OPINIÓN

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Miércoles, Abril 6, 2016

Hace unos años recibí una llamada de un abogado que defendería a un menor de edad que había cometido varios delitos. Me pidió acompañarlo al tutelar de menores para estudiar el caso. Su historia era muy trágica. Nos dijo que su familia se había desintegrado apenas cuando logró caminar de bebé, que su madre era ama de casa, su papá no tenía empleo y por tanta frustración se desquitaba con ellos, sus seres más cercanos. Aquel joven tenía cicatrices tanto en la piel como en el alma. Fue cuando decidió salirse de su casa y ya en la calle, más des-ubicado aún, decidió unirse a un grupo delictivo pues esto le generaba un sentimiento de pertenencia, los otros jóvenes infractores, como los llama la ley, eran lo más parecido a una familia. El grupo lo había capacitado previo al inicio de su carrera delictiva y cuando lo agarraron estuvo involucrado en una asalto a mano armada a un camión de pasajeros donde hubo varias víctimas asesinadas.

La historia de este joven sin duda conmueve, pero son miles de historias que contar si observamos las cifras que el INEGI arroja sobre el número de hogares desintegrados o guiados por una mujer sola. Al menos una tercera parte de todos los hogares de México sin dejar a Tlaxcala fuera de esta cifra.

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Días más tarde, dicho incidente se leyó en los diarios. Sentí la piel de gallina pues una de las sobrevivientes del asalto narró, aterrada, la forma tan sádica en la que su hermana murió en manos de aquel chico tras las rejas.

El abogado me confesó que se debatía el mismo la posibilidad de seguir la defensa o dejar el caso. Esto se los comparto solo para ilustrar lo complejo que puede ser una sola historia que envuelve una serie de sucesos de humanos envueltos en una lucha por sobrevivir, al tiempo de tener como única herencia una era sin valores, sin opciones de empleo, que fríamente delatan los indicadores de Ocupación y empleo del mismo INEGI y que valen la pena valorar, a partir de las cifras de inseguridad que azotan a este país, pero que los políticos no sé detienen en replantear el tema. Lo anterior porque vivimos tal cual tragedia griega. La inseguridad no es producto de la casualidad ni de la naturaleza. Es producto del ser humano y todos vivimos de manera directa e indirecta sus efectos. El choque post traumático de las víctimas, el vivir con miedo a ser agredido, a perder nuestras pertenencias o el simple temor de ser señalado por personas que han escogido el terror como forma de ganarse la vida.

Los efectos colaterales de vivir en un lugar inseguro y de alteración de las emociones de la gente, de no disfrutar la paz y la tranquilidad, que el 99% de la población aspira, logra que los individuos se sientan temerosos de hacer una vida normal. Eso destruye el tejido social, se rompe la cohesión, se frena la economía.

Lo anterior porque aún no hemos escuchado de ninguno de los 8 aspirantes a gobernar este pequeño Estado, su propuesta para frenar la violencia. La religión, la escuela, la familia, quieren pero no pueden resolverlo solos. El sentimiento de seguridad está roto y también lo dicen las encuestas a la hora de pregúntale a la gente lo que más le preocupa. La gente vive bajo el temor, con ansiedad y estrés, y nadie, ningún aspirante ni partido político lograr hilar dos renglones en poner en la mesa una posible solución al orden social. Optan por ser simples testigos de la incapacidad del Estado a proteger a su gente y hacer frente a esta mala realidad. ¿Quién dice yo puedo?

 

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