De la manga del presidente Enrique Peña Nieto salió una carta con el nombre de… ¡Enrique Ochoa Reza!
El ex director de la CFE, un tecnócrata apto de nueva generación… al frente de un partido que desconoce
Tarea de alto grado de dificultad devolver a la figura presidencial la prestancia y aceptación extraviadas
Nada de lo que acontece en el PRI puede sernos ajeno a quienes nos dedicamos a interpretar -cada uno con su personal e independiente visión periodística- el devenir social, político y económico del país. No en balde el tricolor ha tenido el mando de la nación desde los ya lejanos años de su concepción como partido político; salvo en los dos frustrantes periodos presidenciales en que el PAN se hospedó en Los Pinos, ha sido el PRI el principal y casi único protagonista de ese largo y trascendental tramo de la historia de México.
Decadencia del régimen
Los persuasivos métodos del Revolucionario Institucional le permitieron mantener una hegemonía sin fisuras hasta 1968, año en que el régimen priísta mostró los primeros signos de decrepitud. La violencia “legítima” del Estado como garante de la gobernabilidad dejó de ser herramienta eficaz de control político para convertirse en factor de desprestigio. Tras la matanza de Tlatelolco, el sistema tuvo que privilegiar mecanismos alternativos para procesar el descontento social que, pese a la represión, ya no se cohibía para expresarse en los espacios públicos y que, en el extremo, tomaba el camino a la sierra para ejercer abiertamente la insurgencia armada.
Prolegómenos de la alternancia
Nueve años después, en 1977, fue Reyes Heroles el que promovió una reforma política, temprano preludio de la futura transición mexicana. Sus disposiciones reconocían una diversidad partidista que el oficialismo llevaba medio siglo de perseguir, obligando a actuar en la clandestinidad a distintas agrupaciones políticas opositoras, destacadamente las de inspiración socialista. La reforma del político veracruzano dio al régimen el sustento pre-democrático que no tenía, atenuando la ilegitimidad que hizo crisis en la elección en que López Portillo participó como único candidato. No obstante, hubieron de pasar once años para que, luego del fraude electoral de 1988 que llevó a Salinas a la presidencia, el sistema retomara la ruta de la apertura. Sucesivas reformas electorales depusieron los obstáculos que aún subsistían para una eventual alternancia, la que finalmente ocurrió, en el Poder Legislativo en 1997, y en el Ejecutivo en el 2000.
Pasmo interno
Tras cubrir un largo y azaroso trayecto de más de treinta años, el país alcanzaba la anhelada democracia electoral, defectuosa y perfectible si se quiere, pero suficiente para permitir que, sin falsificaciones y con aceptable equidad, se expresara la voluntad popular. En tanto, la vida interna del PRI seguía estática, fiel al antidemocrático pero funcional dedazo. Con excepción del trágico intento libertario de Carlos Madrazo, solo otra vez se abrió a la militancia el proceso de selección de sus dirigentes, cuando compitió Beatriz Paredes con Roberto Madrazo. El saldo del experimento, como se sabe, fue desastroso.
Liderazgo tricolor
El liderazgo nacional del PRI es un cargo ambicionado, no obstante que quien a él llega sabe de entrada que no dispondrá de libertad para regirlo y que su campo de acción como operador estará delimitado por el omnímodo mando del presidente de la República, que es quien lo nombra… y también quien lo destituye. Hay además otros factores que hacen particularmente inestable la permanencia en el puesto, v.gr.: derrotas electorales inesperadas, declaraciones inoportunas, diferencias estratégicas, candidatos presidenciales que exigen una dirigencia renovada, etc., etc. El sistema, empero, no se ensaña con los líderes que defenestra; casi siempre los recompensa con espacios en la diplomacia o en la administración pública, con la candidatura a la gubernatura de su estado natal o, por lo menos, postulándolos a un cargo de representación popular.
Historial priísta
Enrique Ochoa Reza, michoacano de cuna, es el número cincuenta y uno en la extensa lista de personajes que han conducido al tricolor. Desde su primer presidente, el coahuilense Manuel López Treviño, hasta el último, el sonorense Manlio Fabio Beltrones, transcurrieron largos ochenta y siete años. Es interesante saber que sólo en los periodos de mayor estabilidad institucional -de Ávila Camacho a Díaz Ordaz- los políticos a los que se confería el cargo -v.gr. Antonio I. Villalobos con Ávila Camacho; Sánchez Taboada con Miguel Alemán, y Corona del Rosal con Díaz Ordaz- permanecían en funciones por todo el periodo para el que eran designados. En contraste, tanto en la lejana etapa de su conformación como instituto político -que concluyó con la consolidación del presidencialismo a la llegada al poder de Cárdenas-, como en la más reciente, cuando el priísmo hubo de enfrentar una real competencia -de De la Madrid en adelante-, en ambas etapas, repito, los cambios en la jefatura partidista fueron sumamente frecuentes.
