OPINIÓN

Alfonso Sánchez Anaya: la transición que no llegó a la democracia

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Lunes, Julio 27, 2026

La muerte del exgobernador Alfonso Sánchez Anaya obliga a hacer una valoración serena de su legado político. Como ocurre con los personajes que marcaron una época, la historia terminará separando los hechos de las pasiones y los afectos de las responsabilidades públicas. Y en ese balance hay un mérito que nadie podrá arrebatarle: haber encabezado la primera gran alternancia política en Tlaxcala al derrotar al PRI después de siete décadas de hegemonía.

Aquella victoria de 1998 abrió una nueva etapa para la vida política del estado. Miles de tlaxcaltecas vieron en el triunfo del PRD la posibilidad de construir instituciones más democráticas, gobiernos más abiertos y una forma distinta de ejercer el poder. La transición de partido fue un hecho histórico que modificó para siempre el mapa político de Tlaxcala.

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Sin embargo, una transición electoral no necesariamente significa una transición democrática. Con el paso de los años quedó claro que el cambio de siglas no implicó un cambio profundo en las formas de gobernar. Sánchez Anaya reprodujo muchas de las prácticas que durante décadas habían caracterizado al régimen que prometía sustituir: el control político, la concentración de decisiones y la construcción de un proyecto centrado en un grupo familiar.

El episodio más representativo fue su intento por convertir a su esposa, Maricarmen García, en su sucesora. Ya antes había impulsado su candidatura al Senado y posteriormente buscó llevarla a la gubernatura. La apuesta por la continuidad familiar terminó siendo uno de los factores que erosionaron su capital político y provocaron una fuerte reacción ciudadana que finalmente favoreció el triunfo de Héctor Ortiz Ortiz. Con la llegada del nuevo gobierno también comenzó el desmantelamiento de la estructura clientelar que durante años se había construido alrededor de organizaciones sociales y liderazgos territoriales. Esa red había sido fundamental para fortalecer el proyecto político de Sánchez Anaya, pero resultó insuficiente para garantizar su permanencia cuando cambió el signo del poder.

Los años posteriores confirmaron un patrón constante. Ni en el PRD ni después en Morena pudo asumirse como un demócrata dispuesto a privilegiar la competencia abierta sobre los intereses de su grupo político. De nueva cuenta impulsó en 2016 a su esposa como aspirante al gobierno estatal, pero las circunstancias políticas ya eran distintas y aquella operación nunca prosperó.

Ese episodio también marcó un distanciamiento con Andrés Manuel López Obrador que jamás logró recomponerse plenamente. Aunque posteriormente, desde la Coordinación de la Unidad Administrativa de la Secretaría de Gobernación, tuvo la posibilidad de que su esposa y su hijo ocuparan cargos menores dentro del gobierno federal, la relación política nunca recuperó la cercanía que en otros momentos existió. Aquella ruptura también limitó cualquier posibilidad de que Sánchez Anaya alcanzara responsabilidades de mayor nivel en la administración pública federal.

Este fin de semana concluyó su vida después de enfrentar un prolongado deterioro en su estado de salud. Con él desaparece uno de los protagonistas más importantes de la política contemporánea de Tlaxcala. Su nombre permanecerá inevitablemente ligado a la caída del viejo régimen priista en el estado. Ese es un mérito histórico indiscutible. Pero también se marchó sin ver consolidado el proyecto político familiar que durante años intentó construir. No alcanzó a presenciar a uno de los suyos ocupando nuevamente el despacho principal de Palacio de Gobierno. Y, por las condiciones que hoy presenta la contienda interna de Morena, ese escenario luce cada vez más distante. Las mediciones de opinión pública colocan a la senadora con licencia Ana Lilia Rivera Rivera al frente de las preferencias ciudadanas y la perfilan como la aspirante con mayores posibilidades de convertirse en la Coordinadora de la Defensa de la Cuarta Transformación en Tlaxcala, lo que reduce aún más las posibilidades de que el grupo político construido por Sánchez Anaya recupere la conducción del estado.

Como suele ocurrir con los personajes que marcaron una época, a Alfonso Sánchez Anaya la historia le reconocerá por haber derrumbado un régimen político que parecía invencible y por abrir la puerta a la alternancia en Tlaxcala. Pero también le recordará que esa alternancia no logró convertirse en una auténtica transformación democrática. Su mayor victoria política terminó siendo, al mismo tiempo, el origen de su principal contradicción.

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