OPINIÓN

De la lentitud del gobierno mexicano para enfrentar el problema del consumo de la mariguana

Tiempos de Democracia

Lunes, Febrero 1, 2016

   

  • El tema -entendámoslo de una vez- es de salud y educación, no de persecución y castigos carcelarios
  • El fallo de la Suprema Corte de Justicia ubicó el asunto en su espacio justo y en su dimensión exacta
  • Intervenir y penalizar la conducta privada de las personas no es tarea que corresponda al Estado

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   Hijo.- Papá… ¿tons qué? ¿Ya podemos llegarle a la mota sin problemas?

   Papá.- Ni se te ocurra. Que se esté discutiendo el tema no te debe confundir.

   Hijo.-OK. Entendido… (Pausa)… Por fa, jefe, páseme el pomo; se me antoja un trago. ¿Le sirvo a usted otro?

   Papá.- Con medida, muchacho. No se pase…

   Hijo.- ¡Como cree! Oiga, pa… ¿ónde quedó el tabaco?

   Papá.- Allá, en la barra. Pero no se acaben la cajetilla. Usted y sus compas de la Prepa fuman como chacuacos. Se lo advierto, no salgo a medianoche por cigarros… (Alzando la voz)… ¡Que le quede claro, chamaco!

   Hijo.- ta’bien, jefe. Pero no se engorile…

Crónica de un texto decepcionante

  Imprimí lo escrito y lo releí… Además de poco creíble, ni siquiera me sonó original; incluso me dio la sensación de que plagiaba a alguien importante. Rompí el papel, y lo arrojé sin contemplaciones a la papelera. Volví a la computadora y pulse la tecla delete; el paupérrimo texto se perdió instantáneamente en el espacio sideral. Epilogaba así mi fracaso literario. Me sonrojo nomás de recordar que la noche previa llegué a pensar que, cuando lo terminara, se lo enviaría a González Iñarritu para que lo eligiera como guión de su siguiente película. En sueños, sonreí pensando que a Trump no le iba a gustar que, con ese material, el laureado cineasta mexicano aumentara su colección de trofeos de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas estadounidense.

Rutas divergentes

 Ni hablar…, el astracán carpero al estilo del viejo Palillo es un género para el que carezco de atributos. Así pues, vuelvo a mi hacer habitual para abordar en serio el tema de las drogas proscritas que, dicho sea de paso, ha sido una de mis inclinaciones recurrentes. En este medio periodístico -dato verificable en las hemerotecas- vengo insistiendo en la idea de que los gobiernos mexicanos -de Zedillo para acá- no han procesado correctamente la forma en que ha evolucionado el prohibicionismo en Estados Unidos. Desde ese entonces aumentaban las evidencias de que, mientras que en la nación vecina los consumidores accedían a los estupefacientes sin mayores dificultades, en la nuestra se intensificaba el acoso a los productores, atendiendo a la presión que sobre los países latinoamericanos han ejercido todos los gobiernos norteamericanos, desde el de Nixon al de Obama.

El antiguo arreglo

  En épocas pretéritas, el suministro de la cannabis a los Estados Unidos se llevaba al cabo con arreglo a una suerte de entendimiento entre traficantes y autoridades, consistente en respetar las rutas del narco hacia la frontera norte por el territorio mexicano. El tácito acuerdo -cuya existencia confirmó un gobernador neoleonés de la época de Salinas, de nombre Sócrates Rizzo- tenía sus ventajas, pues funcionaba sobre una base innegociable: la no violencia entre connacionales, y un salpicado generoso de los beneficios. Este insano pero funcional equilibrio se rompió a raíz del asesinato del agente norteamericano Enrique Camarena, atribuido a Rafael Caro Quintero, miembro importante del Cartel de Guadalajara. Las presiones y la amenaza de represalias por parte de los Estados Unidos no se hicieron esperar y, como consecuencia, fueron cayendo los capos Miguel Ángel Gallardo Félix y Ernesto Fonseca Carrillo, además, claro, del mencionado Caro Quintero. Presos los principales jefes, los pactos se rompieron, las células del narco se fragmentaron, sus cotos de influencia se confundieron, y la lucha armada entre las bandas se recrudeció.

