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Le anticipo que este ejercicio lo voy a comenzar diciendo mentiras. Al final, le suplicaré no creerme tanto.
En un lapso relativamente breve (refiriéndome a décadas), Tlaxcala ha pasado de ser considerada en un ejemplo de abandono a terminar por consolidarse en un rotundo fracaso.
Lo anterior es una mentira, sobre todo a los ojos de los propios paisanos cuya autoestima sube o baja, a la hora de revisar sus bolsillos, más allá de lo que diga cualquier experto en macroeconomía.
¡Vivimos en una mentira! Pudiera decirle sin menor empacho, aunque, prefiero, invitarle a pensar que pueda tratarse de un efecto óptico; de esos que suelen presentarnos los oftalmólogos, estadistas y uno que otro merolico institucional, a la hora de construirnos sus verdades, a partir de sus desnutridos discursos. La democracia es joven. Quizá sea ella la culpable de la necesidad de decir, leer y escuchar tanta mentira.
Y para reforzar mis mentiras, puedo decirle otra: hoy mismo, hay quien piensa que maquilar una reforma constitucional, al ritmo cadencioso de copiar y pegar, también tenga que mentírsele a otros ingenuos (los llamados municipes), conocidos como regidores, alcaldes, o presidentes de comunidad; y que a partir de una mentira (dudo que piadosa) se tenga que haberse recurrido a la bonita costumbre de mentirles para avalar, en su propio perjuicio, el haber perdido su voto en el pleno de la mesa, por no representar auténticamente los intereses del ciudadano.
Esa mentira, puede ir acompañada de otra: los legisladores locales que mandaron al caño (desde hace buen tiempo) el mandato ciudadano, distantes están (también) de representarlo a usted, a mí o a cualquier otro ciudadano de calle. Congruentes serían habérselo quitado ellos mismos, a la hora de perseguir intereses distintos a los de sus representados.
Es entendible que en todo México se viva la fiebre por cambiarl e de nombre a las instituciones y a las cosas para mentir, corrijo, para pensar que las cosas van a cambiar por la magia de un decreto. Luego entonces, es exótico pensar que el tener instituciones de "gobierno", un tribunal de "justicia", una universidad "autónoma" o un órgano que "fiscaliza", baste para que en esta patria chica podamos hablar de paz social, del salud, de justicia, de respeto a los derechos humanos, de transparencia, y mucho menos de desarrollo.
Continúo, no sin antes reafirmar la sarta de mentiras que su servidor manifiesta bajo la propia responsabilidad de ser callado por quien se sienta aludido, y que pretenda aclárame, sin decoro, que estas sean verdades puras. Éste ejercicio, tampoco trata de ponerle nombre y apellido a los errores y aciertos sino de identificar los simples errores que genera la maldita democracia.
Por una parte, es fácil caer en otra falacia, dejar de valorar las dificultades existentes en este momento y se caiga en otro error (mentira al final del día); de pasar por alto las cosas que se debían hacer y que ahora creamos que debieron hacerse pero sin mover un dedo por cambiarlas. Por otra parte, es fácil creernos la otra mentira aquella, de que el capital político de una sola person a (aquí si póngale el nombre y apellido que quiera) pueda ser infinito o que el cinismo (mentiroso cínico) sea heredable. Esa otra mentira se llama narcisismo, patología no exclusiva de este país tan desequilibrado.
Tampoco me crea que se trata de presentarle un catálogo otoño-invierno sobre tanto desacierto sino de resaltar los que a simple vista saltan, como por ejemplo, la economía doméstica versus el anhelo de desarrollo de una sociedad quieta y, hasta cierto punto, complaciente.
A estas mentiras pudiéramos agregarle las que usted mande, desde los esquemas educativos donde vemos personas de edad muy avanzada (llamados supervisores) tratando inútilmente de bajar, en cascada, un esquema de "excelencia" que la propia OCDE acaba desmintiendo sobre nuestros jóvenes y precarios estudiantes de todos los niveles.
Vivimos un suerte de rechazo congénito donde, como mexicanos y Tlaxcaltecas, y finalmente como individuos, nos sintamos impedidos a aspirar, de forma organizada, a un mejor mañana. Carecemos (esa ya no es mentira sino complejo), de capacidad de inyectarnos como sociedad organizada, un mínimo de esperanza. Si a ello le sumamos la anecdótica incapacidad de los representantes populares para abrirnos paso al progreso, podría continuar mintiéndole sobre que no tenemos remedio.
La excesiva partidización (de partidos políticos) pueda ser también uno más de los fracasos (creernos más mentiras); cosechados en épocas políticas, ya sea por negociación, a nombre de los ciudadanos, traiga como consecuencia mejores gobiernos a la hora de repartirse el pastel. Así de limitada e incongruente resulta nuestra cultura política misma, y lo reafirmo, en forma de terapia (auto ayuda), para no acabar creyendo esa otra mentira.
No obstante lo anterior, es muy injusto condenar con más mentiras o medias verdades a la debilidad del tejido social que hoy por hoy continúa deshilvanado. La cultura de la prosperidad no es una costumbre que podamos inculcar tan fácil. Mucho menos decir verdades en forma de mentiras para explorar las fortalezas de una entidad tan rica en historia pero tan escasa en aciertos colectivos.
Este ejercicio de introspección, y de mentiras a medias, suelen ser la sopa del día de miles de ciudadanos cuyos chef s que contrata cada 3 o 6 años, acaben siendo protagonistas de una pésima película con actores no coordinados entre sí, a lo largo del camino. Quizá esto que le digo mintiendo no tenga ningún eco, pero que ojalá sirva, algún día, no sólo para constatar mentiras sino para detectarlas, predecirlas y evitarlas.
Porque lo más fácil para quien aspire a seguir mintiendo desde su trinchera, es que cualquiera puede ser profeta del pasado, más el camino difícil, pero el más ecuánime, será siempre caminar sin elogios o autoengaños. Sé que es difícil pero vale la pena intentarlo.