OPINIÓN

Inexcusable, la demostración de impericia diplomática y candor político del Presidente de México

Tiempos de Democracia

Domingo, Septiembre 4, 2016

El saldo del encuentro con el candidato republicano Donald Trump resultó simplemente… ¡desastroso!

Ante un EPN paralizado, Trump relanzó su campaña y lució como un Jefe de Estado determinado y audaz

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  Para dimensionar la trampa que a sí mismo se tendió Peña Nieto, el mejor procedimiento es seguir paso a paso cada uno de los movimientos que se fueron dando en Los Pinos para hacer realidad -en unas cuantas horas- la entrevista con el candidato republicano Donald Trump. El penoso episodio sin duda califica para ser considerado entre los más disparatados capítulos de la historia de la diplomacia mexicana. Desde su concepción hasta su desenlace, todo apuntaba a que la singularísima ocurrencia de invitar a México a los aspirantes a la presidencia de Estados Unidos culminaría con el desastre diplomático y político del pasado miércoles, cuyos efectos de mediano plazo -aunque difíciles de calcular- ya puede adivinarse que serán poco afortunados para los intereses nacionales. Mas cualesquiera que sean las secuelas que finalmente nos traiga, lo que hemos de agradecerle es que confirmó la limitada talla que como mandatario tiene quien está a cargo de la conducción de este afligido país. Lo acontecido es, además, la mejor prueba de que un presidente -como cualquier gobernante- vale tanto como sus consejeros y sus principales colaboradores.

Donald Trump en escena

 Empecemos pues. La aparición de Donald Trump en la política norteamericana tomó desprevenido no sólo a los Estados Unidos sino literalmente a todo el mundo, México incluido. El millonario magnate irrumpió en las primarias del partido Republicano con su presencia estrafalaria, su potencial económico, y un discurso tonante que, contra todo pronóstico, llamó la atención de amplios sectores del electorado estadounidense. Sin antecedentes como político ni como republicano, se le juzgó como una anécdota de vida efímera, incluso por Ted Cruz y Marco Rubio, los favoritos para hacerse de la candidatura en disputa. Para sorpresa de muchos, sus estridentes peroratas contra los migrantes, en especial contra los mexicanos a los que atribuyó la autoría de innumerables delitos cometidos -asesinatos, violaciones y tráfico de drogas-, así como la defensa a ultranza de los trabajadores de raza blanca desplazados por el éxodo de industrias fuera de la Unión Americana -especialmente a México-, para sorpresa general, repito, Trump levantó sus bonos con inusitada rapidez. Fue a estas alturas cuando Peña Nieto, confuso e indefinido, cometió la inconveniencia en un Jefe de Estado de compararlo con Hitler y Mussolini.     

La perplejidad del gobierno

   Los improperios de Trump así como la ventaja que fue ganando respecto de sus rivales por la nominación republicana, obligaron a nuestro errático gobierno a empezar a actuar. Removió a su embajador en Washington Miguel Basañez y, a través de los medios, refutó con cautela la idea propalada de que el libre comercio era la causa del desempleo de los trabajadores norteamericanos y de la decadencia de su economía. Demasiado tarde; el discurso del ya candidato Donald Trump había calado profundamente en el ánimo del electorado y se perfilaba para ser un serio adversario de la hasta en ese momento puntera Hillary Clinton. El caso es que los vaivenes en las encuestas han ido configurando un final electoral de pronóstico complicado, en el que -pese a las reservas que provoca la inquietante eventualidad de un triunfo del republicano- los escasos cinco puntos de ventaja que mantenía la demócrata podían esfumarse con cualquier hecho imprevisto… como por ejemplo ese encuentro en Los Pinos con el presidente mexicano.

La ocurrencia de la invitación

 A la vista de tan compleja competencia, Peña Nieto tomó la decisión enviar sendas cartas de invitación a los candidatos norteamericanos para que vinieran a México. Era obvio que quien se apresuraría a aprovecharla sería el candidato rezagado… y ese era Trump. El martes recibió la misiva, y el mismo día fijó fecha y hora para realizarla. La agenda del republicano se aceptó en sus términos, sin valorar el grado de sumisión que ello suponía, y -más importante aún- sin contar aún con la aceptación de la señora Clinton, requisito indispensable para que la propuesta se ciñera al elemental equilibrio que exige el juego diplomático. Así pues, de buenas a primeras, ese mismo miércoles 31 de agosto, a las 3 y media de la tarde, se presentó en Los Pinos, como si nunca hubiera proferido frases injuriosas contra México y los mexicanos. Terminada la conversación privada y tras escuchar los conceptos sin sustancia ni fuerza que pronunció el mandatario mexicano en la conferencia de prensa posterior, se adueñó de la escena al punto que, después de que dijo lo que a sus intereses convenía -incluso contradiciendo los asertos de Peña Nieto en el controversial asunto del muro fronterizo-, fue Trump quien dio la palabra a los reporteros que le acompañaban, mientras el mexiquense permanecía pasmado cual figurín de utilería. Cuando hubo terminado, señaló el camino de salida al presidente y partió raudo a Arizona, donde por la noche mostraría con orgullo a sus seguidores el trofeo de caza conseguido en su exitosa expedición a México.  

