La principal paradoja que enfrenta Morena rumbo a la sucesión gubernamental de 2027 en Tlaxcala es que algunos de quienes aspiran a encabezar el proyecto de la Cuarta Transformación parecen ser, al mismo tiempo, quienes menos respetaron las reglas que el propio partido se impuso para preservar su unidad.
No es un asunto menor.
En marzo pasado, el Consejo Nacional de Morena aprobó por unanimidad los lineamientos que regirán la selección de candidaturas en los estados que renovarán gubernatura en 2027. El mensaje de la dirigencia nacional fue contundente: cualquier aspiración personal es legítima, pero ninguna puede colocarse por encima del movimiento.
La premisa fue sencilla y clara: primero el partido, después los proyectos individuales.
La definición cobra especial relevancia en entidades como Tlaxcala, donde Morena parte como favorito para conservar el gobierno estatal. Precisamente por ello, el principal riesgo para el partido no proviene de la oposición, sino de sus propias disputas internas.
La dirigencia nacional lo entendió desde hace tiempo. Por eso estableció restricciones específicas para quienes aspiren a convertirse en coordinadores estatales de Defensa de la Transformación: evitar promoción personalizada, abstenerse de utilizar recursos públicos para posicionarse políticamente, no realizar actos anticipados de campaña y evitar cualquier estrategia orientada a desacreditar a otros participantes.
Sin embargo, en los hechos, varios de los perfiles que aparecen de manera recurrente en las encuestas parecen haber ignorado estas disposiciones.
La promoción sistemática de su imagen, la difusión anticipada de mensajes políticos y la utilización de plataformas institucionales para fortalecer posicionamientos personales han generado una percepción cada vez más extendida de inequidad dentro del proceso interno.
Y ahí surge una pregunta inevitable: ¿cómo pueden pedir la confianza de la militancia para conducir el movimiento quienes no han demostrado disposición para respetar las reglas acordadas por ese mismo movimiento?
Morena diseñó un mecanismo específico para evitar fracturas. Cada estado contará con hasta seis aspirantes —tres mujeres y tres hombres— y la decisión final se sustentará en ejercicios demoscópicos internos. Pero incluso antes de las encuestas, el partido estableció un principio superior: la unidad.
Para la dirigencia nacional, la encuesta es un instrumento; la cohesión interna, en cambio, es una condición indispensable para mantener la viabilidad del proyecto político.
No es casualidad que el presidente del Consejo Nacional de Morena, Alfonso Durazo Montaño, haya advertido que la unidad no constituye un simple valor organizativo, sino una condición estratégica para enfrentar con éxito el proceso electoral de 2027.
La afirmación cobra especial sentido en Tlaxcala.
Mientras algunos actores han apostado por una competencia anticipada que amenaza con profundizar divisiones internas, otros perfiles han optado por una ruta distinta: la disciplina partidista, el trabajo institucional y el respeto a los tiempos establecidos.
Es en ese contexto donde comienza a destacar el nombre de Óscar Flores Jiménez.
A diferencia de otros aspirantes que han privilegiado la promoción personal, el actual secretario de Finanzas del Estado de México ha mantenido una conducta alineada con los lineamientos internos del partido. Su posicionamiento se ha construido más desde la gestión pública que desde las campañas adelantadas; más desde los resultados administrativos que desde la exposición mediática.
Además, su trayectoria le permite ofrecer algo que Morena necesitará más que popularidad en los próximos meses: capacidad de conciliación.
La experiencia demuestra que las elecciones se ganan en las urnas, pero los proyectos políticos se sostienen mediante acuerdos internos. Y cuando la principal amenaza es la división, la capacidad para construir consensos adquiere un valor superior al de cualquier encuesta.
Morena llegará al 22 de junio, fecha de inicio de los registros para las Coordinaciones Estatales de Defensa de la Transformación, enfrentando una decisión que va mucho más allá de la rentabilidad electoral inmediata.
La verdadera disyuntiva será elegir entre quienes han contribuido a tensar la vida interna del partido y quienes han privilegiado la institucionalidad, pues si algo ha dejado claro la dirigencia nacional es que la candidatura no será para quien más ruido haga, sino para quien mejor garantice la continuidad del proyecto.
En esa ecuación, la unidad sigue siendo el factor decisivo, y sólo hay un nombre que la potencializa: Óscar Flores Jiménez.