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En la política, tarde o temprano, la realidad termina por imponerse sobre los discursos. Con Marcela González Castillo eso ocurrió: siempre quiso mantener una imagen de control, institucionalidad y disciplina partidista. Sin embargo, fue exhibida en su realidad: no quería dejar el cargo y finalmente tuvo que anunciar su salida cuando la presión política hizo imposible sostener la simulación.
La renuncia “irrevocable” de Marcela González, fechada el pasado 17 de junio, fue presentada, pero no comunicada públicamente. La ciudadanía y la militancia no conocieron la decisión por voluntad propia de la dirigente, sino hasta que el documento terminó filtrándose a medios de comunicación. Si la decisión estaba tomada, ¿por qué ocultarla?
La respuesta parece estar en la propia forma en que se condujo su salida. Porque sí renuncia, pero al mismo tiempo intenta permanecer. Su argumento de que dejará la dirigencia hasta que sea publicada la convocatoria para elegir a la nueva presidenta estatal de Morena representa una interpretación conveniente de su propia responsabilidad. Es una salida a medias, una renuncia condicionada, una manera de abandonar el cargo sin soltar completamente el control. Una maniobra para conservar influencia hasta el último momento.
Y es que la dirigencia estatal de Morena no puede entenderse únicamente como un cargo administrativo. Desde esa posición se toman decisiones políticas, se articulan estructuras territoriales y se genera interlocución con la militancia. Por ello, quien ocupa esa responsabilidad debe garantizar imparcialidad, especialmente cuando existen actores con aspiraciones políticas dentro del mismo partido. Ese principio quedó severamente cuestionado durante la gestión de Marcela González Castillo.
La dirigencia morenista en Tlaxcala ha sido señalada por operar políticamente en favor de su esposo, Alfonso Sánchez García, hoy alcalde con licencia de la capital del estado y uno de los nombres impulsados dentro de la sucesión gubernamental. La estructura partidista, lejos de percibirse como un espacio de equilibrio interno, terminó siendo vista como una plataforma al servicio de un proyecto personal.
El episodio de la marcha en defensa de la soberanía nacional terminó por exhibir aún más esa falta de separación entre la función partidista y los intereses de grupo. La intención de Marcela González de participar públicamente en ese acto junto con la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros y el propio Alfonso Sánchez García generó cuestionamientos dentro de Morena. La dirigencia nacional tuvo que intervenir para evitar que la presidenta estatal del partido apareciera en una actividad que podía profundizar la percepción de parcialidad.
Ese llamado de atención no fue menor. Representó una señal política en el sentido de que la dirigencia estatal no puede convertirse en instrumento de promoción de un solo grupo o de un solo aspirante. Por ello es que Marcela González Castillo deja, como saldo, una dirigencia cuestionada por su falta de imparcialidad. En lugar de conducir un partido plural, con capacidad para escuchar a sus distintas expresiones internas, terminó asociada a una operación política en favor de un proyecto específico.
Morena en Tlaxcala necesita una dirigencia que cuide al partido, no que lo ponga al servicio de intereses particulares. Necesita una conducción que garantice piso parejo para todos los aspirantes y que recupere la confianza de una militancia que observa con preocupación cómo viejas prácticas políticas comienzan a reproducirse dentro de un movimiento que llegó al poder bajo la promesa de transformación.
Por eso, la salida de Marcela González no debe ser sólo como un cambio de nombre en la dirigencia estatal. Debe representar el cierre de una etapa marcada por la confusión entre partido y gobierno, entre responsabilidad institucional y proyecto personal.
¿Por qué? Porque el problema no es únicamente que deje la presidencia de Morena, sino que abra una nueva etapa en Tlaxcala. Una etapa donde la dirigencia deje de responder a intereses familiares o de grupo y vuelva a representar a la militancia.