OPINIÓN

Los muertos

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Miércoles, Noviembre 4, 2015

"En el viejo camposanto/ hay sepulcros fanfarrones/ criptas/ nichos/ panteones/ todo en mármol sacrosanto/ de harto lujo/ pero en cuanto a desniveles sociales/ en residencias finales/ como éstas/ no hay secreto/ y los pobres esqueletos/ parecen todos iguales".

La vida, ese paréntesis. Mario Benedetii, 1998.

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No, no es ésta una columna tardía pues no hay momentos exclusivos para hablar de la muerte, a colación de la época de "todos santos". 

 

Para mí es algo normal. No le tengo tanto miedo a la muerte, le tengo más miedo a los deudos, tan luego de salir de su sentimiento colectivo anual. 

 

El suicidio, la muerte temprana de la madre o el padre; la desgarradora experiencia de un hijo no logrado, son parte de nuestra vivencia diaria. Vivir para morir. Morir sin haber vivido, para otros. 

 

¿Qué sucede en el momento de morir? Es la pregunta que me he hecho toda la vida (y quizá usted también), en especial cuando se va uno a dormir. ¿Qué pasaría si siguiéramos durmiendo, si ya no despertáramos jamás? ¿Seguiríamos  soñando? ¿Qué sucedería si algún día despertase de esta vida? 

 

Una día no muy lejano me intervinieron quirúrgicamente y pensé que tal estado (obligado) tenía algo que ver con la muerte: ¿acaso no se asemeja a morir, ser anestesiado o inducido al sueño, por un químico que somete nuestro sistema nervioso central?

 

Imagine usted al primer hombre de la prehistoria (olvide el tema religioso); agachado, viendo a su madre fallecida. El hombre, con características muy parecidas a las de un orangután, vestido apenas con cueros torpemente amarrados, permiten ver en sus ojos, no el dolor pero sí el asombro de ver a su progenitora en aquel sueño permanente, hasta que comienza a pudrirse su cuerpo y acabar los puros huesos. 

 

¿A dónde se fue mi madre? ¿Seguirá soñando (sin cuerpo) en otros mundos?, pensaría aquel desdichado y confundido personaje. ¿Es posible que sea este el origen del culto a los muertos que, según nosotros, acabamos en el eterno Oriente?

 

¿Será posible que todas las creencias sobre el reino de los cielos, el infierno mismo, acaben por coincidir con la gente que pudo experimentar, a partir de la in-consciencia, como cuando el estado de coma y la hipnosis regresiva misma?

 

Es decir: si usted cuando cierra los ojos, sueña con un mundo de fantasías, quizá este mismo mundo fue el que imaginó (y creó) al Dios de todas las cosas, que todas las culturas y religiones del mundo se pelean, entre ellas, por tratar de imponerse. 

 

Desgraciadamente, a mi entender, todo lo que somos se encripta en el cerebro, y con la muerte, también creo, que todo queda en el limbo, salvo los recuerdos o las cosas intangibles e in-entendibles para la ciencia (con mucha mayor razón para la religión); luego entonces, seremos muy capaces de generar la tecnología más avanzada pero seguimos arropándonos en creencias sobrenaturales, por nuestro miedo a morir. 

 

Si pensamos que nuestros muertos son capaces de visitarnos, pensemos también en lo egoístas que actuamos, sabiendo que si esto fuera posible, jamás dejándolos partir. 

 

No soy tan creyente, lo confieso. Tampoco tan ateo como para no escuchar misa (sobre todo las buenas puntadas del señor obispo como del párroco de mi colonia), mucho menos intentar poner en duda, la de por sí pésima traducción bíblica sino a poner el dedo en los tabúes, en el fanatismo y en los dogmas incuestionables que le han impedido a la humanidad despojarse y despejarse de sus miedos. 

 

Todo lo anterior, estimado lector, para comentarle, que lo único que me niego aceptar (eso sí dogmáticamente), es seguir comprando flores a precios, cuyos vendedores (seguramente en contubernio con él Dios de las tinieblas y la misma Profeco) y a su imparable ambición en estas fechas, nos cueste lo mismo un ramo Cempasúchil o de Nube, que todo un cielo despejado de ellas. O que quizá sea yo el distraído y sean ellos, los verdaderos  inmortales de estas tradiciones ancestrales.

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