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Los gobiernos no se sostienen únicamente con presupuesto, programas y obras. La historia demuestra lo contrario. Las grandes transformaciones comienzan mucho antes, en el terreno de las ideas, los principios y la ética pública.
A dos años del triunfo de la presidenta Claudia Sheinbaum, conviene recordar que los resultados que hoy observamos en México y en Tlaxcala no surgieron por generación espontánea.
Detrás de cada escuela rehabilitada, de cada beca entregada y de cada nueva universidad existe una decisión política fundamental, se trata de colocar el poder al servicio del pueblo y no de los privilegios.
Durante décadas se nos hizo creer que gobernar consistía en administrar intereses económicos y repartir favores entre grupos de poder.
La Cuarta Transformación rompió con esa lógica. Recuperó una idea profundamente republicana y profundamente juarista: el dinero público es sagrado porque pertenece al pueblo.
Esa convicción ética explica que en Tlaxcala se hayan destinado cerca de 1,200 millones de pesos a La Escuela es Nuestra desde el año 2020, por cierto me tocó arrancar ese programa en Tlaxcala.
Que se fortalezcan los bachilleratos, que se impulse la Universidad Intercultural, la Universidad Nacional Rosario Castellanos y la UPIIT del Instituto Politécnico Nacional. Los resultados materiales son consecuencia de una filosofía política que prioriza a las personas antes que a los intereses particulares.
Por eso la discusión de fondo no es solamente cuánto se ha construido, sino qué valores sostienen esa construcción. El Humanismo Mexicano plantea que el desarrollo debe surgir desde abajo, la Economía Moral que la riqueza debe distribuirse con justicia y que la soberanía nacional no puede negociarse.
Cuando la presidenta convoca a informar en las plazas públicas y a defender la patria, no está llamando únicamente a respaldar un gobierno. Está convocando a defender una forma de entender a México. Una nación libre, soberana y democrática donde el poder sirva al pueblo y no al revés.
Porque las escuelas, las becas y las universidades pueden construirse. Lo verdaderamente difícil es construir una ética pública capaz de sostenerlas durante generaciones. Esa es la tarea de nuestro tiempo y también la responsabilidad de quienes creemos que la patria no se vende, porque la patria se ama, se organiza y se defiende.
Con afecto, firmeza republicana, y orgullo soberano, para mis dos amables y únicos lectores y para tres servidores públicos que crean en el camino ético como la mejor forma de retener el poder y ponerlo al servicio del pueblo.