Como al aire que respira requiere Peña Nieto el apoyo explícito, reiterado y continuo de las fuerzas armadas
La Ley de Seguridad Pública no es la mejor opción de regularizar lo que es por definición irregularizable
Barrales y Barbosa, dos personajes que, por distintas razones, han contribuido a terminar de hundir al PRD
Un presidente cuya gestión está reprobada por el 80% de sus gobernados precisa del respaldo diario y explícito de la institución que, por fortuna, todavía preserva el más alto grado de aceptación entre los mexicanos. Me refiero, claro está, a las fuerzas armadas de las que, por mandato de ley, el Estado se vale para la defensa de la soberanía y la integridad de la nación. Visto está que un líder -el que sea- no puede ser cabeza de un gobierno política y socialmente estable sin un pacto explícito de entendimiento con el sector militar, y más aún cuando su orfandad popular es extrema. Tal es el caso de Enrique Peña Nieto, un presidente que ha visto caer su sostén ciudadano hasta niveles nunca vistos en México.
Incomodidad castrense
En esas precarias condiciones, el mexiquense se ha visto en la necesidad de ofrecer repetidos homenajes y reconocimientos a los soldados, marinos y aviadores a los que ha encargado la ingrata e inconstitucional tarea de perseguir delincuentes. No obstante, a pesar de los continuos halagos hacia los militares, la indisimulada incomodidad de sus altos mandos se manifiesta de continuo y en tonos que, por lo menos este opinador, no recuerda haber oído antes. Basta traer a la memoria las expresiones del general Cienfuegos en las que ha evidenciado en repetidas ocasiones su fastidio con la situación que, creada desde la época del calderonato, se ha mantenido sin cambios a lo largo del presente sexenio.
Dulce bellum inexpertis
En este adagio, atribuido a Píndaro, encuadra a la perfección la declaratoria de guerra al narcotráfico de Felipe Calderón, ex presidente de México. La sentencia “dulce bellum inexpertis” del célebre poeta -escrita en griego y traducida siglos después al latín- viene a decirnos que “…la guerra atrae a quienes no la han padecido…”. En palabras llanas: Calderón no sabía en la que se estaba metiendo por culpa de su demencial y arrogante ignorancia. Y si esa fue la causa de aquel trágico salto al vacío al que debemos atribuir los infinitos males que sufrió el país en su sexenio, es lícito preguntar: ¿acaso es eximente de responsabilidad no haber sufrido en piel propia las desgracias implícitas en una guerra que decides librar dentro de tu casa? Por supuesto que no, salvo que seas un imbécil, un salvaje inculto…, o un borracho consuetudinario.
Inexplicable continuidad
Tras el desastre que se vivió en aquel nefasto periodo nadie podía imaginar que, llegada a su fin la gestión del michoacano, su reemplazante, el priísta Enrique Peña Nieto, mantuviera intacta la fallida estrategia. Para justificar esa conducta no cabe el atenuante de la ignorancia, pues para ese entonces los terribles saldos de la guerra -aunque maquillados por el oficialismo- ya eran bien conocidos. La cifra de víctimas mortales, de personas desaparecidas y de familias desplazadas aterraba, mientras que el enemigo supuestamente a vencer -el comercio de estupefacientes- continuaba floreciente y en auge. Y en paradoja alucinante, en el vecino del norte se iban consolidando paso a paso, y estado a estado, los movimientos tendientes a su legalización.
Lógica exasperación
Día con día propendo más a entender y a solidarizarme con el creciente encabronamiento del Ejército, al que por cierto ya también se sumó el titular de la Marina Armada. Y es que ellos son los primeros en saber que sostienen una confrontación bélica en la que nunca debieron participar y de la que nunca saldrán victoriosos. El adversario que enfrentan tiene mil cabezas y con frecuencia se confunde con el pueblo mismo. A ellos, soldados y marinos que -coincido con López Obrador- también son pueblo, les supone graves contradicciones seguir en una batalla que les procura críticas y -lo que es peor- los aleja de las causas populares a las que históricamente han estado siempre vinculados.
Lección vigente
Hurgando en mi memoria me topé con un pasaje que habla de la firmeza con la que el Ejército Mexicano defiende sus valores sin demérito del respeto que le merece la institución presidencial. El hecho data de hace más de dos lustros y tuvo lugar cuando el conflicto social que martirizaba Oaxaca se había vuelto inmanejable para las autoridades civiles. Aquella ocasión, el presidente Vicente Fox pidió al general secretario Clemente Vega que cargara contra los maestros para desalojarlos de plazas y calles de la capital del estado. El titular de la Defensa Nacional contestó que, para cumplir esa disposición, requería de una orden por escrito y debidamente firmada. Por supuesto no hubo orden por escrito…, y no hubo desalojo; el palurdo hombre de las botas rehuyó la responsabilidad que le tocaba asumir como Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas. Una lección para recordar.
