Terminó el Mundial para México, dejando en el ambiente una sensación de tristeza y un dejo de melancolía colectiva que se percibe en la calle este lunes. Si soy objetivo, la participación de nuestra selección no fue muy distinta a la de otras Copas del Mundo. No fue una hazaña, pero tampoco un desastre. Fue, quizá, el resultado previsible para un país que ocupa un lugar intermedio en el concierto futbolístico mundial: competitivo, capaz de ilusionar, de regalar buenos momentos, pero todavía lejos de pertenecer al grupo de las verdaderas potencias.
Lo sabía; los sabíamos; y aun así, volví a ilusionarme. Volví a creer que esta vez podía ser diferente. Que el famoso salto de calidad finalmente llegaría. Que el siguiente partido sería el bueno. Que el rival poderoso podía caer. Que, quizá, estábamos escribiendo una historia distinta. Porque si, eso tiene el futbol, nos convence de que los imposibles pueden ocurrir.
Pero este Mundial dejó algo más que los partidos. Durante varias semanas vi a un país entero discutir de alineaciones en lugar de política, celebrar goles en lugar de pleitos, abrazarse sin preguntar por quién votó el de al lado. Por unas horas desaparecieron las diferencias y apareció algo que hacía tiempo no veía con tanta claridad: millones de mexicanos sintiéndonos parte del mismo equipo. Once jugadores en la cancha consiguieron algo que muy pocas cosas logran en estos tiempos: recordarnos que, por encima de nuestras diferencias, seguimos compartiendo una misma camiseta llamada México.
Pero todo Mundial tiene un silbatazo final; y para nosotros llegó de la mano de los ingleses—a quienes hay que reconocer su calidad— por lo que toca regresar a la realidad, esa que pausamos por tres semanas. Porque mientras discutíamos si México podía llegar más lejos, el país seguía enfrentando desafíos mucho más profundos.
En nuestro Tlaxcala tampoco hubo pausas. En San Pedro Ecatepec, la oposición social al proyecto del denominado polo o "ciudad de la basura" volvió a exhibir una constante que empieza a repetirse con demasiada frecuencia, y es que el gobierno es incapaz de dialogar y termina recurriendo a la fuerza, porque lo que debió resolverse mediante información, apertura y construcción de acuerdos terminó rodeado por elementos antimotines, tensión y confrontación.
Algo semejante ocurrió en Chiautempan, en la comunidad de Guadalupe Ixcotla, donde pobladores manifestaron su rechazo a la construcción de una clínica del IMSS-Bienestar. Más allá de quién tenga la razón sobre el fondo del proyecto, en medio de todo se cuela una pregunta necesaria ¿cómo es posible que, una obra pública destinada, en teoría, a mejorar los servicios de salud, termina enfrentando al gobierno con los propios ciudadanos? La respuesta es exactamente la misma a lo largo de este sexenio de Morena gobernando Tlaxcala; simple y sencillamente faltó diálogo, y como consecuencia aparecen los granaderos, los escudos, los gases lacrimógenos y los toletes.
Inevitablemente la respuesta institucional frente a ciudadanos inconformes es l uso de la fuerza y cada vez menos el ejercicio de la política, así sean vecinos de una comunidad, sindicalizados, maestros, mujeres, jóvenes, el trato es el mismo: represión.
El gobierno morenista asume que gobernar consiste únicamente en presentar obras o anunciar inversiones; olvidando que gobernar es más complicado que eso, requiere convencer, escuchar, construir consensos y administrar desacuerdos; en pocas palabras, hacer ejercicio de la política como base de la gobernabilidad; sin embargo, queda demostrado, que la instancia encargada de esa tarea la Secretaría de Gobierno y su titular, están durmiendo el sueño de los justos. La autoridad puede imponerse por la fuerza, pero la legitimidad solamente se construye mediante el diálogo.
Quizá por eso el regreso resulta tan abrupto. Durante el Mundial bastaba con discutir una alineación, reclamar un cambio o debatir si el árbitro había sido justo. Hoy tenemos que poner el acento de nuevo en los problemas y hablar de comunidades enfrentadas con su gobierno, de instituciones que prefieren imponer antes que persuadir y de problemas públicos que siguen acumulándose sin soluciones de fondo.
Ojalá que cuando llegue el próximo Mundial no necesitemos otra vez que once jugadores nos hagan olvidar, durante unas semanas, los problemas que la política fue incapaz de resolver.