Ochoa el desconocido
La designación de Ochoa Reza causó sorpresa e incluso, en ciertos casos, franco rechazo. No fueron pocos los priístas de viejo cuño que enarcaron las cejas y se abstuvieron de unirse a la acostumbrada, entusiasta e incondicional adhesión a la decisión del presidente. Tan frio recibimiento se explica en razón, no de que Ochoa Reza no cuente con atributos personales -que los tiene- y de méritos académicos -que le sobran-, si no de que era -y es todavía- un perfecto desconocido en el partido. Nada bien cayó, además, que negara lo obvio -el dedazo presidencial- argumentando que su designación derivaba de una auscultación (¿) realizada entre los sectores del partido. La resistencia a aceptarlo como líder nacional se potenció aún más al saberse que, en el 2010, buscó ser consejero electoral y que, para concursar por el puesto, se retractó de su filiación priísta. Si así fue, malo; y si no, peor, pues pretender ser árbitro electoral cuando se es en realidad militante de un partido, es trampa a todas luces inaceptable.
Desafíos del michoacano
De fácil palabra y aspecto agradable y jovial, Ochoa Reza es -guste o no a los clásicos- el presidente nacional del Revolucionario Institucional, y lo será por lo menos hasta que concluya el periodo que al renunciar dejó inconcluso Beltrones. El ex director de la Comisión Federal de Electricidad tendrá que darse a conocer, placeándose por la República a marchas forzadas con la militancia tricolor. Y aunque en busca de ganarse la confianza ofreció presentar su declaración 3 de 3, de todas maneras deberá aclarar la procedencia de un patrimonio personal cuya magnitud con dificultad la habría podido reunir alguien que, como él, pasó la mayor parte de sus 43 años dedicado al estudio dentro y fuera del país. Pero siendo los anteriores problemas complicados de resolver, sin duda el más difícil desafío que enfrentará el novel político moreliano será revertir la corriente de opinión pública que le es tan abrumadoramente desfavorable a Enrique Peña Nieto, su hacedor y padrino. De fracasar Ochoa Reza en el empeño que tan cuesta arriba se le plantea, las perspectivas electorales para el PRI no pintan nada halagüeñas…, ni en el 2017 ni en el 2018.
ANTENA ESTATAL
El mejor legado de González Zarur
Argumentando que “…hay que saber retirarse a tiempo…”, el gobernador Mariano González Zarur hizo público el siguiente importantísimo ofrecimiento: “…el próximo 31 de diciembre desapareceré de la escena política de Tlaxcala…”. El mandatario saliente afirmó que “…no intervendrá en la próxima administración ni recomendará a personajes…” para la integración del gabinete del gobernador electo Marco Antonio Mena Rodríguez. (El Sol de Tlaxcala, martes 12 de julio de 2016). De cumplir su promesa puntualmente, González Zarur acabará su gestión haciéndole a su sucesor el mejor de los regalos: dejarlo gobernar en paz.
El PRI, a la zaga del PRD en Tlaxcala
Hasta ahora me fue dado el acceso al computo final y definitivo de la elección para gobernador en Tlaxcala. El órgano electoral local tuvo a bien proporcionarme los resultados desagregados que cada partido por separado obtuvo el pasado 5 de junio. A reserva de que en próximos artículos comente con usted, amigo lector, las muchas lecturas que pueden hacerse de esos interesantes números, es de destacarse el hecho de que el PRI dejó de ser la primera fuerza política en el estado, cediendo ese lugar del que tanto se vanagloriaba al PRD. La diferencia es de 22 mil 195 sufragios, entre los 155 mil 142 que alcanzó el tricolor y los 177 mil 337 del sol azteca.
Para la Primera Plana:
El principal desafío que tiene por delante el novel político Enrique Ochoa Reza es revertir la opinión pública abrumadoramente desfavorable que pesa sobre Enrique Peña Nieto, su hacedor y padrino. De fracasar en el empeño que tan cuesta arriba se le plantea, las perspectivas electorales para el PRI no pintan nada halagüeñas…, ni en el 2017 ni en el 2018.