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e tlaxcala redacción
Miércoles, Agosto 20, 2025
A principios de 2020, el mundo se detuvo. Millones de personas quedaron confinadas en sus hogares y, en ese silencio global, emergió una verdad incómoda: la soledad no era una rareza, sino una constante. La pandemia no inventó el aislamiento emocional, pero lo visibilizó como nunca antes.
Desde entonces, nuestras formas de vincularnos cambiaron. Nos volvimos expertos en videollamadas, redescubrimos la importancia de lo táctil, y también empezamos a explorar nuevas formas de compañía. Algunas personas encontraron contención en comunidades virtuales; otras, en mascotas, videojuegos, inteligencia artificial… o muñecos hiperrealistas.
Aunque el tema sigue siendo tabú en ciertos círculos, lo cierto es que estas figuras, que combinan avances en diseño, robótica y psicología del afecto, se volvieron parte de un paisaje emocional más amplio. Ya no se trata solamente de sexualidad, sino de vínculo: un tipo de compañía que no juzga, no exige, no abandona.
Detrás de este fenómeno no hay solo consumo, sino búsqueda. Personas con discapacidad, adultos mayores, trabajadores migrantes, individuos con traumas o simplemente almas curiosas: hay una diversidad enorme de historias detrás de quienes eligen explorar nuevas formas de cercanía con lo no humano. En muchos casos, la elección de una sex doll tiene más que ver con lo emocional que con lo erótico.
Las empresas que producen estas figuras han sabido leer esa transformación. Ya no se trata solo de apariencia física: se busca calidez en el material, expresividad facial, articulaciones realistas, incluso la posibilidad de personalizar detalles mínimos. El objetivo no es reemplazar a nadie, sino ofrecer otra forma de presencia. No una persona, pero tampoco un objeto sin alma.
Por supuesto, este tema abre preguntas éticas importantes. ¿Estamos normalizando la desconexión social? ¿Es sano vincularnos con algo como una torso sex doll que no puede devolvernos una respuesta genuina? ¿O acaso estas nuevas formas de compañía están visibilizando que el afecto —como tantas otras cosas— puede adoptar formatos no tradicionales sin que por ello pierda valor?
Quizás no se trate de tomar partido, sino de observar. Dejar de mirar con condescendencia o alarma aquello que incomoda, para empezar a entender qué nos revela. Las relaciones humanas seguirán siendo insustituibles, pero tal vez haya espacio también para estas presencias híbridas que no buscan competir con lo real, sino acompañarlo desde otro lugar.
La soledad no desapareció después del confinamiento. Pero sí cambió el modo en que hablamos de ella. Y quizás, en esa conversación nueva, menos moralista y más abierta, estemos aprendiendo algo sobre lo que realmente necesitamos para sentirnos acompañados.