Los movimientos políticos no se debilitan cuando se miran críticamente al espejo; por el contrario, se fortalecen cuando tienen la madurez suficiente para reconocer sus riesgos y corregir sus desviaciones.
La historia de la izquierda mexicana está llena de luchas contra el autoritarismo, el amiguismo y el uso del poder para construir privilegios.
Sería una contradicción histórica permitir que esas prácticas encontraran refugio en quienes nacimos precisamente para combatirlas.
A medida que se acercan los procesos internos para definir las coordinaciones estatales rumbo a 2027, la principal discusión no debería centrarse únicamente en quién tiene mayor presencia pública o capacidad de movilización, sino en quién representa de mejor manera los principios del Humanismo Mexicano, como honestidad, compromiso con el pueblo, capacidad de gobernar y una trayectoria de congruencia.
En esta ocasión quiero recomendar la entrevista del senador Javier Corral. Me parece especialmente interesante escuchar su reflexión, pues su trayectoria política le permite hablar desde la experiencia de haber formado parte de una oposición que terminó alejándose de sus principios democráticos, particularmente durante los años en que Vicente Fox encabezó el gobierno federal.
Corral invita a una discusión necesaria, ningún proyecto de transformación está exento de riesgos cuando los procesos de selección se alejan de la ética y se subordinan a grupos de interés, relaciones personales o lealtades circunstanciales.
La verdadera unidad de un movimiento no consiste en la ausencia de debate, sino en la coincidencia profunda sobre los principios que le dieron origen.
En la Cuarta Transformación debemos recordar que la lealtad más importante no es hacia un grupo, una corriente o una persona en particular; la lealtad superior es con el proyecto de nación, con sus valores fundamentales y, sobre todo, con el pueblo que ha depositado su confianza en este proceso histórico.
Tanto López Obrador como la presidenta Claudia Sheinbaum han insistido en que el poder sólo tiene sentido cuando se pone al servicio de la gente. Esa visión debe orientar también los procesos internos, pues quienes aspiren a una responsabilidad pública deben demostrar no sólo capacidad política, sino autoridad moral, compromiso social y una conducta coherente con los ideales que defendemos.
En 2027 no sólo estará en juego una elección. Estará a prueba la capacidad de nuestro movimiento para demostrar que puede ejercer el poder sin reproducir los vicios que durante décadas combatió. Elegir bien no es un asunto de conveniencia política inmediata; es una responsabilidad histórica con el pueblo de México.
Con afecto, y con convicción transformadora para mis dos amables y únicos lectores.