Parte 1
- Homosexualidad, violencia contra la mujer, aborto, prostitución, trata y eutanasia, temas sujetos a revisión
- Beaterías seudo moralizantes deben ceder su lugar a la educación científica y humanista del tercer milenio
- Discriminar grupos sociales víctimas de escarnio y de trato injusto y vejatorio, vergüenza de toda sociedad instruida
Aspectos hay de la vida cotidiana que debieran llevarnos a revisar conceptos arcaicos vinculados a costumbres y rancios atavismos que quizá prevalecían “ahí donde nos tocó vivir”, pero que hoy día son absolutamente inadmisibles. Doy cuatro ejemplos: la condena a las inclinaciones sexuales diferentes; la reticencia a reconocer el derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo; el rechazo a que el enfermo terminal dé fin a su vida voluntariamente y, por último, a valerse de la violencia para afirmar la falsa preeminencia del varón sobre la mujer.
Moralidad y decencia
Inicio este artículo sin saber -bien a bien- el espacio que voy a requerir para transmitirle, amigo lector, mis puntos de vista al respecto. Repare por favor que enuncié sólo cuatro temas de los muchos que exigen una visión, diferente y actualizada, y que -pienso- está obligada a tener toda persona pensante. En el siglo XXI, la moralidad y la decencia no consiste en vivir conforme a conceptos medievalistas que rigieron en tiempos pretéritos, sino en atender a valores y principios que la ciencia moderna y la filosofía humanista tienen a nuestra disposición.
Preferencias sexuales
En forma breve y elemental, empezaré distinguiendo las tres formas que adoptan las inclinaciones sexuales de los seres humanos, a saber: asexual, homosexual y bisexual, ello sin perjuicio de que entre ellas se presenten concomitancias y variaciones en un mismo sujeto. Por otra parte, toda persona susceptible de ser encasillada en cualquiera de esos tres apartados vive su condición con intensidades y duraciones que pueden ir desde una atracción pasajera hasta la asunción plena de la inclinación que le impuso su propia naturaleza.
Oscurantismo medieval
La antigua preceptiva moral de las sociedades judeocristianas de occidente castigaba al homosexual, al que se consideraba anormal o pervertido. La desviación -se creía- era susceptible de sanar con “tratamiento y religión”. En la etapa de la Iglesia más radicalmente inquisitoria y homofóbica, se asimilaba a la sodomía y se perseguía como cualquier otra herejía. Aquel oscurantismo está siendo, por fortuna, reemplazado por el reconocimiento paulatino de que, simple y llanamente, se trata de una preferencia de género distinta a la heterosexual.
Encuesta reveladora
Empero, esa admisión está tardando demasiado en llegar a grupos sociales de provincia. La Encuesta Nacional sobre Discriminación en México -Enadis 2010- revela que cuatro de cada diez mexicanos no estarían dispuestos a permitir que en su casa vivieran homosexuales. La estigmatización cultural y social de que son víctimas les provoca depresiones, patología que se acentúa entre los que públicamente no han reconocido su status homosexual, y es causa de suicidio con frecuencia tres veces mayor que la que se registra entre heterosexuales.
Exclusión y violencia
La encuesta fue elaborada por el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. Sus conclusiones obligaron a integrar el tema a la agenda legislativa pendiente, a fin de disponer de herramientas legales que penalizaran la exclusión social y la violencia criminal de que es frecuente víctima el homosexual. Se pretendía tambien garantizarle los mismos derechos que los códigos civiles reconocen al heterosexual, así como revisar cuestiones más específicas, como el matrimonio entre personas del mismo género y la adopción homoparental.
La legislación
En esas materias, la legislación mexicana se había rezagado respecto de otras naciones de nuestro propio hemisferio. Fue apenas en marzo del 2011 -hace sólo dos años- que el Poder Legislativo Federal aprobó la reforma constitucional en la que, por fin, se incluyó el concepto clave de “preferencias sexuales diferentes”. Con inexplicable demora, pero el maltrato físico y el psicológico contra el homosexual quedó ya expresamente penalizado por la ley federal contra la discriminación, y obliga -se supone- a la adecuación de las constituciones locales.
Factores de inhibición
Para entender el fenómeno homosexual, antes es necesario dimensionarlo, aunque sea aproximadamente. La información con que se cuenta no es precisa, debido a que las respuestas de las personas encuestadas varían según el lugar donde nacen, el género al que pertenecen, el conservadurismo de su familia, la educación escolar recibida, la religión que profesan y la permisividad de la sociedad en la que viven. Los factores enumerados afectan la credibilidad de sus contestaciones. No son datos duros; son sólo pistas que nos acercan a la verdad.
