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En Tlaxcala empieza a crecer una sensación peligrosa: que dentro de Morena algunos ya decidieron una candidatura desde el poder estatal, aunque todavía falten tiempos, reglas y, sobre todo, legitimidad social.
Eso explica la desesperación por llenar reuniones, como la de ayer jueves en San Diego Metepec, municipio de Tlaxcala.
Explica la movilización permanente de funcionarios, el involucramiento abierto de estructuras gubernamentales en tareas que poco tienen que ver con gobernar y mucho con operar políticamente. Y también explica por qué, pese a toda esa maquinaria, sigue sin existir entusiasmo real.
Una cosa es acarrear gente y otra muy distinta generar respaldo.
En el caso de Alfonso Sánchez García se nota cuando su proyecto camina solo y cuando necesita empujones desde Palacio de Gobierno donde despacha Lorena Cuéllar Cisneros. Se nota en los saludos forzados, en los aplausos tibios, en las fotografías obligadas y hasta en el lenguaje corporal de la gente. La estructura puede llenar espacios, pero no puede fabricar cariño político.
Ese es el problema de su proyecto construido desde la ansiedad del poder: termina dependiendo más de la operación que de la convicción.
Y lo más delicado no es eso. Lo verdaderamente preocupante es la normalización de prácticas que Morena prometió combatir. Aparecen empadronamientos políticos disfrazados de encuestas, estrategias para manipular mediciones internas o estructuras institucionales metidas de lleno en la promoción personalizada. Entonces la discusión deja de ser electoral y se vuelve ética.
La transformación no nació para eso.
Morena creció denunciando exactamente ese tipo de conductas: el uso del gobierno para impulsar herederos políticos, las candidaturas fabricadas desde oficinas públicas y las decisiones tomadas por grupos reducidos que creen que el estado les pertenece.
Lo que en Tlaxcala está en juego es el sentido mismo del proyecto. Y en ese contexto, la figura de Ana Lilia Rivera ha adquirido otra dimensión política. No necesariamente porque sea perfecta o infalible, sino porque representa algo que muchos dentro de Morena consideran indispensable: origen en la lucha, identidad con el movimiento y una trayectoria que no nació al amparo del poder estatal. Eso, pesa entre la militancia.
Mientras el alcalde de Tlaxcala intenta construir percepción desde la estructura gubernamental, ella mantiene algo que no se compra con propaganda: credibilidad entre amplios sectores del obradorismo y claudismo tlaxcalteca.
El fondo del conflicto es ese.
Hay quienes creen, como en el ayuntamiento capitalino, que la candidatura puede resolverse mediante operación política, relaciones cupulares y promoción adelantada. Y hay quienes sostienen que Morena todavía debe decidirse desde abajo, escuchando a la gente y respetando la esencia del movimiento.
La ciudadanía no votó para cambiar de colores y mantener las mismas prácticas. No votó para sustituir apellidos privilegiados por nuevos grupos de poder, ni para que las instituciones se utilicen como plataformas personales.
Alguien debería decirlo con claridad dentro del propio Morena: el mayor riesgo para el movimiento no está en la oposición, sino en la soberbia interna.
Los proyectos políticos empiezan a desgastarse cuando algunos se sienten dueños del partido, como es el caso de Tlaxcala con el acuerdo Lorena-Alfonso. Ahí comienzan las fracturas.
El pueblo puede tolerar errores, lo que no perdona es la simulación. La simulación de que todo está bien en Tlaxcala.