OPINIÓN

Tardío e incompleto, el acto de contrición de Peña Nieto por el escándalo de la Casa Blanca

Tiempos de Democracia

Domingo, Julio 24, 2016

Sólo alcanzará las indulgencias pedidas si acata con rigor las leyes del Sistema Nacional Anticorrupción

¿Hasta dónde estará decidido a llegar el presidente en una cruzada que va a afectar a su propio partido?

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   El tema del combate a la corrupción no cede, ni en frecuencia ni en intensidad. Dos razones hubo la pasada semana para que el asunto siguiera ocupando las primeras planas de los diarios nacionales: la promulgación de las leyes que integran el Sistema Nacional Anticorrupción (SNA por sus siglas), y el perdón que Enrique Peña Nieto pidió a los mexicanos por los hechos vinculados a la tristemente célebre Casa Blanca. Tengo para mí, sin embargo, que la retractación presidencial atendió más a un elemental y frio cálculo político electoral que a consideraciones íntimas de naturaleza ética. Y es que los motivos que tan puntualmente señaló Manlio Fabio Beltrones en su discurso de renuncia al PRI como causas del desastre electoral del 5 de junio pasado aconsejaban la adopción de medidas inmediatas para contener e intentar revertir esa corriente de opinión que ha hecho del mexiquense el mandatario peor calificado de la historia.

Desde la trinchera del disimulo

  Pidió perdón el presidente, en efecto, pero sólo tras reafirmar que no incurrió en ningún acto ilegal en la referida transacción inmobiliaria cuyas sospechosas características se conocieron gracias al trabajo periodístico de Carmen Aristegui. Y lo que acabó por elevar la irritación social fue la peregrina explicación que del caso ofreció Virginio Andrade, el patético personaje que Peña Nieto puso al frente de la Secretaría de la Función Pública para que se hiciera cargo (¿) de investigarlo. En apretada síntesis, la exculpación que se sacó de la manga Andrade -un pobre hombre al que de por vida se identificara como símbolo del servilismo más ignominioso-, la exculpación, repito, se basó en que “el señor presidente” no otorga ni firma contratos, amén de que las obras de altísimos montos con que se benefició al empresario que vendió la mansión a la esposa del mandatario las ganó -eso dijo don Virgilio- en licitaciones “limpias y transparentes”. Por supuesto nadie se tragó la versión oficialista, y las consecuencias del pueril infundio todavía las están lamentando en Los Pinos.  

Ausente, la cabal admisión de la culpa

  Autoexonerado así de toda responsabilidad, no había pues razón ninguna para que el presidente ofreciera disculpas; si lo hizo fue motivado por esa “percepción” de que detrás de la trama revelada por Aristegui el 6 de noviembre del 2014 podría -tal vez, quizá, pudiera ser- ocultarse algo anómalo o, por lo menos, poco creíble. En otras palabras: pese a que en su primer círculo se sigue pensando que la suspicacia social carecía de fundamento, el presidente, “atento al sentir de sus gobernados”, accedió con humildad a protagonizar el difícil trance de pedirles perdón. Empero, el arrepentimiento ante la revelación del acto indebido fue el que debió enseñar en el momento oportuno… y no veinte meses después. Desde entonces era claro que, de no afrontar con entereza y sin dilación el tema, el estigma de la Casa Blanca iba a perseguirlo todo el sexenio, hasta el punto de impedirle cumplir debidamente su función de gobernante.

Recomendaciones a tiempo -1-

 Si se retrocede la película del escándalo, recordaremos que el 18 de noviembre del 2014 la señora Angélica Rivera hizo saber -a través de un video- que su honorabilidad y la de su familia se habían visto profundamente lastimadas por las “insidiosas” dudas sembradas por la periodista. Días después, su marido el presidente dio a conocer -en ceremonia afectada de generalizada incredulidad- un decálogo más de reformas, ahora con el propósito de reforzar nuestro débil estado de derecho. En un artículo publicado en el New York Times el 10 de diciembre de 2014, Enrique Krauze señalaba que las reformas no serían suficientes -como no lo fueron en efecto - y que, para recuperar legitimidad y liderazgo, el presidente debía reconocer sus errores y ofrecer disculpas a los mexicanos. Días después, en su espacio de opinión en el periódico Reforma, Jesús Silva Herzog Márquez manifestaba su discrepancia con el historiador; afirmó que, sin rendición de cuentas, el perdón salía sobrando. Y tenía razón. 

