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Domingo, Noviembre 23, 2014
La semana que concluyó signó una página memorable en los archivos de la conciencia social, las múltiples manifestaciones que se registraron en la inmensidad del territorio azteca, agregando también, y no es cosa menor, la solidaridad desplegada en muchos países del hemisferio, han colocado a México como punto de referencia del hartazgo colectivo ante la corrupción, la impunidad, la acumulación del capital en unas cuantas manos y la ausencia de justicia.
No pudo programarse mejor conmemoración, al movimiento revolucionario de 1910, que el monumental desfile de convicciones protagonizado por los padres de los jóvenes normalistas de Ayotzinapa. Desde el planteamiento de recorrer todo el país para informar de manera directa a la ciudadanía, las tres caravanas responsables de difundir el mensaje de agravio nacional consiguieron los efectos esperados. En todos los estados de la República quedó sembrada la semilla de la reivindicación ciudadana, ante la coalición de ofensas perpetradas por el lánguido sistema político imperante.
La caravana que tuvo como encomienda hacer sitio en Tlaxcala capital, cumplió con su cometido de despertar espíritus combativos y de lucha. Pero para no variar, el gobierno de Tlaxcala asumió una postura de ESTUPOR al desplegar un operativo de “seguridad” deleznable y carente de respeto al derecho inalienable de libertad de expresión y movilización. El operativo inhibió mayor participación de la testimoniada, sin embargo, las columnas de los contingentes fueron innumerables y las palabras pronunciadas en el templete llegaron al corazón de los hogares tlaxcaltecas, pese a la estulta actitud del gobernador por reprimir el auténtico cansancio social hacia los funcionarios en sus distintos niveles, identificados con el mismo sello del “poder” corrupto y corruptor que ejercen.
Resultaron verdaderamente impresionantes las imágenes de los ríos de seres humanos que formaban esa ad infinitum estela de clamor popular, las históricas avenidas de la capital del país volvieron a ser aliadas de una nueva gesta patriótica. La llamada clase política padece un inicial insomnio de culpa y persecución, producto de sus desatinadas decisiones selectivas y desprovistas de un mínimo interés por la mayoría de la población. El más golpeado por este ignoto estatus ha sido el presidente de la República, sus reflejos políticos sólo alcanzan para descifrar fórmulas cupulares, no así para entender y atender los reclamos de las mujeres y hombres de a pie.
Un ingrediente de alta repugnancia social, agregado a la larga lista de insultos oficialistas, ha sido el telenovelesco libreto del Proyecto de Mansión (La Casa Blanca) protagonizado por el propio presidente de la República y su esposa. Un claro y evidente conflicto de intereses quedó ejemplificado por el titular del Poder Ejecutivo federal, elemento indiscutible de la rampante voracidad de los recursos públicos en favor de quienes ostenta el poder. En el exterior, la imagen del gobierno mexicano se ubica en las mazmorras del descredito social, político, económico y de inseguridad pública, análisis consignados en lo más conspicuo de la prensa internacional como The Guardian, The New York Times, The Economist, El País, entre otros. El gobierno federal priísta ha demostrado su incalculable ambición por expoliar la riqueza nacional en favor de una pequeña casta del poder nacional e internacional, agudizando la brecha de la desigualdad social.
La manifestación del 20 de noviembre puso al descubierto el descontento social concentrado por varias décadas, encontrando en la desaparición forzada de los 43 jóvenes normalistas de Ayotzinapa el punto de inflexión para reclamar, por la vía de la libertad de expresión, los derechos que han sido conculcados por una clase dominante. Escenas nunca vistas contra el gobierno han colocado al presidente de la República en el rincón del linchamiento masivo, la insatisfacción de millones de hogares que sufren día a día ven con justificable indignación la “ampliación” de una casa que es edificada y “donada” al amparo de contratos de obra pública, pequeña gratificación como muestra de agradecimiento.
La “pobre” primera dama es echada al ruedo para justificar los “negocios turbios” de su esposo el presidente, cada vez más se auto-hunde el titular del Poder Ejecutivo Federal. Con montajes y libretos de telenovela, el matrimonio presidencial intenta explicar lo que con toda claridad revelan los excesos y lujos extremos de los actuales inquilinos de los Pinos. Por eso digo que, palo dado ni Dios lo quita.