¿Hasta cuando…?
Aquel episodio protagonizado por el general Vega tiene significativos puntos de contacto con la posición del general Cienfuegos al dejar pública constancia del malestar que genera a los contingentes castrenses suplir a los entes civiles en la tarea de preservar la seguridad pública. El destinatario de la advertencia era obviamente el presidente Peña Nieto. Estas fueron las palabras del general: “…nosotros no pedimos estar ahí. No nos sentimos a gusto ninguno de los que estamos aquí ni estudiamos para perseguir delincuentes…”. Y coincidiendo con las voces que solicitan su retiro de las calles -a las que por cierto ya se sumó Raúl González, el ombudsman nacional- Cienfuegos preguntó “…¿quieren que estemos en los cuarteles?…”. Con marcado énfasis se contestó a sí mismo: “…¡adelante! Yo sería el primero en levantar no una, las dos manos para que nos vayamos a hacer nuestras tareas constitucionales. Nuestra idea y nuestra profesión es otra y se está desnaturalizando. Estamos cumpliendo funciones que no nos corresponden…”.
Civilismo en riesgo
La Ley de Seguridad Interior que se discute en el Congreso dudo mucho que sea el mecanismo legal que se necesita para regularizar lo que por definición no es regularizable. ¿De qué forma satisfarán los legisladores las exigencias de la jerarquía militar? ¿harán más laxas las leyes que protegen los derechos humanos cuando el Ejército o la Marina enfrenten situaciones que así lo justifiquen? ¿quien determinará lo conducente en cada caso? ¿los congresos locales? ¿se abolirán -así sea temporalmente- las garantías fundamentales? ¿será la justicia militar la que juzgue cualquier eventual desmán de la tropa? Finalmente, si se llegara a decretar el estado de excepción en algún estado de la República ¿a qué se vería reducido el papel de la autoridad civil? La tentación de militarizar el país está latente en el pensamiento conservador y podría afectar el carácter democrático del Estado mexicano. Cuidado pues; hay principios republicanos con los que no debe jugarse bajo ninguna circunstancia.
ANTENA NACIONAL -1-
Alejandra Barrales
No me preocupa saber de dónde sacó Alejandra Barrales los dólares para hacerse de un departamento de lujo en Miami. Tampoco me interesa si lo consignó o no en su declaración patrimonial. A final de cuentas, ella no es la excepción en ese turbio universo en el que habita la clase política de este país. Las flotillas de taxis del Enrique Ochoa, presidente nacional del PRI, los viajes de cada fin de semana a Atlanta para ver a su familia de Ricardo Anaya, presidente nacional del PAN, y el inmueble en Florida de Alejandra Barrales, presidenta nacional del PRD, vienen siendo una y la misma cosa. Lo que me duele reconocer es que una lideresa de izquierda (¿) tenga como horizonte de vida adquirir una vivienda de alta gama en la ciudad a la que van exhibir sus fortunas mal habidas buena parte de los expoliadores de las riquezas de esta nuestra saqueada Latinoamérica. ¿Por qué hago diferencia entre la una -la Barrales- y los otros -Ochoa y Anaya-? Pues porque aún conservo una visión romántica y seguramente demodé de lo que significa hacer política bajo la bandera del ideal socialista.
ANTENA NACIONAL -2-
Miserias de un vulgar politicastro
Lo de Miguel Barbosa ilustra a la perfección el ínfimo nivel moral de quienes exclusivamente entienden la política como el medio más fácil de hacerse de poder y dinero. Los sucesos que protagonizó en la Cámara de Senadores lo exhibieron como un buitre capaz hasta de tragarse los despojos del PRD, el partido que lo encumbró. Con sus vilezas se exhibió como lo que es, un político carroñero que trató hasta el final de preservar las prerrogativas de la bancada que coordinaba, pese a haber reconocido que ya trabajaba para el candidato de otro partido. Un caso de cinismo difícil de igualar.
Para la Primera Plana:
La tentación de militarizar el país está siempre latente en el pensamiento conservador y podría afectar el carácter republicano y democrático del Estado mexicano. En la discusión de la Ley de Seguridad Pública que se lleva al cabo en el Congreso hay valores con los que no debe jugarse bajo ninguna circunstancia.