OPINIÓN

“El Conejo”: entre la lealtad priista y la hipocresía política

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Lunes, Mayo 11, 2026

La muerte de Javier García González, conocido en la vieja clase política tlaxcalteca como “El Conejo”, marca la despedida de un priista de larga trayectoria, pero también revive las contradicciones y simulaciones que durante años han acompañado a la política local. Su fallecimiento dejó mensajes de reconocimiento desde distintos sectores del PRI, aunque algunos de ellos resultan difíciles de tomar con seriedad frente a los antecedentes políticos de quienes hoy buscan rendirle homenaje.

Uno de esos pronunciamientos fue el del dirigente estatal del PRI, Enrique Padilla Sánchez, quien aseguró que García González “fue un gran priista, un gran ser humano, que tenía un alma de maestro de las nuevas generaciones de priistas”. También sostuvo que Tlaxcala perdió a un hombre combativo, cercano a los principios de Luis Donaldo Colosio y pieza importante para que el partido funcionara durante décadas.

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Sin embargo, para muchos priistas de la vieja guardia, esas palabras contrastan con la propia trayectoria política de Padilla Sánchez. Javier García representaba precisamente a ese priismo tradicional que permaneció dentro del partido aun en los momentos de mayor crisis, mientras otros operadores políticos construían acuerdos, alianzas o rupturas de acuerdo con las circunstancias del poder.

La última cercanía política visible de García González ocurrió durante la campaña de Joaquín Cisneros Fernández en la elección de 1998, cuando el PRI perdió la gubernatura frente a Alfonso Sánchez Anaya, quien abandonó al tricolor para competir bajo las siglas del PRD. Aquella elección es recordada como uno de los episodios de mayor fractura interna del priismo tlaxcalteca y, desde entonces, distintas voces han señalado la participación de Enrique Padilla Sánchez dentro de las corrientes que operaron contra su propio partido.

Las acusaciones de traición política contra Padilla no terminaron ahí. En 2004 volvió a ser señalado por respaldar políticamente a Héctor Ortiz Ortiz, también surgido del PRI, pero convertido en candidato opositor. Y en 2021, dentro del propio priismo, persiste la percepción de que abandonó a Anabel Ávalos Zempoalteca para acercarse políticamente al proyecto de Lorena Cuéllar Cisneros, integración que posteriormente se reflejó en cargos dentro de la administración estatal, primero en la Universidad Politécnica de Tlaxcala y después en el Conalep.

Detrás de esos movimientos políticos aparece constantemente la influencia de Beatriz Paredes Rangel, considerada por años una de las figuras más poderosas del priismo tlaxcalteca y nacional. Dentro del propio PRI hay quienes sostienen que Enrique Padilla no responde realmente a los intereses de la militancia, sino a los acuerdos y decisiones de ese grupo político que ha logrado mantenerse vigente, incluso en escenarios donde el partido perdió fuerza electoral y presencia social.

La preocupación de varios sectores priistas es que esa misma lógica vuelva a repetirse rumbo a la elección de 2027. La percepción de que el PRI continúa subordinado a intereses de élite y acuerdos cupulares alimenta el desencanto de una militancia cada vez más reducida y distante de sus dirigentes. Mientras tanto, personajes como Javier García González desaparecen sin que el partido al que dedicaron décadas parezca conservar ya los principios de lealtad y permanencia que alguna vez presumió.

Por eso, la despedida a Javier García González también deja una reflexión incómoda para el PRI tlaxcalteca: mientras desaparecen figuras identificadas con la militancia histórica y la lealtad partidista, el control político del partido parece mantenerse en manos de grupos que han privilegiado acuerdos personales y de poder antes que la identidad priista. Triste adiós para “El Conejo”, un personaje que, con sus claroscuros, perteneció a una generación que entendía la militancia como permanencia y no como conveniencia.

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