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Miércoles, Diciembre 16, 2015
Estas líneas las escribí a sugerencia de un editor que me propuso publicar los secretos de un oficio. Por alguna razón la idea me pareció adecuada y justa, pues me llevó a reflexionar sobre la cadena de momentos para quienes gustan escribir, leer y compartir sucesos e historias de la vida diaria. Para muchos lectores pueda hoy enriquecer su curiosidad saber que, de trás de estas tontas líneas se halla, casi oculto, el viejo oficio de un voceador.
Correcto, hay una tendencia sobre la intangibilidad de la información que ofrece el mundo digital, pero, así como aquel otro desgastado oficio del cartero, no todos olvidan la imaginación en la forma de vender noticias, el activo papel en los semáforos, estaquillos y camellones, con la fantasía, invención y la pizca de locura que atrapa el oficio de ser voceador.
No es fácil vender, sobre todo, cuando se trata de ofrecer noticias que uno mismo no elabora. Es necesaria también terquedad, disciplina, trampas y gritos en el complejo arte de vender en la calle. Ello no desanima la misma pasión con la que un novelista estudiado manifiesta a la hora de levantar el animo y sostener verdades en el filo de la ficción, para lograr esa atracción por vender un ejemplar de cualquier empresa editorial.
Ya son 20 años desde que comenzó a festejarse los días 15 de diciembre "el día del voceador", por iniciativa de un periodista llamado Vicente Morales.
Muchas plumas y medios han sido testigos de historias de éxito y fracaso como en cualquier empleo, de éste sector social que bien podría encabezar la lista de aquel libro llamado "Los Olvidados". Hoy vale la pena plasmar algunas líneas a favor de quienes diario guardan la información bajo su propio brazo, al tiempo de hacer malabares para darle el cambio a sus clientes.
Muchas veces, me pasó por la cabeza la idea de escribir a alguno de ellos y pedirle una orientación sobre cómo se vive a partir de su oficio. Nunca me atreví a hacerlo, por timidez, o, acaso, por dejadez Para qué escribirles, si sé que ninguno se dignará contestarme ¿Para qué escribir de esta chamba si las vocaciones de la gente están en otras latitudes de la vida?, ¿Cómo armonizar la información digital con el quehacer casi clandestino de quién todavía usa acaso chaleco y su voz para llevar comida a su casa?
Normalmente solo las historias de éxito rotundo estimulan las palabras y es probable que este día, cualquiera de ustedes, vean una columna frustrada por hablar de esta vocación ante el relumbrón de los beneficios económicos que otorgan otros temas.
Tal vez, el único atributo que sostenga hablar de ellos, sea para ellos mismos, para quienes viven el ejercicio de su vocación como la mejor recompensa. Ésa es una de las seguridades que tengo, entre muchas incertidumbres sobre la vocación del voceador, al menos en Tlaxcala, reconocida por decreto legislativo desde hace casi diez años: para el voceador, sea su trabajo lo mejor que le ha pasado, pues salir a vender a diario signifique para él y su familia la mejor manera posible de vivir, con precariedad que distingue a la mayoría de secuelas sociales, políticas o económicas, que lograr leer a la hora de acomodar sus secciones.
La vocación del voceador me parece el punto de partida indispensable para seguir hablando de aquello que nos anima y angustia. Es el primer peldaño de la cadena productiva y el medio idóneo para contactar al escritor con su público. Es un asunto sencillo pero misterioso, desde luego, cercado de intereses, de diferencias políticas, de ganas por conocer la verdad y los sucesos de una pequeña comunidad como la nuestra. Pero ello no es obstáculo para tratar de darles su justo lugar en esta pecaminosa selva de las palabras.
Gracias y en horabuena por todos ustedes.