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En política existe una tentación permanente: dejar de mirar la responsabilidad presente para comenzar a construir el siguiente cargo. Ocurre en todos los partidos y en todos los niveles de gobierno. El funcionario apenas se acomoda en la oficina cuando ya aparecen las encuestas, los recorridos, las fotografías estratégicas, los encuentros regionales y las señales dirigidas al futuro.
La gestión pública comienza a compartir espacio con la promoción personal, hasta que en algunos casos termina siendo desplazada por ella. Tlaxcala no es ajena a ese fenómeno.
A poco más de un año de que arranque formalmente la sucesión estatal, varios actores políticos parecen haber iniciado movimientos que difícilmente pueden interpretarse sólo como actividades institucionales. Los mensajes, las presencias y las agendas apuntan en una dirección conocida: posicionarse antes que los demás.
Nada de eso tendría por qué sorprender ni escandalizar. Finalmente, la política se alimenta de aspiraciones y quien participa en la vida pública suele buscar mayores responsabilidades. El problema aparece cuando la construcción de un proyecto personal comienza a competir con las obligaciones del cargo que actualmente se desempeña. La capital del estado ofrece un ejemplo que merece reflexión.
Gobernar Tlaxcala Capital no es una tarea menor. La ciudad enfrenta retos de movilidad, servicios públicos, crecimiento urbano, mantenimiento de infraestructura, comercio, seguridad y atención ciudadana. Son asuntos que demandan presencia, seguimiento y capacidad de gestión todos los días.
Sin embargo, hoy en día, mientras la ciudad sigue esperando respuestas a problemas concretos, la actividad política parece extenderse más allá de los límites del municipio. Los recorridos del alcalde Alfonso Sánchez García aumentan, la exposición pública se multiplica y la presencia en otros puntos del estado comienza a ser tan frecuente que inevitablemente surge la pregunta: ¿la prioridad es gobernar la capital o construir el proyecto político de la gubernatura?
Alfonso Sánchez García forma parte de un grupo político con presencia en las principales decisiones del estado. Su cercanía con la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros y el papel que desempeña su esposa, Marcela González Castillo, al frente de Morena en Tlaxcala, lo colocan en una posición privilegiada dentro de la conversación sucesoria.
No hay nada cuestionable en ello, sobre todo porque la política funciona a partir de afinidades, liderazgos y proyectos. Lo preocupante es asumir que los respaldos políticos son suficientes para sustituir los resultados de gobierno.
Ninguna candidatura se consolida únicamente por la promoción de un grupo o por la simpatía de quienes detentan el poder. Los ciudadanos terminan evaluando lo que pueden ver y experimentar en su vida cotidiana. Una calle en mal estado, un servicio deficiente, un problema de movilidad sin resolver o una demanda ciudadana ignorada pesan más que cualquier estrategia de posicionamiento.
Por ello resulta inevitable preguntarse si la capital está recibiendo la atención que requiere, particularmente porque mientras el alcalde amplía su presencia política en distintas regiones del estado, los retos de Tlaxcala Capital siguen ahí, esperando soluciones.
El mayor riesgo para Alfonso Sánchez García no es la competencia política ni la aparición de otros contendientes. El verdadero riesgo consiste en que la ciudadanía perciba que las prioridades se invirtieron y que el siguiente cargo comenzó a ocupar más espacio que el cargo actual.
Es cierto, la construcción de una candidatura suele comenzar mucho antes de las campañas. Pero también es cierto que la mejor campaña sigue siendo un buen gobierno. Ninguna estructura sustituye a los resultados, ninguna fotografía reemplaza la eficacia y ningún respaldo político puede compensar la percepción de abandono.
Alfonso Sánchez García tiene derecho a aspirar. Lo que la ciudadanía exige, y es su derecho, es algo igual de legítimo: que mientras llegue el momento de las definiciones políticas, la capital del estado siga siendo su principal responsabilidad y no una simple plataforma para alcanzar la siguiente estación del poder.
Porque cuando una ciudad comienza a sentirse como trampolín, los ciudadanos inevitablemente terminan preguntándose si quien la gobierna está construyendo el futuro de Tlaxcala o únicamente el suyo propio.