La generalizada repulsa

  La opinión pública nacional se unificó para manifestar su indignación con el ridículo protagonizado por el Presidente de la República. Las críticas fueron desde las radicales que lo acusaron de traición, hasta las moderadas que simplemente se lamentaron de su pequeñez. A toro pasado, y ya con Trump volando a Estados Unidos, Peña Nieto escribió en su twitter que en la conversación privada le había precisado al candidato republicano que “…México no pagaría por el muro…”. Mas tarde, apremiado por el alud de censuras que se le vino encima, trató de explicar ante las cámaras de Televisa que “…Trump no representa una amenaza en sí mismo para México, pero que algunas de sus propuestas sí lo son, como su intención de deportar a millones de inmigrantes mexicanos, cancelar el TLC o cerrar la frontera con un muro…” (Univisión Noticias, 31/08/2016) y agregó que “…lo que me importa es encarar el problema, hacerle frente a lo que pueda representar un riesgo y una amenaza para México…”. En fin, serán los años venideros los que juzguen si, con la recepción que dio al arrogante personaje, en efecto “…encaró el problema…” sin demérito de la dignidad de los mexicanos, y si no lo hizo con el único propósito de restaurar su devaluada imagen.

¿Sensibilizar a Trump?... ¡por favor!

  A pregunta expresa formulada a Osorio Chong respecto de los motivos que hubo para invitar a Trump, el todavía secretario de Gobernación respondió con una frase escueta: “…se le invitó para sensibilizarlo…”. Su laconismo está en línea con el desconocimiento de la gente del entorno de Peña Nieto -particularmente en la secretaría de Relaciones Exteriores- acerca, primero, de los resortes sicológicos que mueven en general la conducta de personas con los rasgos de Trump y, segundo, de la circunstancia particularmente crítica que vive el republicano en su campaña por la presidencia de Estados Unidos. ¿De verdad el objetivo fue sensibilizar a ese hosco espécimen humano, más parecido al llorado gorila Bantú que a cualquier persona medianamente razonable? ¿no lleva meses de mostrar al mundo su carácter psicópata? ¿en serio se creyó que Peña Nieto suavizaría el bronco e imprevisible estilo de hacer política del candidato republicano? Atención aparte merece la canciller Claudia Ruiz Massieu, pues si estaba al margen de la fallida pirueta diplomática, debió renunciar, y si no lo estaba con más razón tenía que haberse ido. Absolutamente todo se hizo mal. ¿Era acaso posible acordar los términos de un encuentro tan complejo en sólo unas horas y a través del teléfono? ¿estuvo apercibido el embajador mexicano en Estados Unidos? ¿porqué no se convino un comunicado conjunto que evitara posteriores declaraciones encontradas? Cuando algo empieza mal…

Tertulia con estudiantes

 Del evento que debía sustituir al antiguo esquema que seguían los informes de los presidentes de antaño, seguramente ya se formó usted, amable lector, su propia y respetable opinión. Me limito a apuntar que documentar con casos aislados de superación personal (“…lo bueno casi no se cuenta…”) los problemas que enfrentan las mayorías, es un espejo propagandístico que no refleja ni siquiera aproximadamente la realidad que vive México. Peña Nieto, sabedor de las preguntas y memorizadas sus respuestas, se desempeñó como un nervioso aspirante que estuviera en un “casting” actoral. Ante una concurrencia de 300 jóvenes estudiantes seleccionados para dizque escrutar su labor como líder del país, al final escuchó los aplausos de los que dice tanto gustar. Pero ya dirán las encuestas qué tanto sirvió el sucedáneo que nos endilgó a cambio de una real rendición de cuentas.   

 

 

Para la Primera Plana:

 

Cualesquiera que sean las secuelas que finalmente vaya a tener la entrevista Trump-Peña Nieto, lo que hemos de agradecer al surrealista encuentro es que nos confirmó la limitada talla que como mandatario tiene quien hoy está a cargo de la conducción de este afligido país. 

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