Información imprecisa
Se entiende pues que los sondeos cara a cara arrojen cifras inferiores a los reales. Con excepción de los que han asumido públicamente su condición gay -4% de la población-, la mayor parte de los interrogados matizan su respuesta o, de plano, la ocultan por completo. No obstante, estudios demoscópicos que incluyen en sus análisis factores sociológicos de diversa índole, deducen que la cifra final probable se ubica entre el 7% y el 11 % de la población total. Para realizar los cálculos que siguen, tomaré el 9% como valor promedio aceptable.
Cifras abrumadoras
Según la ONU, la población mundial llegó en el 2011 a 7 mil millones de seres humanos. Si a ese número le aplicamos la media que se desprende de los estudios de referencia, se tendrá que habría 630 millones homosexuales -hombres y mujeres- en el orbe. Si aplicamos igual criterio a la población de México -113 millones- resulta que en el país serían más de 11 millones, entre gay´s y lesbianas. Y con esa misma lógica, entre el millón 220 mil habitantes que tiene Tlaxcala, habría algo más de 110 mil homosexuales. Sorprendente... ¿verdad?
Disimulo imposible
Se que habrá quienes, a causa de la estrechez del mundo en el que viven, se espeluznen al saber de estas cifras y se inclinen a creer que se trata de una conjetura desmesurada. Son los que se niegan a ver una realidad que tienen ante sus ojos porque se les presenta artificiosamente camuflada. Pero suponiendo sin conceder que los incrédulos tuvieran alguna razón, aún partiendo a la mitad los resultados que derivan de la investigación de los especialistas, estaríamos, amigo lector, ante datos que -por su cuantía- obligan a ponerles atención.
Fenómeno extendido
En casi todas las familias hay uno o varios homosexuales. La mía no es la excepción. Tengo dos sobrinos varones, y uno de ellos es gay. Apenas llegado a la mayoría de edad dio el paso adelante y nos hizo saber sus preferencias sexuales. Hace de esto veinte años. Su revelación -imposible negarlo- causó impacto. Fue al padre -mi hermano- al que más le costó asimilar la noticia. Pero lo consiguió, y hoy apoya sin reservas a su hijo, una persona de nobles sentimientos que conquista la simpatía de todos por su bondad y buen carácter.
Sociedades retrógradas
Mi sobrino nació y creció en la capital de la República. Si bien es cierto que es la ciudad más liberal de México, todavía conserva resabios de incomprensión que dificultan la vida del homosexual. Ahora vive en Europa. Pero en provincia, amigo lector, las cosas son mucho más adversas, al punto de que, dentro de esa minoría, discriminada y acosada, son mayoría los que prefieren no revelar su identidad sexual. El caso es que ese ocultamiento les obliga a llevar una doble vida a la que persigue constantemente el chisme y la murmuración.
Exclusión injusta
Me conmisero de los homosexuales -hombres y mujeres- que siguen en el closet. Para no afectar a sus entornos familiares, sociales y laborales, simulan ser lo que no son, aunque todos sepan o sospechen cual es su condición. Viven en el temor de la vergüenza y el escándalo. Su falta de coraje para enfrentar a una sociedad ñoña y reconocerse a sí mismos tal como son, les obliga al silencio y a ocultar sus preferencias sexuales. Perseguidos y reprimidos, son candidatos al desquiciamiento psicológico y a la infelicidad. No es justo que se les trate así.
LA FRASE
Cito otra vez al papa Francisco. Lo he hecho muchas veces pero no me importa en absoluto repetirme. El hombre es un pozo de sabiduría. Refiriéndose al tema de este artículo dijo:
“…si una persona es gay y busca a Dios y tiene buena voluntad… ¿quién soy yo para juzgarlo?...”
En sociedades tan cerradas como las nuestras, la contribución de la Iglesia para abolir el estigma que castiga injustamente a las minorías discriminadas sería determinante. En las antípodas del pensamiento del papa Francisco está el de Juan Sandoval Íñíguez, el retrógrada cardenal retirado de Guadalajara al que hoy recuerdo por la forma desconsiderada e insultante con la que se refería a la comunidad gay. En el marco de una discusión sobre el derecho de los matrimonios entre personas del mismo sexo a adoptar hijos, este fue el argumento de tan preclaro príncipe de la Iglesia:
“…¿a ustedes les gustaría que los adopten maricones o lesbianas?...”
Sin comentarios.