Un compromiso explícito contra la corrupción, elemento clave de la disociación de Marco Mena con el continuismo
Difícil evitar la caida de la perredista Lorena Cuéllar, exhibida que fue la falsedad de su declaración patrimonial
La panista Adriana Dávila, en cambio, se mantiene entre los lugares de cabeza y disputará el triunfo en la final
El candidato priísta Marco Mena
En el discurso de Marco Mena se echa en falta un compromiso firme con la lucha contra la corrupción. Dispone de menos de dos semanas para difundirlo por toda Tlaxcala, prometiendo a la ciudadanía proceder contra cualquiera al que se le determine responsabilidad en el manejo irregular de la cosa pública. No hace falta especial perspicacia para captar que ese es el talón de Aquiles del priísmo, tanto a nivel federal como estatal; basta observar cual es el flanco por el que están siendo más atacados los candidatos del tricolor en los doce estados en los que habrá elecciones el 5 de junio próximo. En el caso tlaxcalteca, ante unos comicios que contrariamente a lo que se auguraba apuntan para resolverse por una diferencia pequeña, ya no puede dejarse nada al azar ni seguir confiando en que será la eficacia operativa de la maquinaria partidista la que acabe inclinando la balanza a favor de Marco Mena. El tiempo se acorta y no ha lugar a hipótesis divagantes. Siendo como lo es un candidato con muy apreciables atributos, y habiendo superado con rotundidad a sus oponentes en los debates y trabajado con denuedo su campaña proselitista, hay sólo una razón que puede explicar a estas alturas porqué su propuesta no está creciendo con el ritmo inicialmente supuesto. Esa razón no puede ser otra que la extendida creencia de que Marco representa un continuismo, si no cómplice sí por lo menos encubridor, de las anomalías reales o imaginarias en que pudiera haber incurrido la administración de González Zarur. El antídoto se conoce, y hay que aplicarlo cuanto antes; el problema es que la luz verde para este trascendental ajuste estratégico se activa desde las oficinas del Palacio de Gobierno.
La candidata perredista Lorena Cuéllar
El atorón de la campaña de Lorena Cuéllar es multifactorial. La aspirante perredista debe su Waterloo a las limitaciones que exhibió debatiendo con sus adversarios y a su harto sospechosa reticencia para hacer pública su declaración patrimonial, agravada con el documento esperpéntico que presentó como tal. Lo peor que le puede pasar a un político que busca la alta responsabilidad de gobernar a su estado, lo peor, repito le pasó a Lorena, y le pasó justo en los momentos más cruciales y mayormente difundidos de la competencia electoral. Un candidato legitima y fortalece sus aspiraciones: 1) si muestra entereza y carácter para enfrentar y resolver sin descomponerse situaciones imprevistas de presión y apremio y, 2) si con la debida inteligencia evita incurrir en simulaciones y engaños que destruyen la confianza de la gente. La evidencia de su aturdimiento oratorio y, sobre todo, de su probada proclividad a tergiversar la verdad le complicará la tarea de convencer a los tlaxcaltecas para que le den su voto, no obstante que el PRD la va respaldar con todo y hasta el final ante la inminente posibilidad de irse en blanco en las otras once elecciones.
La candidata panista Adriana Dávila
La que continua inmutable realizando su labor proselitista es Adriana Dávila. Pese a dar la impresión de contar con menos apoyos y, por ende, con menos recursos que sus oponentes, la actividad proselitista persistente y tenaz de la apizaquense ha conseguido que su candidatura no pierda fuerza ni que disminuya el fervor con que la siguen sus numerosos partidarios. Adriana sigue teniendo en contra a personajes importantes del panismo tlaxcalteca, de los que se distanció al resistirse a declinar a favor de Lorena Cuéllar, en aras de una alianza que finalmente nunca llegó a concretarse. Mas debe reconocérsele que, gracias a su tozuda obstinación por hacerse del abanderamiento del PAN, el partido azul no extravió su perfil ni se diluyó políticamente en Tlaxcala. El protagónico papel que jugó en los pasados debates contribuyó a mantenerla entre los lugares de cabeza de la elección, y consiguió también que la dirección nacional le presté la atención que merece como candidata que ha demostrado ser competitiva.
