En los pasillos del Palacio de Gobierno de Tlaxcala se respira un aire denso, una mezcla tóxica de resignación, temor y un hartazgo apenas contenido.
Mientras la realidad estatal se impone con sus propias urgencias, la administración de la gobernadora Lorena Cuéllar ha decidido que la prioridad absoluta, el centro gravitacional de la existencia pública y el destino final de los nada despreciables recursos estatales, no es resolver las crisis de inseguridad y pobreza que aquejan a la ciudadanía, sino consagrar el "gran legado" de la mandataria.
No importa el costo, ni la obscenidad del gasto cuando las necesidades apremian; lo que importa es la narrativa. Y, de paso, asegurar que el delfín político de la casa, Alfonso Sánchez García —alcalde con licencia fast track—, no se quede atrás en esta maquinaria de promoción pagada con el erario.
Esta nueva estrategia de posicionamiento, presentada recientemente ante un gabinete legal que asiste con el silencio cómplice de quien sabe que su opinión es prescindible, no busca la eficacia gubernamental, sino el culto a la personalidad.
Los secretarios, relegados a la categoría de meros peones cuya única función es no tocar el dinero que no sea suyo del presupuesto —porque ese privilegio es de los de arriba—, deben mantener la disciplina; ellos han comprendido tarde que no son parte de este festín de vanidad.
La operación de "enaltecer la imagen y magnificar el legado" es un privilegio exclusivo de la gobernadora. Para los funcionarios, solo queda mantenerse obedeciendo órdenes y operando para el delfín. Son sujetos de una vigilancia estrecha y la advertencia implícita de no aliarse con ninguna facción considerada enemiga.
El artífice de esta puesta en escena, el "dictador del podio" y coordinador de Comunicación Social, Antonio Martínez Velázquez, ha logrado convencer a la gobernadora de que su popularidad, otrora fracturada, ha sido milagrosamente restaurada.
Es aquí donde la política se convierte en un ejercicio de prestidigitación.
Se le ha vendido a la mandataria que el pueblo tlaxcalteca la adora, una verdad construida en los laboratorios de marketing. En política, suele decirse que "la percepción es la verdad", pero cuando esa percepción se fabrica mediante montajes cuidadosamente coreografiados, la realidad se vuelve una farsa.
Es bien sabido que en los eventos oficiales donde la gobernadora se siente vitoreada, la espontaneidad brilla por su ausencia. Se trata de convocatorias controladas, donde los asistentes —a menudo beneficiarios de programas o empleados públicos con la instrucción de asistir— reciben su respectivo "estímulo" económico, alimentos y, por supuesto, pancartas con consignas previamente redactadas que deben lucir con entusiasmo ante las cámaras.
Es el teatro de lo real, donde la legitimidad se compra por jornada.
Resulta fascinante observar cómo el desempeño de la gobernadora Cuéllar se ha movido en un terreno de contrastes tan agudos que resultan desconcertantes: mientras algunas encuestadoras —habitualmente ligadas a los contratos de comunicación— la sitúan en la cúspide de la aprobación nacional, la gran mayoría de las mediciones independientes y serias, aquellas que no tienen acceso a las arcas estatales, la colocan sistemáticamente en los últimos lugares de desempeño.
Pero para el equipo de comunicación, esta dicotomía es irrelevante; lo que importa es la encuesta que se puede pagar, la narrativa —como pomposamente le dicen—, la que se puede publicar y la que sirve de base para el discurso del "éxito rotundo".
La empresa de marketing contratada para tan "titánica" tarea de difundir el legado de la gobernadora es una entidad relativamente nueva que tiene una encomienda clara: la saturación. Pronto veremos el rostro del "legado" en cada rincón, en cada barda, espectacular, cómic y poste de luz. Pasquines por cientos de miles tirados en las calles.
No habrá evento, ni cazo de mole prieto, que se salve de la presencia publicitaria que grita la gloria de la administración. Y con esta misma empresa y red de promoción, con cargo al Gobierno del Estado, ya se ha estado operando el posicionamiento de Alfonso Sánchez García.
La consigna para él es clara: "va porque va". La estrategia digital, a través de mensajería instantánea, ya preparó el terreno, dando por sentado que el delfín ya ganó y que los demás aspirantes —incluso aquellos que simulan una contienda interna en Morena— deberían ir tomando sus pertenencias y retirarse, pues la decisión ya fue tomada en las sombras del poder.
Es un circo de tres pistas, orquestado con una precisión casi cínica.
Tenemos listos a los malabaristas que intentan mantener el equilibrio entre el desastre administrativo y la propaganda, los trapecistas que se juegan la carrera política y, por supuesto, la figura del "payaso de las cachetadas", ese personaje que debe salir a dar la cara en los "Diálogos" para explicar lo inexplicable, para intentar justificar las recurrentes crisis y los desatinos de un gabinete que ya no sabe cómo disimular su propia obsolescencia.
Un consejo final para el refinado señor Vocero, cuya maestría en la confusión es digna de estudio: al gestionar las redes sociales de la gobernadora, tenga al menos la cortesía de la constancia. No es recomendable publicar invitaciones a eventos —como al partido de fútbol que decidió borrar minutos después— para luego desaparecer la evidencia.
Esa volubilidad solo logra desorientar a la manada de seguidores, tanto a los reales como a las granjas de “bots chinos” que usted mismo controla, y revela una inseguridad operativa que no ayuda en nada a la imagen que tanto dinero está costando construir.
Tlaxcala presencia hoy el despliegue de una política que ha decidido cambiar la gobernanza por el marketing de guerra. Mientras el "dictador del podio" despliega sus carpas y asegura que el espectáculo no debe detenerse, la ciudadanía observa cómo, en nombre de un "gran legado" del que nadie conoce los frutos, se desperdician recursos.
En un escenario de verdadera austeridad y eficiencia, esa lana habría servido para mejorar la vida de los tlaxcaltecas, y no para pavimentar el camino de los elegidos.
Al final, el circo terminará, los reflectores se apagarán y el "legado" deberá enfrentar el examen más difícil de todos: la memoria de un pueblo que, a pesar de los montajes y las encuestas pagadas, siempre termina por distinguir la realidad de la propaganda.