Miércoles, Junio 24, 2026
Una persona revisa sus redes sociales antes de dormir. De pronto aparecen fotografías de una reunión a la que no asistió, imágenes de un viaje que otros disfrutan o videos de algún influencer que parece recorrer el mundo, asistir a eventos exclusivos y vivir experiencias extraordinarias de manera constante.
No se trata únicamente de curiosidad. Lo que emerge es una sensación incómoda: la impresión de que algo importante está ocurriendo en otra parte y de que uno debería estar allí.
A este fenómeno se le conoce como FOMO, siglas de la expresión inglesa Fear of Missing Out, que puede traducirse como el miedo a perderse algo. Aunque el sentimiento no es nuevo, las redes sociales han modificado profundamente la manera en que lo experimentamos.
Lo que antes permanecía fuera de nuestra vista hoy aparece de forma constante en las pantallas de nuestros dispositivos. Durante gran parte de la historia, las personas desconocían la mayoría de los acontecimientos que ocurrían lejos de su entorno inmediato.
Sin embargo, las plataformas digitales permiten observar, casi en tiempo real, actividades, celebraciones, viajes, eventos y experiencias de cientos o miles de personas.
La ausencia ya no pasa desapercibida; ahora se vuelve visible. Más aún, las redes han ampliado enormemente los espacios de comparación social. Durante mucho tiempo, las personas se comparaban principalmente con familiares, vecinos, compañeros de escuela o colegas de trabajo.
Hoy, en cambio, pueden observar de manera constante la vida de celebridades, influencers, viajeros y creadores de contenido que parecen vivir una sucesión interminable de momentos excepcionales.
El resultado es una comparación desigual: mientras conocemos nuestra vida cotidiana con sus rutinas, dificultades y limitaciones, solemos observar únicamente los momentos más exitosos y atractivos de los demás.
El sociólogo Zygmunt Bauman sostenía que vivimos en una modernidad líquida caracterizada por la velocidad, la incertidumbre y la sensación de que siempre existe una nueva oportunidad esperando.
En este contexto, el FOMO puede interpretarse como una manifestación de la ansiedad contemporánea: el temor constante de estar dejando escapar experiencias que parecen más atractivas que las propias.
Esta dinámica puede traducirse en formas cotidianas de ansiedad. No necesariamente se manifiesta como un problema clínico, sino como una sensación persistente de inquietud, de estar perdiéndose oportunidades, experiencias o momentos que parecen importantes.
Paradójicamente, mientras más información recibimos sobre la vida de los demás, mayor puede ser la percepción de que siempre existe un lugar mejor donde estar o una experiencia más interesante que vivir.
Las redes sociales no crearon este sentimiento, pero sí amplificaron sus efectos. Historias que desaparecen en pocas horas, tendencias pasajeras y contenidos efímeros generan una sensación de urgencia permanente.
En una época marcada por la hiperconexión, el verdadero desafío podría no consistir en participar en todo, sino en reconocer que ninguna persona puede vivir todas las experiencias al mismo tiempo.
Después de todo, la vida también transcurre en aquellos momentos que las redes sociales nunca llegan a mostrar: en las conversaciones cotidianas, los silencios compartidos y las experiencias que no necesitan ser publicadas para tener significado.