La guerra sucia
La creciente tensión del momento político que vivimos en Tlaxcala está siendo atizado por el tupido fuego cruzado que atraviesa a diario el campo de batalla electoral. El fenómeno se agudiza en el espacio de las redes sociales, y se potencia por el anonimato bajo el que se esconde la cobardía maledicente. Para entender la complejidad del problema hemos de saber distinguir injuria, falsedad y mentira de lo que es dura, simple y llana revelación de hechos ciertos. No es fácil, pues veces hay que se entreveran y confunden. Murmuración e intriga, ya se sabe, no merecen contestación, pues desmentir lo inexistente es caer en el juego del adversario. En cambio, los señalamientos con sustento no deben quedar sin respuesta, pues ello equivale a admitir la imputación. La trampa consiste en hacernos creer que el embuste y la verdad, son una y la misma cosa. En esa dolosa maraña que habilidosamente mezcla realidad y ficción se basa la efectividad de la llamada guerra sucia, cuya finalidad no es otra que menoscabar el poco o mucho crédito del que gozan los contendientes que van en cabeza. Esa clase de estrategias halla en el electorado desinformado una presa fácil, ávida como está de alimentarse con el chisme, el escarnio y el amarillismo escandaloso.
La necesidad de informarse
No es sólo el morbo, que también; es el legítimo derecho de la ciudadanía a saber qué clase de personas son las que están proponiendo gobernarnos. Es pues entendible que desee informarse si quien pretende su voto se ha servido de los bienes públicos para aumentar los suyos propios. La verdad es que, si no fuera por la prensa de investigación y por las acusaciones que entre sí se lanzan los aspirantes en los injustamente denostados debates, la sociedad permanecería ignorante, y a merced de la propaganda partidista y del embate de las falacias que se difunden en las redes sociales. Téngase en cuenta que el ciudadano común no tiene posibilidad de averiguar por sí mismo si quien le pide apoyar su propuesta le está haciendo víctima de engaño. De igual forma, tampoco está en condiciones de adivinar si la amable sonrisa de quien le solicita el voto no oculta el rostro de un comediante mentiroso. Porqué, dígame, amigo lector, ¿disponemos usted o yo de humor, tiempo y recursos para investigar, por ejemplo, si la declaración patrimonial de los candidatos es verdadera o falsa? Si conociéramos la respuesta a esas interrogantes disminuiría el margen de equivocarnos al elegir a la persona en cuyas manos habremos de poner el timón político de Tlaxcala. No es asunto menor que deba resolverse sin dedicarle por lo menos un buen rato a meditar la decisión que marcará el rumbo de la entidad a lo largo de todo lo que le resta a la presente década.
La negada utilidad de los debates
Contrariamente a la interpretación generalizada que la prensa tlaxcalteca le dio a lo acontecido en el segundo debate entre los contendientes por la gubernatura del estado, mi opinión es que permitió a quienes lo presenciamos conocer mejor los distintos elementos de la personalidad de los candidatos, en buena medida gracias a las revelaciones que en el dicho encuentro se escucharon y que serán de utilidad al elector para definir el sentido del sufragio. No obstante que en la mayoría de las notas periodísticas se destacó que las denostaciones habían predominado sobre las propuestas, creo firmemente que la principal virtud de debatir en público no sólo radica en que nos expliquen a toda velocidad de qué forma buscarán resolver nuestros ancestrales y conocidísimos padecimientos, sino más bien qué tanto es de fiar como ser humano quien nos ofrece la sanación de esos males, y qué tan competente y preparado está para implementar sus soluciones. Estoy convencido que lo que establece la diferencia entre los candidatos no son tanto las propuestas -no hay más que leves diferencias de matiz entre unas y otras- como el talento y la buena fe de sus instrumentadores.
Para la Primera Plana:
Es normal que el ciudadano desee saber si quien le pide el voto se ha servido de los bienes públicos para aumentar los suyos propios. Lo cierto es que, de no ser por la prensa de investigación y por las acusaciones que entre sí se lanzaron los aspirantes en los injustamente denostados debates, la sociedad permanecería ignorante y a merced de las múltiples falacias que se difunden en las redes sociales.