- El desplome de la fiesta en las grandes capitales, ocasión para que Tlaxcala sea el sitio donde se preserven los valores de la tauromaquia
- Las nuevas cadenas de televisión abierta abrirán espacios para negociar la necesarísima vuelta de las cámaras a las plazas de toros
- El turismo taurino es un proyecto que exige tiempo, inversión, respaldo oficial, audacia… y concertación de voluntades
El tema de la fiesta brava como atractivo turístico de primer orden cobró actualidad a la vista del redondo éxito que tuvo la corrida celebrada en la plaza de toros de Tlaxcala el pasado domingo 9 de febrero. Pese a que se programó en una fecha que no es de las tradicionales, y en domingo, que no es el mejor día para los visitantes que deben volver a sus lugares de origen, el festejo colmó los restaurantes de comensales, los hoteles de huéspedes, y las taquillas de gente en pos de entradas. La plaza, por supuesto, registró un lleno a reventar.
La polémica en torno a la fiesta brava
Cabe plantearse: ¿es la tauromaquia un espectáculo idóneo para basar en ella una campaña que promueva turismo para Tlaxcala? El asunto generará diversidad de opiniones, desde aquellas que sustentan sectores moralizantes de la sociedad que ven en el toreo sólo el sufrimiento inevitable que se causa al animal, hasta las de quienes resaltan los valores de índole cultural y también económico del arte taurómaco. Acercarnos pues a la cuestión -con seriedad y sin prejuicios-, exige poner en la mesa de la discusión todos los argumentos. Vamos allá.
El embate de la modernidad
Para nadie es un secreto que la modernidad excluyó al toreo de su agenda. Es más: lo estigmatizó. Sus instrumentos más populares -internet y televisión- desterraron casi por completo a la fiesta brava, al tiempo que juegos como el universalizado futbol disfrutan de una difusión intensiva y creciente, lo que ha tenido como efecto que las nuevas generaciones canalicen su natural ansia por experimentar emociones hacia el deporte de las patadas, o hacia cualquier otro de los muchos de origen anglosajón que saturan la programación de los medios.
El desplome
La caída vertiginosa del número de adeptos a los toros en las ciudades más desarrolladas -México, Guadalajara, Monterrey, Puebla, Morelia, Mérida, Tijuana, Juárez, etc.- parece dar la razón a quienes han pronosticado la inevitable desaparición de un espectáculo que por largos años formó parte de la vida cotidiana de los mexicanos. Duele admitirlo, pero lo cierto es que la tauromaquia ha sido reemplazada por entretenimientos más y mejor aceptados por una juventud inspirada tristemente en modelos extranjeros. Sobran evidencias que lo prueban.
Los últimos reductos de la fiesta
Llama la atención, sin embargo, que ese fenómeno -la merma constante de público en los grandes cosos tautrinos- no se observa en ciudades de menor tamaño y desarrollo. La razón que lo explica es que aún son muchas las poblaciones que no tienen las condiciones mínimas necesarias para hacer posible económicamente la formación de grupos culturales, equipos deportivos, o clubes de actividades varias. Así, la oferta local de diversiones, o es raquítica o está circunscrita a las ferias de los pueblos. Y ahí, ahí sí que caben las corridas de toros.
En busca de potenciar otros escenarios…
Es más que factible que la notoria disminución de festejos en metrópolis populosas puede llegar a incidir en un aumento de corridas en plazas de provincia, marcadamente en aquellas donde se intenta preservar al espectáculo taurino en toda su verdad y pureza. En ese sentido, hay poblados medianos y pequeños que eventualmente podrían beneficiarse de esa tendencia, convirtiéndose en polos de atracción turística de temporada -no solo de feria- para la gente de las capitales donde las corridas de toros están batiéndose en retirada.
La oportunidad de Tlaxcala
Si con el nombre de esas ciudades de reducido tamaño y de lento crecimiento se hiciera una lista, nadie pondría en duda que el escenario de mayor abolengo y prosapia que hay en todo México para ofrecer eventos taurinos de categoría es la singular plaza de toros de Tlaxcala, joya arquitectónica que data de mediados del siglo XIX, y se alza a la vera del cuatro veces centenario campanario del ex convento de San Francisco. Ese maravilloso conjunto está, además, a unos pasos del señorial zócalo de la ciudad capital. ¡Ahí es nada!
