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Miércoles, Enero 20, 2016
"Decir que en la guerra y el amor todo se vale es una frase de la que se ha abusado mucho para justificar excesos".
En todo el país, con Tlaxcala en medio, se practica el deporte de la mentira. Todos los días, no importa la hora, se miente sobre todos los asuntos y habemos muchos copartícipes por acción u omisión.
La forma de gobernar, de representar a la gente, de vender litros de gasolina de 3/4; de cumplir agendas legislativas con apenas el 20% de su cumplimiento; hacer pesar como fresca, carne congelada traída de Australia; adquirir servicios de Internet con menos de la mitad de gigas ofrecidos; cacarear discursos cualitativos y no cuantitativos; atribuirle milagros a santitos, a Curas o beatos... Hablando en plata, mentir debería ser considerado como Patrimonio Cultural Inmaterial de todos nosotros.
¿Sabe qué es lo peor? Que muchos preferimos eso a descubrir la verdad. Nos inclinamos a escuchar mentiras, aun consientes en minar el camino hacia una sociedad justa y progresista; preferimos una mentira, aunque nunca tengamos las mejores leyes e instituciones; a sabiendas que nunca respetemos convenios internacionales, que la economía no tendría porqué mejorar; que el dólar no tendría razón para bajar o que tampoco habría motivo para que la inseguridad mejore, o que los informes que difunden nuestros representantes populares, sean más huecos que una cáscara de nuez de la India, después de 10 años de añejamiento.
Como sociedad, amamos los mitos y las mentiras sobre la familia y los datos de abuso y disfuncionalidad en ella. Nos gusta que nos mientan sobre la justicia, la salud y la educación, pues el sistema no puede cumplir por razones económicas o políticas.
El chiste es que los mexicanos estamos inexplicablemente ligados con la mentira. Se atribuye a una tradición heredada de autoritarismo, a la difícil situación del país, a las condiciones de sobrevivencia en la sociedad; al convencimiento de quien ejerce el poder para inventar una realidad que no es; se miente por la simple incapacidad del sistema.
Mentir es inherente a la nuestra cultura; es una forma de evadir problemas y los efectos que se tienen en la vida colectiva e individual. Mentir es una muy vieja habilidad de supervivencia.
Mentimos al compromiso de respetar los derechos humanos y el medio ambiente, mentimos cuando hacemos foros para velar por el multiculturalismo, por la diversidad sexual y por la protección de las mujeres y sectores vulnerables. Le mentimos a la gente, a la democracia, a la justicia social; le mentimos a la educación, y a la cultura; engañamos con términos técnicos a la realidad económica. Le mentimos a nuestros principios e identidad nacional, a la hora de querer estar a la moda.
Mentimos a la hora de articular un problema, mentimos contestando con respuestas retóricas, mentimos con verdades a medias y engañamos sustentando nuestras promesas en documentos, datos y fuentes de calidad falsos o parciales.
Es el proceso de escribir, de responderle a la gente, de maquillar encuestas, de inventar percepción de seguidores en las redes, de comprar espacios publicitarios, de hacer creer que somos un producto perfecto, vendible al conciencia colectiva, son herramientas para seguir sembrando, cultivando y cosechando una sociedad de las mentiras.