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Lo ocurrido en San Damián Texóloc es apenas el inicio de algo que se ve venir en otros municipios. El presidente municipal, David Sánchez Rincón, decidió celebrar el Día del Padre dos semanas después de la fecha oficial, justamente el mismo día en que la senadora con licencia y aspirante a la Coordinación en Defensa de la Cuarta Transformación, Ana Lilia Rivera Rivera, encabezaría una asamblea informativa en el municipio. No fue casualidad.
El alcalde echó la casa por la ventana: comida en abundancia, lucha libre, rifas de carretillas e insumos para el campo y toda una estrategia para atraer a la población. Llama la atención porque se trata del mismo presidente municipal que durante el primer año de su administración se distinguió por una política de austeridad, incluso en celebraciones tradicionales como el Día de la Madre. De pronto, cuando había que competir políticamente con Ana Lilia Rivera, el dinero apareció y la austeridad dejó de ser prioridad.
La explicación política no resulta complicada. David Sánchez Rincón forma parte del grupo cercano a la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros y ha expresado su respaldo al alcalde capitalino con licencia, Alfonso Sánchez García. En ese contexto, el festejo extemporáneo deja de ser un acto administrativo para convertirse en una operación política destinada a restarle asistencia e impacto a una actividad de quien hoy representa la principal competencia interna rumbo a la definición de la Coordinación en Defensa de la Cuarta Transformación.
Lo preocupante es que este episodio no aparece aislado. Desde hace meses existen señalamientos sobre el seguimiento que distintas áreas gubernamentales realizan a las actividades de la hoy senadora con licencia Ana Lilia Rivera. Operadores políticos y funcionarios monitorean sus recorridos y reportan directamente a Palacio de Gobierno. Si eso ya representaba un uso cuestionable del aparato institucional en una disputa interna, ahora el paso siguiente parece ser el boicot abierto mediante gobiernos municipales alineados al grupo en el poder.
Quienes durante años denunciaron el uso faccioso de las instituciones hoy parecen recurrir exactamente a las mismas prácticas que antes criticaban. Cambian los actores, pero el libreto permanece intacto: utilizar posiciones de gobierno para beneficiar a un proyecto político y obstaculizar a quien representa una alternativa dentro del mismo movimiento. Esa no es la transformación que millones de mexicanos respaldaron.
Paradójicamente, estas maniobras terminan enviando un mensaje distinto al que pretenden construir. Si un liderazgo requiere movilizar gobiernos municipales, modificar agendas oficiales y organizar eventos paralelos para intentar disminuir la convocatoria de una adversaria interna, quizá el problema no sea la fuerza de Ana Lilia Rivera, sino el temor que provoca su crecimiento político. Nadie despliega semejante operación contra un perfil irrelevante.
La historia política demuestra que los boicots rara vez detienen un proyecto cuando éste logra conectar con la ciudadanía. Por el contrario, suelen alimentar la percepción de que existe miedo a la competencia abierta.
Lo sucedido en Texóloc retrata el momento que vive Morena en Tlaxcala. Mientras unos recorren el estado buscando convencer a la militancia y a la ciudadanía, otros parecen concentrar sus esfuerzos en impedir que esos encuentros ocurran. Es la diferencia entre construir liderazgo y administrar el poder.
El gesto de Texóloc fue claro: el grupo gobernante ya no sólo compite, ahora también boicotea. Y esa práctica evidencia que la verdadera preocupación ya no está en quien recorre el estado y sus comunidades, como es el caso de Ana Lilia Rivera, sino en quien observa, desde el poder, cómo ese recorrido sigue creciendo pese a todos los obstáculos.