Características del actual mercado
La tal tesis nada tiene de peregrina. Veamos: la fiesta tiene públicos distintos, tanto en preferencias como en gustos. Uno es semirural y semiurbano, no tiene capacidad económica ni posibilidades mayores de desplazamiento, y sus diversiones se limitan a las que se le ofrecen en el restringido ámbito de su localidad. El otro es esencialmente urbano, elitista y decreciente en número, pero con poder económico suficiente para viajar a los lugares donde se programan eventos de calidad que le garantizan emoción y satisfacción estética.
Escenarios de lujos para carteles de postín
La fiesta brava -y por tanto su atracción turística- depende de que se sepan preservar y potenciar esos distintos mercados. Capeas, novilladas con aprendices, y corridas con matadores de segunda fila, se montan en placitas modestas y a veces improvisadas. En cambio, los carteles de postín han de tener necesariamente como marco cosos conservados con esmero, que satisfagan con amplitud las exigencias de comodidad, belleza y seriedad que exigen los que están dispuestos a pagar un precio alto por tener el privilegio de presenciarlos.
El toreo, sus valores y jerarquías
Habló, insisto, de varios tipos de eventos taurinos que, pese a estar estrechamente intercomunicados y a nutrirse de la misma raíz, tienen características que los ubican en espacios disímiles. Todos cumplen con una función, sí, pero se dirigen a públicos distintos. Para sus actores -toros y toreros- existe un escalafón que los jerarquiza conforme a sus méritos. En el toreo -como en el futbol- hay primera, segunda y hasta tercera división. El objeto de este artículo es analizar las posibilidades de la fiesta en Tlaxcala en su expresión de más alta calidad.
Tlaxcala… ¿la meca del toreo en México?
A poco que se la impulse, Tlaxcala puede convertirse en referente nacional de autenticidad y categoría, una suerte de meca taurina de visita obligada para todo aficionado que se precie de serlo. Si se la prestigia y respeta -que se puede-, Tlaxcala podría ser para la tauromaquia mexicana lo mismo que significa, por ejemplo, Ronda para la española. Se que los escépticos están ahora mismo pensando en el reducido aforo de nuestro coso, y en que sus 2 mil quinientos lugares no dan -ni en sueños- para dar espectáculos de primer nivel.
Para que el toreo sea rentable…
En efecto, las cuentas serían deficitarias… mientras esa gran ventana que es la televisión abierta -más que la de paga- siga cerrada, y mientras el o los empresarios no cuenten con una respaldo gubernamental que apoye a la fiesta -y por ende al turismo- en tanto se lograse consolidar el nuevo esquema. La apertura en el sector de las telecomunicaciones traerá nuevos jugadores en el negocio de la TV, los que tendrán que llenar su programación con ofertas llamativas. Todo ello ofrece una oportunidad privilegiada para promover a la Tlaxcala taurina.
Si no estas en la tele… ¡no existes!
Va para treinta años que los propios toreros -subalternos y matadores- echaron a las empresas televisoras de las plazas de toros. No tuvieron visión para percatarse de que, al salir de los hogares mexicanos las imágenes taurinas, poco a poco se iría perdiendo la afición por el toreo, y la gente buscaría otros entretenimientos. Tres décadas después, hay que desandar el camino y corregir aquel aciago error. Está visto: sin el apoyo del poder divulgador de la TV no hay espectáculo capaz de sobrevivir por sí sólo…, ni siquiera el antiguo ritual taurómaco.
El bellísimo coso tlaxcalteca
Si la plaza de Tlaxcala -“tacita de plata” la llamó alguna vez Francisco Lazo- ofrece la mejor escenografía para el retorno de las cámaras, y si en los festejos que en ella se monten figuran nombres importantes de la torería, si los ganaderos hacen honor a sus divisas enviando toros bravos con edad y trapío, y si la autoridad hace que se cumplan las exigencias reglamentarias, la respuesta de la gente no se hará esperar. Sin embargo, para echar a andar un proyecto así se requiere talento para concertar voluntades dispersas y harto dispares.
LA FRASE
Intercalada entre muchas otras sentencias atendibles, la pronunció el sociólogo Roger Bartra en entrevista concedida a la prensa, a raíz de su ingreso en la Academia Mexicana de la Lengua. Esto fue lo que dijo:
“…en México los políticos utilizan un lenguaje un tanto primitivo y hasta a veces balbuceante…”
Pues sí, es cierto. No son pocas las ocasiones en que no se les entiende, ya sea porque eso es lo que deliberadamente buscan, o porque hablar con precisión y claridad simplemente no se les da. Usted… ¿que cree que sea, estimado lector?