Miércoles, Agosto 12, 2026
¿Qué ocurre en el cerebro de un adolescente cuando toma una decisión? La pregunta puede parecer ajena al derecho, pero resulta fundamental cuando hablamos de adolescentes que participan en hechos con apariencia de delito. Frente a un delito grave, la reacción social suele ser pedir una respuesta contundente: si sabía lo que hacía, ¿por qué no habría de recibir el mismo castigo que un adulto? La respuesta exige mirar más allá del delito y detenernos, por un momento, en el cerebro adolescente.
La adolescencia no es simplemente una etapa de transición entre la infancia y la vida adulta; es también un periodo de profunda transformación cerebral. Durante estos años, las conexiones neuronales experimentan importantes modificaciones. A través de la sinaptogénesis se forman conexiones que posteriormente son reorganizadas mediante un proceso conocido como poda sináptica, por el cual el cerebro elimina conexiones innecesarias y fortalece aquellas que resultan más eficientes.
Este proceso no termina al llegar a la adolescencia. Continúa durante esos años e incluso puede prolongarse hasta los veinte o treinta años, particularmente en la corteza prefrontal. Esta región del cerebro participa de manera fundamental en funciones que tienen una enorme importancia para la conducta: el control de los impulsos, la planificación, la toma de decisiones, la valoración de riesgos y la regulación emocional.
¿Por qué debería importarnos esto cuando hablamos de justicia?
Porque un adolescente puede comprender que una conducta es ilícita y, aun así, no contar con el mismo nivel de desarrollo que un adulto para controlar sus impulsos, valorar las consecuencias futuras o resistir determinadas influencias externas. Comprender una regla y tener plenamente desarrolladas las capacidades necesarias para regular la conducta no son exactamente la misma cosa.
Aquí aparece uno de los puntos más importantes del debate. Reconocer el desarrollo incompleto del cerebro adolescente no significa negar su responsabilidad. Significa comprender que esa responsabilidad debe analizarse considerando una condición evolutiva distinta a la de un adulto.
Incluso desde la perspectiva de la culpabilidad penal, la neurociencia ofrece elementos que no deberían pasar inadvertidos. El dolo comprende un componente cognitivo —el conocimiento de los hechos— y uno volitivo —la voluntad de realizar la conducta—. Sin embargo, ambos elementos deben analizarse considerando el grado de madurez del adolescente y su contexto familiar, educativo y social.
Esto resulta especialmente relevante cuando, después de un delito cometido por un adolescente, surge la exigencia de juzgarlo como adulto. La indignación ante un delito puede ser legítima; lo que debemos evitar es que esa indignación nos lleve a ignorar lo que la ciencia ha permitido conocer sobre el desarrollo humano.
Además, el cerebro no se desarrolla aislado del entorno. La conducta adolescente también está relacionada con las circunstancias en las que una persona crece. La pobreza, la exclusión social, la violencia familiar, el maltrato, el abandono escolar, la desigualdad, la inseguridad, el acceso a sustancias psicoactivas, la influencia de grupos delictivos y la ausencia de redes familiares de apoyo son algunos de los factores de riesgo identificados en el análisis. Ninguno determina por sí mismo que un adolescente vaya a delinquir, pero pueden incrementar esa posibilidad.
Por ello, si realmente queremos reducir la delincuencia juvenil, la respuesta no puede limitarse al castigo. El Sistema Integral de Justicia Penal para Adolescentes parte de una finalidad socioeducativa que busca favorecer el desarrollo integral, fortalecer las capacidades del adolescente y propiciar su reintegración familiar y comunitaria.
En última instancia, entender el cerebro adolescente no significa justificar el delito, minimizar a las víctimas ni renunciar a la responsabilidad. Significa algo más sencillo y, al mismo tiempo, más profundo: entender a quién estamos juzgando.
Un adolescente puede saber que una conducta está prohibida y ser responsable de haberla realizado. Pero también puede encontrarse en una etapa en la que su cerebro continúa desarrollando precisamente aquellas capacidades que utilizamos para controlar los impulsos, anticipar consecuencias y tomar decisiones.
Tal vez por eso, antes de preguntarnos si un adolescente merece ser castigado como un adulto, deberíamos preguntarnos qué nos dice la ciencia sobre ese cerebro que todavía está en construcción. Porque una justicia verdaderamente eficaz no tiene que elegir entre responsabilidad y comprensión: necesita de ambas.