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Pocos lo saben, pero en aquella reunión que sostuvieron la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros, el exrector de la Universidad Autónoma de Tlaxcala y actual diputado local Héctor Ortiz Ortiz, y el alcalde con licencia de la capital, Alfonso Sánchez García, hubo un personaje más.
Uno que, por su posición actual, difícilmente podría aparecer en la fotografía, pero cuya presencia política resulta imposible ignorar: Marco Antonio Mena Rodríguez, exgobernador de Tlaxcala y actualmente cónsul general de México en San Francisco, California.
La reunión, según la versión que ha comenzado a circular en los círculos políticos locales, habría ocurrido por instrucción de Beatriz Paredes Rangel.
Y ahí es donde la historia deja de ser una simple reunión de políticos y adquiere otra dimensión. Sobre todo, porque Beatriz Paredes no es una figura ajena a Tlaxcala ni a sus entramados políticos. Tampoco es una espectadora inocente de los procesos electorales. Su trayectoria le ha permitido construir relaciones, alianzas y lealtades que trascienden partidos y coyunturas.
Paredes Rangel y Ana Lilia Rivera Rivera compartieron escaño en el Senado de la República. Fueron compañeras de legislatura, pero hoy sus caminos políticos parecen encontrarse en una disputa distinta: la sucesión de Tlaxcala. Beatriz Paredes no quiere a Ana Lilia Rivera en Palacio de Gobierno.
No sería la primera vez que la política tlaxcalteca interviene, desde la distancia, en una sucesión que formalmente no le pertenece. Hay un antecedente que resulta inevitable recordar.
Cuando Lorena Cuéllar buscó la gubernatura, Beatriz Paredes tuvo que decidir entre dos mujeres que, en distintos momentos, habían formado parte de su entorno político: Lorena Cuéllar y Anabel Ávalos Zempoalteca.
El desenlace es historia conocida. Lorena Cuéllar llegó al gobierno y Anabel Ávalos quedó en el camino. Fue una muestra de que las viejas estructuras políticas saben sobrevivir cambiando de camiseta
Hoy, varios años después, Paredes Rangel vuelve a aparecer. Pero esta vez no desde el PRI. No de manera abierta. Su apuesta tiene nombre y apellido: Alfonso Sánchez García.
¿Qué tendría que ver una exdirigente priista, exgobernadora y exsenadora con la disputa interna de Morena en Tlaxcala? La respuesta está precisamente en la lógica del poder.
Las viejas élites políticas no desaparecen cuando pierden una elección. Tampoco necesariamente desaparecen cuando pierden un partido. Se reacomodan, construyen nuevas relaciones y buscan conservar capacidad de influencia. Cambian las siglas, pero no necesariamente cambian los métodos.
Por eso resulta pertinente mirar con atención la reunión entre Lorena Cuéllar, Héctor Ortiz, Alfonso Sánchez y Marco Antonio Mena.
La coyuntura es clara: Morena se encuentra frente a la definición de quién encabezará en Tlaxcala la defensa de la Cuarta Transformación rumbo a 2027.
Ahí aparece Ana Lilia Rivera. Y ahí aparece Alfonso Sánchez.
Una representa una trayectoria construida durante décadas en la izquierda y dentro del movimiento que llevó a Andrés Manuel López Obrador a la Presidencia de la República. El otro representa una nueva generación política, pero también una red de relaciones con quienes hoy tienen el control institucional del estado.
La pregunta entonces no es solamente quién va arriba o quién tiene más simpatías, sino quién está moviendo las piezas detrás del tablero.