OPINIÓN

El Plan Nacional de Desarrollo

Es una manifestación de lo que el gobierno federal quisiera hacer ...

Viernes, Junio 7, 2013

El Plan Nacional de Desarrollo es una manifestación de lo que el gobierno federal quisiera hacer para “cambiar a fondo el país”, hasta convertirlo en una potencia mundial o casi, según su propio decir.  

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Este propósito se pretende realizar a través de cinco estrategias; México en Paz, Incluyente, con Educación de Calidad, Próspero y con Responsabilidad Global, y tres ejes transversales; Democratizar la Productividad, un Gobierno Cercano y Moderno, y Perspectiva de Género.

Se trata de una enunciación tan general –de unas y otros- que al mismo tiempo que nadie puede cuestionar su intención, tampoco a nadie queda claro su contenido profundo y, sobre todo, la  posibilidad de su realización.

¿Quién no quiere que haya paz, inclusión, educación acorde las necesidades nacionales, prosperidad y positiva integración al mundo global?, pues seguramente nadie, pero resulta que –indicadores más o menos- el PND no señala los objetivos, las metas y los cómos concretos o específicos para logar tales propósitos e impulsar tales estrategias.

Desde mi punto de vista, y sólo un dato, pero crucial: El PND no establece la meta específica de crecimiento de empleos formales, aunque entre bastidores se habla de crear 800 mil en promedio anual, de los 2 millones que se requieren para cubrir la demanda y el rezago. Es decir, menos del 50% de los necesarios, si es que acaso. De esa manera, implícitamente se reconoce que el promedio de crecimiento anual  del PIB sería de alrededor del tres por ciento -o menos- y no del seis por ciento comprometido –entorno global y reformas estructurales más o menos. Y aún así habría que ver, pues con un crecimiento de casi cuatro por ciento del PIB, en 2012 sólo se crearon 711.708 empleos formales.

Los objetivos, las metas y las acciones concretas y específicas,  los deja –y ya veremos si es cierto- a los 41 planes sectoriales y transversales que deberán presentarse en un tiempo máximo  de un año –aunque algunos en su esencia ya están en marcha. El ejemplo más claro –entre otros- es la estrategia/programa estelar del gobierno federal: El Sistema Nacional de La Cruzada contra el Hambre, que fue operado de inmediato, sin consulta popular ni PND de por medio.  

Por cuanto respecta a la política social, se presentan los siguientes objetivos generales: garantizar el ejercicio efectivo de los derechos sociales para toda la población, transitar hacia una sociedad equitativa e incluyente, asegurar el acceso a los servicios de salud,  ampliar el acceso a la seguridad social, proveer un entorno adecuado para el desarrollo de una vida digna.

Es decir, otra vez lo mismo: se trata de un conjunto de propósitos de irrefutable formulación que se realizarían a través de un conjunto de acciones generales, cuyas especificidades; objetivos, metas y acciones, se dejan a diversos planes sectoriales.

Vale la pena hacer notar que el PND pretende una diferencia con respecto al pasado: se trata –se dice- de una visión de derechos sociales y no asistencialista. Sin embargo, el Sistema y la política de desarrollo social están sustentados medularmente en los 70 programas asistenciales heredados del gobierno anterior, matices más o menos, lo cual evidencia que el pretendido  cambio sustantivo no es más que un supuesto de  la demagógica retórica del discurso oficial.

Incluso –“ajustes” más o matices menos- un comparativo puntual con el PND 2006-2012  arroja con toda claridad una clonación de la sustancia en materia de desarrollo social. No obstante, en el actual hay pronunciamientos específicos más que desconcertantes y reveladores, por ejemplo cuando en material laboral se dice: “Se propone reducir la informalidad y generar empleos mejor remunerados a través de una legislación laboral y políticas de seguridad social que disminuyan los costos que enfrentan las empresas al contratar a trabajadores formales”. La pregunta es obligada para intentar entender la contradicción: ¿Cómo se pueden tener empleos bien remunerados y con derechos laborales dignos de seguridad social y, a la vez, que las empresas inviertan o gasten menos en la contratación?

