OPINIÓN

Institución de la maternidad y control de los cuerpos

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María José Morales Vargas

Politóloga, Analista Regional y Socióloga. Académica de Tiempo Completo adscrita a la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Criminología y al Posgrado Interinstitucional en Derechos Humanos del Centro de Investigaciones Jurídico-Políticas de la Universidad Autónoma de Tlaxcala.

Jueves, Mayo 14, 2026

Te has preguntado ¿Por qué la maternidad siempre implica sacrificio? ¿Por qué cuando pensamos en una “buena madre” imaginamos inmediatamente a una mujer que renuncia a sí misma? Una mujer que siempre está disponible, que nunca se cansa, que ama sin límites y que parece existir únicamente para cuidar a los demás. 

Y es que la maternidad no debe ser entendida únicamente como una experiencia humana relacionada solamente con el nacimiento y el cuidado; sino como una tecnología política de organización social. A través de ella se han definido jerarquías, se han distribuido roles y se han delimitado históricamente qué cuerpos debían cuidar, reproducir y sostener la vida.

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Adrienne Rich, en su texto “La maternidad como experiencia e institución”, insiste en problematizar dos dimensiones distintas: la experiencia de maternar y la institución de la maternidad. Por un lado, la experiencia de maternar puede ser profundamente transformadora, ambivalente, contradictoria, incluso gozosa. Esta dimensión, Implica vínculos afectivos, cuidados, deseos, y formas de relación que no pueden reducirse únicamente a la opresión. Sin embargo, la institución de la maternidad es otra cosa: es el conjunto de normas, imaginarios, discursos y mecanismos sociales que convierten esa experiencia en mandato. La maternidad deja de ser una posibilidad para transformarse en obligación moral, política y cultural. Por que no es lo mismo cuidar, criar, o amar a un hijo desde la libertad, que hacerlo bajo un sistema que define cómo debe “ser una buena madre”.

Desde esta lógica, la figura de la madre ideal se construye a partir del sacrificio, la entrega absoluta y la disponibilidad permanente hacia los demás. Rich sostiene que el patriarcado históricamente se apropió y administró la capacidad reproductiva de las mujeres, organizándola políticamente para sostener estructuras de poder y formas específicas de organización social.

En este sentido, la maternidad funciona como un dispositivo de poder, donde los cuerpos femeninos son regulados, administrados y vigilados constantemente. Este dispositivo se ha dedicado a controlar sobre lo qué significa ser madre y bajo qué condiciones debe ejercerse la maternidad. Es decir, definir cómo debe comportarse una madre, cuánto debe sacrificarse, qué lugar debe ocupar dentro de la familia y hasta qué punto su vida debe estar dedicada al cuidado de los demás

Desde sus mecanismos más invisibles, el poder opera naturalizando ciertas formas de feminidad: hace parecer que el sacrificio femenino es amor, que la renuncia a la autonomía es instinto, y que el agotamiento es prueba de entrega. De esta manera, muchas obligaciones y sacrificios impuestos históricamente a las mujeres son presentados como parte “natural” de la maternidad, y no como expectativas sociales construidas por un sistema patriarcal.

Ahí se encuentra una de las ideas más potentes de Rich: el patriarcado logró romantizar la subordinación. La figura de la madre sacrificada no surgió espontáneamente; fue construida históricamente. Con la consolidación de la familia nuclear moderna entre los siglos XVIII y XIX, especialmente en las sociedades occidentales industrializadas, las mujeres comenzaron a ser definidas principalmente a partir de su función reproductiva y afectiva. Mientras los hombres eran asociados con la razón, el trabajo asalariado, la política y la autoridad, las mujeres eran vinculadas al hogar, al cuidado y a la reproducción de la vida. 

Esta división no fue “natural”; el sistema sexo-género utilizó la división sexual del trabajo como un mecanismo de organización social porque permitía asignar funciones específicas a hombres y mujeres de acuerdo con las necesidades del sistema patriarcal y capitalista. Mientras los hombres eran vinculados al espacio público y al productivo, las mujeres fueron relegadas al espacio doméstico y al trabajo de cuidados.

De esta manera, el hogar comenzó a funcionar como un espacio de reproducción invisible del orden social: allí las mujeres sostenían gratuitamente la vida cotidiana, criaban hijos, cuidaban enfermos, realizaban trabajo doméstico y garantizaban las condiciones materiales y emocionales necesarias para que los hombres pudieran participar del espacio productivo. La división sexual del trabajo permitió entonces asegurar la reproducción de la fuerza de trabajo sin que ese trabajo de cuidado, realizado por mujeres, fuera reconocido económica y políticamente.

Por eso Rich habla de la “institución de la maternidad”: porque la maternidad dejó de pertenecer únicamente al ámbito de la experiencia personal y comenzó a estar regulada por múltiples estructuras de poder que operan en distintas esferas de la vida social., por un lado, El Estado legisla sobre el aborto, la reproducción y la familia; la religión define qué maternidades son consideradas legítimas; la medicina interviene y controla el embarazo y el parto; la cultura produce imágenes idealizadas de la madre perfecta; y la sociedad vigila constantemente el comportamiento materno. 

Cada una de estas esferas cumple una función específica en la institucionalización de la maternidad. El Estado, por ejemplo, no sólo administra políticas públicas relacionadas con la reproducción, sino que también define qué modelos familiares son reconocidos y protegidos. A través de leyes, permisos, sistemas de salud o políticas de cuidado, el Estado regula quién puede decidir sobre su cuerpo y bajo qué condiciones puede ejercerse la maternidad. La maternidad se convierte así en un asunto político y jurídico, más que en una decisión exclusivamente individual. 

