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El actual grupo político en el poder ha dejado de confiar en la fuerza de sus ideas y desde hace meses depende de los recursos públicos, de la presión y de la propaganda. Comenzó a utilizar toda su estructura para intentar definir la competencia interna dentro de Morena. El descaro ya no intenta ocultarse.
No basta con la inversión millonaria destinada a impulsar las aspiraciones de Alfonso Sánchez García. Tampoco basta con la presión que, según múltiples testimonios, enfrentan trabajadoras y trabajadores para respaldar un proyecto político que debería sostenerse únicamente por la voluntad ciudadana.
A ello se suma otra práctica que resulta todavía más preocupante: obligar a servidores públicos a participar en la pinta de bardas utilizando, incluso, recursos de su propio bolsillo. Una actividad que tendría que ser voluntaria termina convirtiéndose en una obligación disfrazada de compromiso institucional.
Como si eso fuera insuficiente, también aparecen señalamientos sobre inversiones destinadas a influir en ejercicios demoscópicos y presuntos intentos por incidir en el trabajo de encuestadores para alterar la percepción pública. Con ello se vulnera uno de los pocos mecanismos con los que la ciudadanía puede conocer el estado real de una contienda.
La estrategia tampoco termina ahí.
Resulta evidente el uso político de la comunicación institucional en el ayuntamiento de Tlaxcala. El presidente municipal, Carlos López Suárez, ha sido colocado en una posición en la que buena parte de la narrativa oficial gira alrededor de ensalzar la figura de su antecesor, Alfonso Sánchez García. Los comunicados de prensa, que deberían informar sobre el trabajo de gobierno, terminan sirviendo para fortalecer una promoción política permanente sobre un personaje.
Nada parece suficiente para el grupo en el poder.
Sin embargo, existe un elemento que no puede comprarse, manipularse ni imponerse desde una oficina: la confianza de la gente.
Mientras ese grupo apuesta por el aparato, otra candidatura recorre comunidades, escucha, dialoga y construye una relación directa con la ciudadanía. Esa diferencia se ha hecho evidente en el ánimo social.
La senadora con licencia Ana Lilia Rivera Rivera ha logrado posicionarse a partir de una trayectoria política construida durante décadas y de un contacto permanente con las bases del movimiento. Su crecimiento no parece responder a campañas espectaculares ni a estructuras burocráticas, sino al reconocimiento de quienes la identifican como una figura cercana y congruente.
El grupo en el poder se ha generado la ilusión de que todo lo puede controlar. Pero la historia demuestra que ninguna operación, por costosa que sea, sustituye la decisión libre de la ciudadanía.
El descaro seguramente durará más tiempo. Pero no para siempre.