Ciertamente  que este conjunto –general y particular- de buenas intenciones se decreta y difunde en un momento en el que la realidad marcha en sentido contrario al de la ficción. La ficción vuela viento en popa hacia el ensoñador paraíso celestial y la realidad se desbarranca.  Es decir, para la mayoría de los mexicanos, la población común y corriente que desconoce las bonanzas que pretende el PND, asume la realidad en su vida cotidiana. Asume la realidad económica y social de la familia en el hogar día con día, independientemente de que conozca o no las estadísticas y los análisis que  la sustentan.

Como ya se dijo,  el crecimiento y la perspectiva económica a futuro se reducen a tres por ciento o menos, respecto al pasado inmediato (2012). Por tanto, y con Reforma Laboral de por medio que por cierto flexibiliza la contratación y facilita los despidos, en el primer trimestre de este año se redujo en 36% la creación del empleo formal: 219 mil -la menor en los últimos tres años- contra  345 mil en el mismo periodo de 2012, siendo el sector industrial uno de los más afectados al reducirse en 37%. Hay 2.5 millones desempleados (5.04% del total de la PEA) y 14 millones trabajan en la informalidad sin salarios fijos, ni prestaciones laborales, ni seguridad social. 32 millones de mexicanos no tienen derecho a los servicios de salud. En sentido contrario: el 10% de la población más beneficiada recibe 27 veces más ingresos que el 10% de la población más pobre.

Ello se traduce en una caída de la demanda interna, generada también por un incremento de la inflación anual de 4.72%, la más alta en los últimos cuatro años. Hay un incremento general de precios en los productos básicos, especialmente de algunos -sino es que en todos los principales- alimentos. Los más agresivos han sido el del pollo (14%) y del huevo (40%), que son los productos más consumidos por la población pobre, además de las verduras y las frutas, entre otros. A ello podría agregarse que 32 millones de mexicanos no acceden a ningún servicio público de salud.

Si a éste complejo y riesgoso escenario económico y social que presentamos de manera breve, se le añaden otros problemas o amenazas, como son la permanencia de la violencia, los actos prepotentes de la élite privilegiada, la corrupción, el descontento de ciertos sectores sociales y una probable reforma fiscal y hacendaria regresiva, podríamos adelantar que la luna de miel del nuevo gobierno –sin cambios reales de régimen- con algunos sectores de la sociedad mexicana terminará más pronto de lo previsto.

Se intenta justificar la realidad antes descrita con tres argumentos principales. El más socorrido es que los problemas son externos, resultado de los sucesos de una crisis de la globalización (generada en 2008) que no acaba de resolverse, principalmente  por cuanto se refiere a Europa y Estados Unidos. Este argumento no es válido, pues desde la década de los años 80 los gobiernos mexicanos se han comprometido con esa estrategia sin presentar una visión crítica y alternativa con sustento en los intereses del país y de la soberanía nacional.

El segundo argumento es que todavía no maduran las reformas estructurales, eludiendo que tanto los países líderes como los inversionistas trasnacionales han sido casi del todo indiferentes –alabanzas más o menos- a la reformas laboral, educativa, de telecomunicaciones y financiera, entre otras, toda vez que no han promovido estrategias y acciones que privilegien a México como destino de su interés. En todo caso, tal vez, podrían mostrar mayor interés si la reforma hacendaria y fiscal continúa fortaleciendo sus privilegios y, sobre todo, si la reforma energética les transfiere los beneficios de la renta petrolera.

Finalmente, se convoca a la confianza, compresión y paciencia de los mexicanos, en tanto maduran las estrategias de un gobierno que apenas tiene seis meses de haber asumido la responsabilidad. Este argumento o justificación tampoco convence, porque resulta obvio o lógico que a pesar de esos problemas –que vienen de tiempo atrás- se esperaba no retroceder y, cuando menos, un avance mínimo.

 

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