La religión, por su parte, ha contribuido históricamente a construir una dimensión moral de la maternidad. La figura de la madre abnegada, pura, sacrificada y entregada a los demás se consolidó como un ideal ético femenino. Desde esta lógica, maternar deja de ser una posibilidad entre otras y comienza a presentarse como una misión “natural” o incluso sagrada de las mujeres. Esto produce mecanismos de culpa y sanción simbólica sobre aquellas mujeres que no desean ser madres o que ejercen la maternidad fuera de los modelos considerados legítimos. 

La medicina también ha tenido un papel central en la institucionalización de la maternidad. El embarazo, el parto y la crianza comenzaron a medicalizarse progresivamente, otorgando autoridad casi exclusiva a los discursos médicos sobre los cuerpos femeninos. Aunque esto permitió importantes avances en salud, también produjo formas de control sobre la experiencia materna: el cuerpo de las mujeres pasó a ser constantemente supervisado, diagnosticado e intervenido. Muchas decisiones relacionadas con el parto o la reproducción dejaron de pertenecer plenamente a las mujeres para quedar bajo criterios técnicos e institucionales. 

La cultura y los medios de comunicación refuerzan continuamente estas ideas mediante imágenes idealizadas de la madre perfecta: amorosa, paciente, sacrificada y siempre disponible emocionalmente. Estas representaciones invisibilizan el cansancio, la ambivalencia, el deseo de autonomía o las contradicciones reales de la experiencia de maternar. Al mismo tiempo, generan expectativas imposibles que funcionan como mecanismos de presión y autoexigencia sobre las mujeres. 

Finalmente, la sociedad opera como un espacio permanente de vigilancia sobre la maternidad. Las mujeres son constantemente observadas, juzgadas y evaluadas según cómo crían, cómo trabajan, cuánto tiempo dedican a sus hijos o incluso cómo viven su propio cuerpo y sexualidad después de ser madres. La maternidad se convierte entonces en una experiencia expuesta al juicio social constante, donde cualquier desviación respecto al ideal materno puede ser castigada simbólicamente mediante la culpa, el rechazo o la deslegitimación. En conjunto, todas estas esferas muestran que la maternidad no ha sido organizada únicamente como una experiencia afectiva, sino también como un mecanismo político y social que regula los cuerpos, los afectos y el lugar de las mujeres dentro de la sociedad. El cuerpo materno deja entonces de pertenecer completamente a la mujer. Se convierte en un cuerpo público, disponible para la opinión, el juicio y la regulación colectiva. Todo el mundo parece tener derecho a decidir sobre él: cuándo debe embarazarse, cómo debe parir, cómo debe alimentar a sus hijos, cuánto tiempo debe dedicarles, qué tipo de madre debería ser. 

Esta idea se conecta con lo que plantea Rich al mostrar que la institución de la maternidad implica una pérdida histórica de soberanía sobre el propio cuerpo. La capacidad reproductiva de las mujeres deja de entenderse como una dimensión autónoma de su existencia y pasa a ser administrada simbólica y políticamente por distintas estructuras sociales. La maternidad ya no aparece únicamente como una experiencia íntima, sino como un espacio donde los cuerpos femeninos son permanentemente observados, evaluados y disciplinados. 

Uno de los mecanismos más profundos de esta institución es la producción de culpa. La madre ideal que construye el imaginario social es prácticamente inalcanzable: debe amar sin límites, nunca cansarse, no frustrarse, no desear distancia, no sentir ambivalencia y no priorizarse jamás. La maternidad se presenta entonces como una entrega absoluta donde cualquier necesidad propia puede interpretarse como egoísmo o fracaso. Precisamente porque ese ideal es imposible de cumplir, muchas mujeres permanecen atrapadas en una sensación constante de insuficiencia. Siempre parece faltar algo: no dedicar suficiente tiempo, no ser suficientemente paciente, no disfrutar plenamente la maternidad o no responder de manera perfecta a todas las exigencias del cuidado. La culpa funciona como una forma de control invisible, porque lleva a las propias mujeres a vigilarse y exigirse constantemente a sí mismas para intentar alcanzar un modelo imposible de maternidad. 

Pensar críticamente la maternidad, entonces, no significa rechazar el cuidado, el afecto o el vínculo con los hijos, sino cuestionar las estructuras que históricamente han convertido esa experiencia en una obligación totalizante para las mujeres. La propuesta de Rich no busca negar la potencia afectiva de maternar, sino recuperar la posibilidad de vivirla fuera de los mandatos del sacrificio, la culpa y la subordinación. En ese sentido, politizar la maternidad implica también abrir la posibilidad de imaginar formas más libres, colectivas y autónomas de cuidar y de sostener la vida.

Politizar la maternidad implica hacer visible aquello que durante siglos fue presentado como privado, natural o instintivo. Significa entender que detrás de la imagen de la madre perfecta existe una estructura histórica que organizó la subordinación de las mujeres a través del amor, la culpa y el sacrificio. Y quizá ahí se encuentra una de las ideas más radicales de Adrienne Rich: cuestionar la maternidad institucionalizada no destruye el amor materno; destruye la idea de que amar implica desaparecer.

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