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Hay una tentación permanente en la política, creer que existen frases, recetas o teorías capaces de explicarlo todo.
Como si el comportamiento de los actores pudiera reducirse a una ley universal, como si bastara repetir una consigna para garantizar resultados; pero la política caprichosa como es, se resiste a esa simplificación.
No hay leyes naturales que normen el actuar político; tampoco teorías sociales que, por sí solas, alcancen para comprenderlo todo.
La política es, sobre todo, adaptación. Es negociación constante, entendimiento fino de los tiempos, lectura del territorio y, sí, incluso del ánimo de quienes participan en ella. Cada coyuntura es distinta y exige respuestas propias. Siempre se debe escuchar y leer tanto a amigos como a adversarios, no es fácil.
Por eso resulta peligroso cuando se pretende hacer política desde el control. Hay quienes creen que controlar es sinónimo de eficacia, y que imponer garantiza triunfo.
En realidad, lo que ocurre es lo contrario, se confunde la obediencia con voluntad, y ahí comienza la simulación. La política deja de ser un espacio vivo y se convierte en un escenario de apariencias.
La política es valiosa precisamente porque sirve en contextos distintos y complejos. Su función procesar la incertidumbre.
La política debe evitar rupturas, construir acuerdos y, en última instancia, hacer posible la paz incluso entre adversarios, voy más allá, entre enemigos.
Cuando el debate se cancela y una sola idea se impone como verdad absoluta, la política deja de existir, lo que viene después no es orden, sino silencio. Cierro con una anécdota, un personaje al que le tengo profundo agradecimiento algún me pregunto ¿por qué nadie me dijo eso…? Él sabía la respuesta, ya no escuchaba, tuvieron que pasar años para que lo viera.
Con afecto y reflexión serena.
Homero Meneses Hernández