Agradezco profundamente a e-consulta la invitación y la oportunidad de poder compartir periódicamente algunas ideas y experiencias con Ustedes, esperando con interés el escrutinio de la opinión pública.
Miércoles, Enero 11, 2017
Mercedes Sosa en una canción de Horacio Guarany, dice: “que ha de ser de la vida, si el que canta no levanta su voz en las tribunas por el que sufre, por el que no hay ninguna razón que lo condene a andar sin manta”.
Vivimos tiempos complicados y definitivamente muy riesgosos; voces han dicho que si el pueblo no conoce su historia está condenado a repetirla.
La Nación, los mexicanos, los jóvenes en particular, no merecen la penosa realidad que están viviendo, “nuestro país pide a gritos que lo saquemos del hoyo en el que está”; los últimos treinta años han sido una cadena de acontecimientos que parece condenan con preocupante decisión, a una estrepitosa caída del bienestar de la gran mayoría de la población.
Devaluaciones, fuga de capitales, “rescates” financieros, firma de acuerdos optimistamente salvadores y la venta de garaje del patrimonio nacional, han sido la constante de las últimas décadas del país, y los resultados, espero que para nadie sea una fantasía, pobreza y desolación.
Tengo muy presente enero de 1992, la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, nos dijeron que la inversión extranjera sería una vía rápida al desarrollo y de sustancial mejora del bienestar de los mexicanos; pero la formula no funcionó, se les abrieron las puertas a las empresas extranjeras, con toda clase de beneficios incluyendo salarios raquíticos regulados por el Estado; la riqueza generada no tuvo arraigo en el territorio nacional.
Hoy sufrimos la amenaza constante de la partida de esas empresas, por la voluntad manifiesta de un próximo gobernante extranjero, que sin ningún recato nos recuerda aquello de que los “Estados Unidos no tiene amigos, sino intereses”, expresado por John Foster Dulles, Secretario de Estado de Dwight Eisenhower en los años 50 del Siglo XX.
Y mientras tanto aquí, en las tres décadas recientes, a las empresas mexicanas, las que podrían fortalecer la economía interna, les han dado menos incentivos que a las extranjeras; las locales, que no son ese pequeño grupo ligado al gobierno, son acosadas, con más impuestos que finalmente son pagados por los consumidores, pero eso sí, quieren ser obligadas a firmar acuerdos extemporáneos de los cuáles ya conocen los resultados.
Ahora, el gobierno federal, como consecuencia de sus fallidas políticas económicas que hacen a México muy vulnerable ante el entorno internacional, también incrementa los precios de los combustibles y la energía eléctrica; una vez más el mismo resultado: devaluación (hoy mismo a más de 22 pesos por dólar), inflación, encarecimiento generalizado de los productos, pérdida del poder adquisitivo de los más necesitados, y todo con una lastimosa dirección: más pobreza y marginación.
Las protestas y las inconformidades no se detendrán mientras las ya de por sí equivocadas políticas gubernamentales, estén acompañadas por la corrupción y la impunidad; nadie es castigado, peor aún, a quién ha cometido actos delictivos en las cúpulas del poder, se les protege y se les archiva en el más oscuro de los rincones de una oficina pública.
Coincido con algunos analistas, muy serios, cuando sostienen que el modelo mexicano es una tragedia, “quebrar al país y darlo en oferta a extranjeros no fue buena idea”. En mi próxima entrega abordaré lo que pienso puede ser una alternativa para el futuro de nuestro país.
“Una nación de ovejas engendra un gobierno de lobos”: Edward R. Morrow