A peor, con Fox y Calderón

  Con el primer gobierno panista, el de Fox, el número de muertes creció a extremos alarmantes, sin que al hombre de las botas atinara a discurrir formulas para contener la tendencia. Mientras en Estados Unidos crecía la tolerancia hacia, primero, el legal uso de la marihuana en el campo de la medicina y, después, hacia su uso lúdico, en México su tráfico se combatía con rigor creciente. Con Calderón el absurdo alcanzó cotas astronómicas: al declarar la guerra abierta al narcotráfico, la escalada de violencia se incrementó exponencialmente hasta superar -en términos cuantitativos- los saldos trágicos de los más cruentos eventos bélicos del Medio Oriente.

La reticencia de Peña Nieto

  Con esos antecedentes -y muchos otros imposibles de consignar en el breve espacio de un artículo- se dificulta entender la reticencia de Enrique Peña Nieto, el actual presidente de México, a seguir la misma línea que se está concretando con rapidez en la Unión Americana para descriminalizar la marihuana. Además de los estados en que es legal su uso lúdico -Colorado y Washington-, en noviembre de este año se votará en otros ocho, entre ellos California, en el que viven 11.4 millones de mexicanos -la tercera parte de su población-, y cuya frontera con nuestro país se atraviesa legalmente ¡veinte millones de veces al año! Y nosotros aquí -el país más dañado del mundo por el obsoleto y antinatural modelo- seguramente seguiremos debatiendo el punto.

 Contradicción norteamericana

  El presidente Obama mantiene extrañamente la posición prohibicionista, pese a que en el discurso ha sostenido que los efectos negativos que en la salud puede tener el uso inmoderado de la marihuana son mucho menos nocivos que los provocados por el abuso en el alcohol o en el tabaco. El mismo reconoce haber fumado la cannabis, como también lo hizo en su tiempo su antecesor Bush hijo, e incluso Clinton. Lo que llama la atención es que, ni Calderón en su momento, ni Peña Nieto ahora, plantearon al mandatario norteamericano la necesidad de revisar esa política. Es mas que claro que, el costo en vidas humanas así como las colosales cantidades de dinero invertidas en financiar la guerra, no se han traducido, ni en una disminución del tráfico ni, por supuesto, del número de consumidores.

Naciones Unidas

 Puede adelantarse que la conclusión a la que se arribará tras la celebración de los debates a que ha convocado el presidente Peña Nieto, será -cuando mucho- la legalización del uso medicinal de la mariguana. Y el hecho se publicitará como una prueba del talante abierto y progresista del gobierno mexicano. Pero no se avanzará en la descriminalización del enervante para el simple disfrute de sus efectos. Se seguirá así atentando contra el derecho inalienable de las personas a ejercer su libre albedrío, en tanto ese ejercicio no afecte el derecho de terceras personas. Ni siquiera la inminencia de la conferencia sobre las drogas que tendrá lugar en Naciones Unidas en abril próximo animará a la representación mexicana a unir su voz a la de quienes demandan la revisión de un modelo fracasado que, tan sólo en México, ha matado a cien mil gentes y que tiene en la cárcel a otras tantas, sólo por llevar consigo algo más de la ridícula cantidad de cinco gramos de marihuana para su propio consumo.

 Conclusión

Concluyo. No es cosa del Estado lo que los ciudadanos coman, beban, fumen o se unten. El Estado ha de proteger nuestras libertades, no coartarlas ni criminalizarlas.

 

 

Para la Primera Plana:

 

El tratamiento que hasta ahora se ha dado al consumo de la marihuana ha puesto bien en claro que no es cosa del Estado lo que los ciudadanos coman, beban, fumen o se unten. El Estado ha de proteger nuestras libertades, no coartarlas ni criminalizarlas.

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