- La pasada elección evaluó con nitidez qué fuerzas son las que contarán en el 2016
- Ni el panismo, ni el perredismo, ni el orticismo tendrán ninguna posibilidad... si compiten sólos
- No se vislumbra a nadie capaz de construir una alianza amplia que compita con el poder del PRI
El control que ejerció el gobernador González Zarur sobre el pasado proceso electoral -visto desde su propia perspectiva e interés- no pudo ser más exitoso. Lo que no logró en las dos anteriores ocasiones que midió su fuerza con la oposición, lo consiguió al fin el 7 de junio, con Marco Antonio Mena al frente del tricolor. La victoria le llega en un momento crucial por cuanto aportó curules que servirán para que Peña Nieto consolide su mayoría en la Cámara de Diputados. Varias son las cuestiones que explican la victoria, pero cualesquiera que hayan sido dejaron al mandatario en inmejorable situación para conducir su sucesión, a condición, claro, de no incurrir en excesos de confianza y a no abandonar la estrategia que le permitió alcanzar tan categórico triunfo.
Los códigos del sistema
Para que se allane el futuro político de un gobernador que está por acabar su mandato, se necesita: 1) haber cumplido su tarea sin trasponer la frontera de la cordura, 2) entregar al presidente y al partido buenas cifras electorales y 3) acertar al elegir el aspirante a sucederle. Dotados de facultades poco o nada acotadas, y con poderes locales sumisos y comprables, nadie obliga a los gobernadores a rendir cuentas. Así, quien ostenta ese poder sin contrapesos, está expuesto a caer en la tentación de gobernar autócratamente, y a acrecentar con desmesura su hacienda personal. Son pocos los que mantienen el equilibrio y la necesaria ecuanimidad.
Expectativas de un gobernador saliente
A los que cumplen con los tres parámetros que delinean la conducta políticamente aceptable señalados renglones arriba, el sistema les premia con cargos; a los que lo hacen a medias, les condena al ostracismo, y a algunos -sólo a algunos- de los que los transgreden les señala y castiga. Así, al ejecutivo saliente sobre el que no pesan agravios se le abre un horizonte promisorio; puede acceder al gobierno federal, sea en el gabinete presidencial o en una embajada representando al país. Y también tiene la opción de retirarse a la vida privada para llevar en adelante una existencia tranquila dedicada a menesteres menos exigentes. Todo eso es factible… siempre y cuando gane su última elección.
La sucesión, fase culminante del sexenio
Mas esa última etapa que ha de cumplir el gobernador saliente en pos de la recompensa por su buen hacer no es fácil. Para que su partido mantenga la posición se precisa que el candidato a sucederle -elegido de consuno con el presidente- llegue a la meta victorioso. De ser rechazado por los votantes -lo que ocurre con frecuencia en el México plural de hoy- arrastrará en su fracaso al gobernador. Véase lo acaecido el 7 de junio: en cinco de nueve estados, los mandatarios cedieron la posición, por lo que pagarán -cada uno en su partido- el precio político del revés sufrido. Tal es el caso, en el PRI, del neoleonés Medina y del queretano Calzada.
Altibajos electorales de González Zarur
A González Zarur le pintaron bastos los primeros años de su gobierno. Algo no debió funcionarle, o algo debió hacerse mal para que, con todo a favor, el PRI entregara malas cuentas en los comicios federales del 2012, al perder las tres senadurías y dos de las tres diputaciones en juego. Tampoco la elección local del 2014 le trajo un buen resultado: las curules ganadas no le bastaron para controlar el Congreso, y a la oposición se le cedieron las alcaldías de las principales ciudades. Ambos tropiezos sorprendieron, pues tras la cómoda victoria del 2010 en la interna priísta sobre Lorena Cuéllar, y la gran ventaja que registró en la constitucional sobre la panista Adriana Dávila, nadie pensó que podría extraviar la ruta triunfal.
Un PRI incentivado
La rectificación se imponía. Fueron patentes los indicios de que, en el círculo del poder, había conciencia de la necesidad de mutar modos y estrategias. Y se hizo bien la tarea, reorganizando sus estructuras y devolviéndoles su capacidad de movilización. Contaron además con el apoyo de quienes se prestan a ser quinta columna del PRI en sus formaciones de origen, logrando socavar aún más a la oposición. Cierto es que contaron con recursos de sobra, y con la gente ad hoc para cumplir la misión; empero, el fracaso de sus adversarios ha de atribuirse principalmente a la torpeza política de sus líderes.
Un Pan dividido
Las conflictivas internas en el PAN y en el PRD difieren en sus causas, pero coinciden en que fueron capaces de aniquilar sus expectativas electorales. En el blanquiazul, mientras subsistan las diferencias entre Aurora Aguilar y Adriana Dávila, no tendrán cómo ni con quien enfrentar el reto del 2016. Aurora demostró a Moreno Valle que su fuerza en Tlaxcala es más mediática que real, y Madero, cabeza del grupo en el que se ubica la diputada, fue zarandeado en las urnas y dejará la dirección nacional en agosto. Adriana, por su lado, erró al apoyar a un ex alcalde de Apizaco arrinconado por un desprestigio que contaminó a la senadora. Así pues, la única posibilidad que tiene para repetir como candidata es que Margarita Zavala venza al maderista Ricardo Anaya, y se haga del mando nacional panista. Hasta ahí las alternativas azules, porque no creo que alguien considere en serio al edil capitalino Adolfo Escobar, tan confuso en sus ideas como afecto a jugar con grupos del más variado pelaje.
Un PRD patético
El caso del PRD es triste. Da pena ver como aquel partido que fue la esperanza de no pocos tlaxcaltecas, acabó convertido en un informe amasijo de intereses sin posible conciliación. Sus expectativas de reconstruirse son nulas. Sumado a los males terminales que auguran su próxima extinción, está el hecho de que Morena -la escisión lopezobradorista- se apresta a dar la puntilla al sol azteca, su obstáculo para hegemonizar lo que queda de izquierda. Pero mientras eso pasa, el voto progresista seguirá fragmentado, y no habrá candidato de uno u otro partido que pueda ser opción competitiva. Tan claro lo tienen que desde ahora gimen por una alianza a la cual agregarse para no quedar fuera de la política estatal.
Los precandidatos tricolores
Al PRI le será suficiente repetir -dentro de un año- el guión que lo llevó al triunfo la pasada semana. Tendrá que unificar a sus efectivos para que trabajen a favor del candidato que resulte elegido dentro de un elenco en el que se advierte la existencia de dos líneas, cada una con dos aspirantes con méritos para ser considerados. En la visión del presidente Peña Nieto pudieran estar Anabel Ávalos, delegada de Sedesol en Tlaxcala, y Noé Rodríguez, delegado de Gobernación en la vecina Puebla. Una y otro han realizado una labor destacada en sus actuales cargos y poseen una trayectoria relevante en Tlaxcala. Más predecible, en cambio, es la lista del gobernador González Zarur, en la que seguramente se hallarán Ricardo García Portilla, con su constancia en la bolsa de diputado electo, y Marco Antonio Mena, que al frente del PRI dirigió con acierto a los elementos de que dispuso. Los dos, Ricardo y Marco Antonio, han sido -en cargos de alto nivel- colaboradores muy cercanos del mandatario. Si se logra el consenso tricolor en todos los niveles en torno al candidato elegido, y si no se conforma una coalición muy amplia en su contra, desde ahora se puede decir que el PRI es amplio favorito para retener la gubernatura de Tlaxcala en junio del 2016.