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Miércoles, Noviembre 25, 2015
Detrás del Secreto profesional debe estar la verdad. Julian Andrade. Unam.
Qué es más importante: ¿una legislación de que garantice el Secreto Profesional para los periodistas o lograr una ley que ampare los derechos de todas las personas a estar inf ormadas?
Si la respuesta correcta fuera la primera, ¿los testigos de honor que acompañan dicha iniciativa sirven para llegar a ese camino? ¿Acaso no, de respetarse los derechos en este país, las comisiones de derechos humanos tendrían una sin razón de existir? O mejor aún ¿acaso no el poder judicial, con la reforma a los derechos humanos, debe interpretar las normas privilegiando los tratados internacionales de la materia favoreciendo en todo tiempo a las personas la protección más amplia?
Luego entonces, ¿Se debe crear una ley especial para proteger a los periodistas o sería mejor abrogar los delitos vs el honor o la difamación de la ley penal, para, precisamente, evitar llamados a aclarar textos y revelar sus fuentes?
Si la salida, como intentan los representantes de la "Unión", es presionar a los diputados locales a crear dicha norma, ¿por qué no estimular también en dicha ley el periodismo de investigación y de paso reprimir políticas informativas que estimulen alejarse del rumor y apegarse a la ética profesional, sin sufrir el síndrome de Estocolmo a la hora de firmar un convenio?
¿Tampoco se vale incluir, en la parte de las motivaciones, establecer sanción jurídica ni pública para los medios que propaguen chismes o verdades a medias? O ¿Por qué no también censurar la dicotomía de quienes, por vía de acuerdo y amparados en "fuentes ocultas" desprestigian la vida privada de enemigos políticos a cambio de favorecerse de publicidad oficial? ¿En dicha iniciativa de ley, no es válido el tema de la trasparencia?
¿Acaso no el tráfico de favores pagados no promueven también la impunidad y atentan contra la propia democracia?
La ausencia de dicha ley (la del secreto profesional) tampoco es casual; le sirve a la clase gobernante en turno y a sus procuradores para lograr "equilibrios" de quienes escriben e informan.
Pero no todo es malo en la vida, con dicha ley que ampare el secreto profesional, una vez discutida, también debería proveer garantías a los ciudadanos de defenderse de ataques dolosos y difamatorios de medios con perfiles falsos, auspiciados desde la sombra del "secreto profesional", que demeritan a sus propios colegas quiene ejercen su profesión con dignidad y veracidad. Eso es lo que debería contener como elementos mínimos, si se espera una ley realmente progresista; con objetivos generales y abstractos, como exige el derecho constitucional parlamentario y los límites de la libertad de expresión trazados por la Suprema Corte de Justicia.
Es verdad, el secreto profesional es necesario en ciertas áreas del conocimiento pero sobre todo en áreas del Poder. Dicha ley, también debería apelar por manuales o estatutos de ética de redacción en cada medio para que el ciudadano ejerza su derecho a ser informado con notas claras, verdaderas, objetivas, sin sufrir del exceso de adjetivos que califiquen la acción de quiénes las encabezan, para bien o para mal de ellos mismos.
La independencia del derecho a pensar, a escribir y a publicar tampoco condiciona la ausencia de dicha ley, como tampoco su ausencia justifica a las autoridades de cualquier nivel, y de cualquier poder, a violar la propia Carta Magna y los tratados internacionales que establecen dicho derecho al secreto profesional y que están por encima de cualquier regulación local, pues por imperio de ley están obligados a respetar.
La cláusula de conciencia en esta ley, o en cualquier otra, también formaría parte de los vacíos legales. Como lo es también la falta de unión de la Unión de Periodistas. Basta revisar que en dicha propuesta, emanada de dicho órgano, entiéndase, colegiado (deliberat ivo), no tiene el aval ni de la mayoría mucho menos de la unanimidad de sus integrantes, pues basta revisar sus firmas.
Las posibilidades de protección a una buena prensa y al derecho al secreto profesional serán las mismas premisas que exige la democracia a la hora de ser evaluada, solo llegarán a buen puerto si se logra desterrar el enemigo mutuo de ambas: el embate entre ellos mismos.