La mayoría de los divorcios está precedida por meses o años de disputas, ofensas, desamor, peleas, desilusiones y frustraciones. Como causales de divorcio se señalan distintas razones de índole personal, social, moral, religiosa, económica o estrictamente psicológicas. La experiencia demuestra que una de las primeras causales de divorcio que se plantea en la práctica de la psicología clínica es que los integrantes de la pareja no se conocían bien antes de casarse.
Las parejas comienzan con provocaciones mutuas, con trato y vocabulario hostil, y episodios de gritos y de abuso físico o verbal. Ante circunstancias de este tipo, los hijos quedan atemorizados por las escenas sin saber qué hacer y se sienten desorientados, impotentes y tristes por la falta de control de sus progenitores. Además, los padres tienden a pedirles solidaridad a los hijos -cada uno por su lado- generándoles graves conflictos de decisión.
En la fase inicial del proceso de divorcio se intensifica la hostilidad y el deseo de daño de uno al otro. Surge entre los integrantes de la pareja el odio, la amargura y, a veces, hasta el deseo de venganza traducido en la disputa por los hijos, sin reparar en el grave daño a la psique de los chicos. Por ello, lo mejor es que la separación sea acordada y negociada.
El principal problema que tienen los hijos, cuando surge la separación o el divorcio, es que los padres incurren en una serie de conductas equivocadas hacia ellos. Los padres no deben utilizarlos como "espías" para que les informen qué está haciendo el otro cónyuge, ni como "mensajeros" para comunicarse entre ellos. Los padres no deben presentar reacciones agresivas contra sus hijos para vengarse de la pareja.
Al producirse el divorcio, los padres no deben quedar resentidos con sus hijos. Luego de la separación, tampoco deben existir conductas inapropiadas contra los hijos, tales como el abandono afectivo por parte de quien no tiene la custodia o la sobreprotección por parte de quien la tiene. No se le debe presentar al hijo una nueva pareja antes que él esté en capacidad de asimilar ese impacto.
Todos los comportamientos mencionados pueden provocar conductas profundamente obstaculizadoras en la evolución psicológica de las y los niños. Diversas pruebas revelan que los hijos de padres divorciados presentan menor autoestima que los de matrimonios constituidos. Los padres no se imaginan el impacto que un episodio de este tipo tiene, a largo y corto plazo, pues los hijos se vuelven indecisos, sufren ansiedad, miedo, inseguridad, sentimientos ambivalentes y diferentes trastornos de conducta.
A continuación, enumero algunas recomendaciones en relación con los hijos, en casos de parejas que se ven en el trance de separación o divorcio:
a) Ayudar a los hijos para que se adapten a las nuevas condiciones que la organización familiar demanda.
b) Hablar con los hijos sobre el abandono. Garantizarles que, a pesar de ser necesarias las ausencias, el padre que se va siempre regresará. Es significativo hacérselos notar.
c) No culpabilizar a los hijos de la separación o el divorcio, mostrándoles que ellos no son responsables, que lo que no funcionó fue la relación de los padres como pareja conyugal.
d) Aclarar la situación y relación que los hijos tendrán con el padre que deja el hogar; si los visita, es necesario que estas visitas sean puntuales y regulares.
e) Si se comparte la tenencia de los hijos, es importante establecer las reglas del juego y que éstas sean iguales para ambos padres.
f) Conservar buenas relaciones con las familias de origen de ambos. Recuérdese que ésta es una relación de apoyo para los hijos en este momento.
g) Continuar con la labor de padres, pues ello les garantizará a los hijos la seguridad y la confianza para continuar con el desarrollo adecuado y disminuirá el sentimiento de abandono que la situación les genera.
h) Establecer una disciplina clara respecto de la crianza de los hijos, para que les facilite a los infantes asumir el respeto hacia los padres y aceptar la autoridad de éstos.
En los divorcios destructivos, los progenitores actúan como si los hijos fueran una posesión privada y exclusiva; por ello, inducen el alejamiento hacia el otro padre, aun cuando esto tenga consecuencias para la salud física y emocional de los infantes. Cuando los padres consideran prescindible al otro progenitor o se piensan como la mejor opción para ganar la batalla judicial de guardia y custodia, vulneran los derechos de los menores.
En los casos de niñas y niños que se niegan a mantener contacto con el progenitor no residente es preciso realizar un análisis exhaustivo del caso, ya que dicha negativa puede responder a actitudes inducidas por el otro padre o por familiares de éste, proceso conocido como Síndrome de Alienación Parental.
El Síndrome de Alienación Parental tiene lugar cuando un progenitor, en forma abierta o encubierta, habla o actúa denigrando o descalificando al otro padre, generalmente durante o después de un proceso de divorcio, en un intento de alejar a los hijos de aquél.
Los efectos del Síndrome de Alienación Parental son altamente destructivos en el psiquismo de las niñas y los niños. Por tanto, la responsabilidad de protegerlos debe hacerse extensiva como una asistencia a los infantes que carecen de un medio familiar o que, teniéndolo, requieran de acciones adicionales del Estado para asegurar su desarrollo integral.
* Primera Visitadora General de la Comisión Estatal de Derechos Humanos