embargo, basta recorrer las redes sociales para descubrir que, mientras una familia enfrenta el duelo, otros convierten el dolor en espectáculo.
Lo más preocupante es que muchos ni siquiera tienen el valor de dar la cara: se esconden detrás de perfiles falsos, cuentas anónimas o nombres inventados para lanzar acusaciones, alimentar rumores y sembrar odio sin asumir consecuencia alguna.
Dicen que la información nunca descansa. Es cierto. Pero tampoco debería descansar el respeto. Cuando la tragedia ajena se transforma en una oportunidad para conseguir seguidores, monetizar publicaciones o ganar notoriedad, deja de existir el interés informativo y aparece el oportunismo.
No hay mayor cobardía que la de quien difama protegido por el anonimato para ganar likes o quedar bien con un grupo político. Esos perfiles que no muestran un rostro ni una identidad se sienten dueños de una libertad que confunden con impunidad.
Desde la comodidad de una pantalla fabrican historias, reviven rumores, editan fotografías, sacan frases de contexto y construyen sentencias sin una sola prueba. Lo hacen porque creen que un nombre falso los libera de toda responsabilidad moral.
La libertad de expresión es un derecho irrenunciable, pero nunca fue concebida como licencia para calumniar. Informar exige investigación, contraste de versiones y responsabilidad.
Si algo me da calma, es que la historia terminará distinguiendo a quienes entienden el periodismo como un servicio público y a quienes hacen del anonimato y del dolor humano un negocio.