Nadie puede negar y mucho menos ocultar, que la crisis económica por la que atraviesa nuestro país ha deteriorado y dañado la imagen de los gobiernos en turno, en mayor o menor medida
En Tlaxcala, ni el propio González Zarur ha soslayado el hecho, por el contrario, lo ha reconocido públicamente en un gesto de honestidad.
En sus últimos eventos, el mandatario estatal ha admitido “falta mucho por hacer, pues el país y el mundo viven momentos difíciles”.
Se ha referido también a la reforma política instrumentada durante la presente administración de Enrique Peña Nieto, la cual ha permitido crear tribunas para criticar acciones de gobierno y de funcionarios; “los resultados quizás no los veremos nosotros pero sí nuestros hijos”, ha declarado.
Sin embargo, en este último año de gobierno, Mariano González Zarur tiene que enfrentar como cualquier otro mandatario en su momento, etapas de definición dentro de su equipo. Para algunos observadores el deterioro de la imagen gubernamental en el último año del sexenio es algo normal dentro de la historia política de México, por lo que no debe sorprender a nadie, ni provocar escándalos.
En esta ocasión, al igual que en el sexenio anterior, los problemas económicos encumbrados a nivel de crisis, hacen que el deterioro de la imagen del mandatario saliente sea mayor, ya que muchas de ello, la opinión pública se la atribuye al hombre que está a punto de concluir su periodo al frente del estado, o por lo menos eso dicen las encuestas.
Lo mismo sucedió con Alfonso Sánchez Anaya, con Héctor Ortiz Ortiz, y ahora con González Zarur.
El elogio se convierte en crítica o censura, el aplauso en rechifla, el acierto en error, la fraternidad en contubernio, el favor en compromiso y la amistad en complicidad.
Y los cambios de lealtades están a la orden del día, traducidas en posiciones o ‘acomodos’ en la siguiente administración. Negar y vender al otrora líder se vuelve algo cotidiano.
En esta ocasión Zarur, enfrenta o enfrentará también la hoguera de las vanidades, del desprestigio incluso articulado por sus antes más fieles escuderos. Nada de extrañar al final de un ciclo.
Muchos de quienes en años atrás hacían fe pública de lealtad a la política marianista ahora se muestran “sorprendidos”, “confundidos”, y hasta “molestos” por lo sucedido en el sexenio.
Muchos de ellos se lavan las manos, gritar voz en cuello que el siguiente –Marco Mena- ahora sí dará mejores resultados.
La obra de gobierno de González Zarur será juzgada irremisiblemente por la historia, tarde que temprano como ha ocurrido con sus antecesores.
Por nuestra parte, debemos reconocer que si la administración saliente ha tenido grandes aciertos, decisiones positivas y hechos relevantes, también deberá encarar fallas.
Aquellos que censurando, presumen suponer que obtendrán puntos buenos con el futuro gobernador; aquellos que “filtran” información, confidencial y negativa a los medios de difusión y que tuvieron o tienen alguna responsabilidad gubernamental; aquellos que aprovechan las reuniones de la campaña electoral, para hacer propuestas y sugerencias que no hicieron en el pasado por temor a perder la chamba; aquellos que fabrican rumores, son todos ellos una especie propia de tiempos de definición.
Esos acróbatas sexenales, que se dan en los tres niveles de gobierno, han demostrado que los intereses económicos y políticos pueden resultar más convincentes que la más férrea de las doctrinas: ellos que negarán hasta más de tres veces a quien tengan que hacerlo en su momento.