Recomendaciones a tiempo -2-

  Diez días antes del escrito de Krauze en el New York Times, y quince antes del comentario de Silva Herzog en el Reforma, el 1º de diciembre publicó El Sol de Tlaxcala un artículo con mi firma en el que hice referencia al tema. Escribí que:

 “…no soy, ni pretendo serlo, detractor de Peña Nieto. Al contrario: en este espacio he encomiado repetidas veces el acierto de su quehacer político y la prometedora apertura de expectativas logradas para México. Además, el sentido común me lleva a pensar que el único que puede hacer que el país supere la crisis es el propio el presidente de la República. El razonamiento es sencillo: no hay quien, excepto él, con el poder necesario para lograrlo. Así pues, creo que nadie debería alegrarse de que Peña Nieto no acierte a encontrar el camino de las soluciones. Las reflexiones que siguen, amigo lector, están animadas del vehemente deseo de que alguna de ellas contribuyan a orientar la opinión de quienes, como usted, lunes a lunes y desde hace ya más de veinte años, me hacen el favor de seguir estos artículos…”.     

Recomendaciones a tiempo -3-

En el artículo de referencia -titulado “Sólo un presidente socialmente fuerte podrá lograr que México supere la crisis”- aludí en su segundo párrafo a que:

 “…si Peña Nieto -apartado de solemnidades y estorbosos acartonamientos- hubiera reconocido a tiempo su responsabilidad en los episodios de discutible rectitud en que se ha visto involucrado, su decálogo para lograr que en México el estado de Derecho fuera una realidad habría sido mejor aceptado. Pero en Los Pinos no se entendió que, para hacer creíble la palabra del mandatario, antes tenía que haber hecho -con humildad, transparencia y de cara a toda la nación- un ofrecimiento de enmienda a su desaciertos. Sin ese indispensable acto de contrición, su programa de diez puntos para luchar contra la inseguridad, la corrupción y la impunidad no causó el impacto que se pretendía en una sociedad lastimada que está en un tris de perder la paciencia y buscar otra ruta para expresar en otros términos su descontento…”   

Las acciones pendientes

  Vuelvo a la actualidad. A estas alturas -y tal y como está de revuelto el país-, la tardía e incompleta retractación del presidente Peña Nieto no cambiara nada si a ella no le sigue toda una serie de acciones complementarias tendientes a superar la incredulidad imperante. Se trata de convencer a la sociedad que lo del perdón no es un acto teatral más y que, esta vez, su decisión de combatir la corrupción sí va en serio. Aunque no se quiera reconocer, el conflicto de intereses en que se vio involucrado aún subsiste y no obstante ello, el constructor enriquecido al amparo de su amistad sigue haciendo obras para las dependencias de su gobierno sin que se haya modificado su status de empresario favorito del régimen. Y Carmen Aristegui, en lugar de recibir una satisfacción del Jefe del Ejecutivo por su injustificada marginación, continua siendo víctima de persecución y acoso. Mientras esos dos asuntos no se rectifiquen, la sombra de la Casa Blanca jamás abandonará a Peña Nieto. Por otra parte, en los siguientes días deben conocerse los nombres que propondrá al Senado para el SNA, en especial el de quienes podrían desempeñarse en el cargo de Fiscal Anticorrupción y de Presidente del Tribunal Fiscal y Administrativo. Veremos si por encima del amiguismo y la conveniencia prima la independencia y la solvencia moral de los candidatos. Y para rematar, debe entrarle a la candente cuestión de los gobernadores salientes que malversaron recursos federales; los datos duros de esa investigación contable los tiene la Auditoría Superior de la Federación y hace tiempo que los puso a disposición del Congreso y del presidente. Sólo hace falta actuar…

 

 

 

Para la Primera Plana:

 

Exonerado de responsabilidad por Virgilio Andrade, no había razón para que el presidente Peña Nieto ofreciera disculpas; si lo hizo fue motivado por esa “percepción” de que detrás de la trama revelada por Carmen Aristegui en relación con la Casa Blanca podría -tal vez, quizá, pudiera ser- ocultar algo anómalo o, por lo menos, poco creíble.

 

 

 

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