OPINIÓN

En Tlaxcala no hay cisnes negros

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Miércoles, Octubre 7, 2015

No estimado lector, no me refiero a la fauna extinta allá por otros tiempos, cuando murieron cientos de ardillas en el parque central, ni tampoco en la conocida matanza masiva de patos en el jardín botánico, sino a una teoría que explica la forma en cómo nos engañamos nosotros mismos, creyendo saber más de lo que realmente sabemos.

La ilusión por comprender todo no es nueva. Muchos desafiamos a los propios sueños, nos angustia el sobreentender la realidad, y en un nivel más complejo, intentamos predecir lo que pasa (del tema que usted mande en este momento, sea la política, la economía o en algún aspecto social), pero esto es más complejo de lo que pensamos.

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Todo estudioso o quien se precie de serlo, recurre tanto a métodos inductivos como deductivos. De ahí, sugiere centrarse en temas "normales", valga la expresión, nos gusta hablar del tema del momento, ya sea el aborto, la transparencia, las bodas gay o deducir la abrupta caída del paso frente al dólar. Pero tristemente estamos educados para no revisar el otro extremo, el mundo de lo raro y lo desconocido. Por eso estamos imposibilitados para predecir la caída de la bolsa de valores, entender desde la química las enfermedades mentales o de plano sobre dimensionar o valorar exageradamente la información de las personas cultas respecto a un bolero que también sabe de la realidad.

Eso es un vicio, muy viejo, pero finalmente vicio; como cuando los alquimistas insistían (literalmente) en convertir cualquier metal en oro, aún cuando su consistencia molecular fuera un imposible.

No, tampoco le hablo de algo descabellado, de ahí el asunto que le platico. Esta teoría de voltear su cerebro, es conocida como la "ciencia de la incertidumbre". Digamos que, es algo así como de pronto ver lo improbable, lo incierto, lo imposible casi de manera obsesiva, como parte de lo probable; aunque, según se dice, esta teoría es cuestión de adoptar una posición relajada, entender una bola de axiomas numéricos y saber que incluso las cosas más imposibles son capaces de suceder. Imaginemos cosas tan triviales como un tsunami o que un candidato a ocupar un cargo, de la nada, de pronto llegue y se encumbre como el más aclamado mesías.

Le pongo de ejemplo la vida cotidiana. Todo proceso de conocimiento a través de nuestros sentidos, e incluso a partir de la ciencia, lleva aparejada un grado de trampa. La verdad es que nadie sabe lo que pasa pero nos da miedo decirlo.

Sucede como cuando se quiso establecer la fecha exacta de cuando terminó la Segunda Guerra Mundial y que, hubo variación de fechas hasta por 30 años, según hubiere sido la historia de cada quien, sobre todo de los que se la pasaron huyendo décadas después.

Es más bien un asunto de la mente pensar que sabemos entender los sucesos aleatorios. Nuestro cerebro es la máquina perfecta para explicar y darle sentido a algo que no lo es. Los sucesos, cualquiera que sean, se nos presentan de manera inesperada y distorsionada, a millones de personas a la vez, a eso debemos sumarle que nuestra memoria es limitada y que es natural vivir con información no procesada.

Esa es la maldición del aprendizaje. Que aún observando a las personas más encumbradas e informadas, no distan mucho e incluso llegan entender menos el mundo que la predicción de un taxista. Ese es el problema. Sobre valuamos nuestros conocimientos cuando nadie sabe de nada.

Luego le explico con detalle de esta ciencia. Lo único que quería aclararle, es que como ya se nos olvidó que tal nos ha ido con tanto experimento, nos puede ir peor que ahora. Las conclusiones, se las escribo al ratito.

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